• Caracas (Venezuela)

Rodolfo Izaguirre

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Naufragio aeronáutico

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Lo único que nos faltó fue el lairén para completar el cuadro del naufragio que padecí en compañía de un esclarecido grupo de críticos de arte y de literatura que acababa de ofrecer una ronda de conferencias a estudiantes y gente interesada reunidos en el majestuoso y sorprendente Centro de Arte Lía Bermúdez de Maracaibo.

Modestos, aunque conscientes del éxito de nuestras intervenciones y enterados de los desmanes del exgobernador Rosales perpetrados en las esculturas de Lía, de Víctor Valera y otro escultor zuliano, llegamos finalmente al aeropuerto de La Chinita. Nuestro vuelo de regreso a Caracas estaba pactado para las 8:15 de esa noche.

Facturamos, constatamos en la pizarra electrónica que nuestro regreso estaba “a tiempo” y pensé que todo marchaba normalmente. ¡Pero no fue así!

Por lo general, cuando me entero de hechos y situaciones similares o peores como las catástrofes aéreas, descarrilamientos, hundimientos en el mar, tiendo a distanciarme de semejantes horrores pensando que les ocurre a los otros y jamás a este servidor. Son los otros las víctimas de lo aciago, protagonistas de las desgracias. Pero esta vez me tocó a mí intentar dormir sobre los bancos de metal de La Chinita, sentir cómo el cansancio comenzaba a azotar mi sistema nervioso hasta deshilacharlo; ver cómo el inmenso aeropuerto se quedaba solo con las veinte o treinta víctimas atrapadas por el infortunio que esa noche asumió el nombre de Aeropostal: fueron bajando las santamarías de los pequeños negocios de souvenirs y alimentos, comenzaron a desaparecer los viajeros o sus familiares hasta que quedamos a la deriva sin nadie que informara, advirtiera, señalara o se hiciera responsable de las ocho horas de retraso que fueron  ahondando el tedio en el que estuvimos chapoteando. Para aumentar el escarnio, nos mordió el frío mientras padecíamos aquella agónica espera, paradójicamente, en un lugar del mundo célebre no solo por el calor que lo agobia día y noche o por estar llamado a ser la capital de Macondo, sino por un espléndido relámpago que iluminará por toda la eternidad la región del Catatumbo. No exagero cuando digo que aquellas ocho horas de retraso en un vuelo que apenas dura cincuenta minutos para llegar a destino me hicieron conocer lo que significa sofocarse el alma en la más fría de las pailas del infierno con el glorioso atenuante, sin embargo, de estar acompañado por mis compañeros de desdicha, ágiles de mente y dueños de un temple ante la adversidad que bien podría calificarse de asombroso.

Me apena decirlo, pero ¡estamos mal! El país aeronáutico también sufre deterioros alarmantes. La prueba está en que para calmar la intranquilidad de mis compañero de infortunio y ante la falta de lairenes (¡que es típica comida de náufragos!) o de patacones, pescado en coco y huevos chimbos que son motivo de satisfacción gastronómica zuliana, me vi obligado a explicar que precisamente no estábamos viajando por avión, ¡sino por Aeropostal!

Lo grave es que no solo se hace cuesta arriba viajar hacia otros países, sino que constituye un sufrimiento hacerlo dentro del nuestro.

Peor aún: cada día se vuelve más insoportable vivir en Venezuela así afirme la pantalla electrónica que se activa desde Miraflores que el vuelo bolivariano está no solo a tiempo sino en perfecta normalidad. Equivale a cerrar los ojos, mirar hacia otro lado; no digamos mentir (¡para que no nos acusen de traidores o desestabilizadores!), sino ignorar la verdad, permanecer a espaldas del verdadero país. Simplemente, es padecer ¡ocho horas de retraso en un simple vuelo desde Maracaibo!