• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Rodolfo Izaguirre

Un gato llamado Sebastian

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Para agradarme, mi sobrino de 5 años me condujo hacia el jardín de su casa colindante con el patio del vecino cuyo perro, al sentir mi presencia, comenzó a ladrar impidiendo al niño la conversación que se había propuesto sostener conmigo. Atormentado por los ladridos vio al perro; luego me miró y constaté en su mirada el desaliento que lo invadía. Movió la cabeza, suspiró y dijo: “¡Los perros! ¡Nunca llegaré a comprenderlos!”.

Es lo que ocurre generalmente con las mascotas: son un encanto para sus amos pero una molestia para los demás. No soy tan amigo de los perros: ladran, me ponen las patas encima mientras asoman todo el tiempo una lengua babosa y un jadeo que me resultan insoportables. Gustave Flaubert los incluye en su Diccionario de Tópicos, los lugares comunes que repite la gente: Creado especialmente para salvar la vida de su amo. El perro es el amigo del hombre. Me gusta más el poeta francés Lubicz Milosz (1877-1939) nacido en Lituania: decía que “en la noche fragante, los perros de la melancolía ladran en sueños”.

Los gatos en cambio son de andar silencioso; son limpios, imperiosos, llevan una vida de misterio por los tejados y duermen. Parece que sueñan; pero nadie sabe ¡por qué duermen tanto! La elasticidad de sus movimientos ha llamado la atención de famosos coreógrafos y no existe en el mundo un bailarín que no haya deseado estirarse como cualquier gato callejero. Al parecer, son las mascotas más preferidas y se han acostumbrado a serlo y a exigir que se les rinda pleitesía desde el momento en que alguien vio el primero de ellos en Egipto hace más de 3.500 años antes de que Cristo apareciera en el mundo.

Cuando el veterinario estuvo en casa para atender a nuestro gato y preguntó cómo se llamaba le dije que Oliver; pero me dio vergüenza confesar que su verdadero apellido no era Izaguirre sino Fonseca. Belén lo adoraba, le decía mi amor, mi muchachito lindo, y cuando la oía tan amorosa creía que se dirigía a mí. A veces lo interrogaba con voz dulce muy distinta de la que las esposas impostan cuando hacen la misma pregunta a sus maridos: ¿Dónde estabas? Un día, ¡Oliver no regresó! Lo lloramos, pero tenemos otro gato que se le parece, se llama Gus Gus y nos enteramos de que es argentino. Desde entonces, yo lo llamo Lepera, le digo atorrante y le pongo tangos de Gardel.

Nuestra vecina se encariñó con Sebastian, su gato, y volcó hacia él un amor desmesurado. En una ocasión, en ausencia de su dueña, Sebastian se trepó al árbol de la calle pero no sabía bajarse y maullaba desesperado. Acertó a pasar un amigo de la familia, vio al gato aterrorizado y decidió rescatarlo. Se subió a la mata y bajó con Sebastian. No quiso dejarlo allí para evitar que le ocurriera otro percance y prefirió llevarlo consigo. Ya en su casa telefoneó a la dueña y oscureciendo la voz dijo: ¡Aquí hay un gato que dice llamarse Sebastian...! pero no pudo continuar. Escuchó la voz sofocada de la vecina ya al borde de las lágrimas: ¡Sí, Sí, es él! ¿Cómo está? El amigo dijo: ¡Déjeme preguntarle! Fingió consultar y continuó: Él dice que está bien; que usted no debe preocuparse. ¡Aleluya!, gritaba la mujer. ¡Póngamelo al teléfono!, y el hombre se dio cuenta de que la situación se estaba poniendo delicada: lo que comenzó como algo divertido estaba convirtiéndose en algo vergonzoso. ¡Colgó! Montó en el carro a Sebastian. Llegó sigiloso a la casa de nuestra vecina, dejó el gato en la puerta, tocó el timbre, subió al auto y aceleró. Nunca supo la vecina dónde y con quién estuvo su gato y jamás se percató de que, aparte de los maullidos, su adorada mascota no podía hablar con tanta corrección y seguridad la lengua de quien tanto lo adoraba.