• Caracas (Venezuela)

Roberto Enríquez

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¿Choque de trenes?

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Nicolás Maduro aceptó los resultados del 6 de diciembre pero no termina de asimilar la derrota. No quiere, no puede o no sabe leer el contundente mensaje que mandó la mayoría del pueblo venezolano al darle mayoría calificada a la Mesa de la Unidad en la Asamblea Nacional. Nuestro pueblo la está pasando mal y el gobierno actúa como un autista; sigue empeñado en elevar el volumen a la pugnacidad política en lugar de acusar recibo y dar las imprescindibles señales de rectificación.

El malestar es el pan diario de cada día; la crisis económica y sus lamentables consecuencias sociales son la verdadera prioridad de los venezolanos. El voto por el cambio fue el desahogo desesperado de un pueblo hastiado de hacer colas, pagar caro lo que come, sufrir para conseguirlo y ver cómo su salario se diluye en medio de la inflación más voraz del mundo.

En el horizonte nacional se asoma de forma espantosa la profundización de una crisis económica que debe ser enfrentada con coraje de forma urgente. Los precios del petróleo siguen cayendo, el déficit fiscal exageradamente abultado y no se avizora una fuente de financiamiento barata y oportuna, un montón de bolívares inorgánicos metiéndole presión a la inflación y al tipo de cambio, el aparato productivo congelado, los trabajadores de la tierra cada día más desmotivados sometidos a controles de precios absurdos, a controles burocráticos desesperantes: las fulanas guías para poder movilizar los productos, la modorra burocrática, la carestía de insumos, alimentos, pesticidas o vitaminas son un sistema hostil de agresiones a quienes con abnegación se ocupan de producir alimentos para el pueblo venezolano. He allí una de las razones del desabastecimiento alimentario que tiene a los venezolanos en ascuas. Si a esto le agregamos la absurda política de expropiaciones, invasiones y confiscaciones que ya ha depredado más de 5 millones de hectáreas de tierra productiva y más de 1.000 empresas del sector alimentario podemos encontrar el origen del caos económico que estrangula a Venezuela.

El pueblo venezolano es admirable; supo soportar toda la presión del mundo, los padecimientos económicos y sociales, para expresar su malestar pacíficamente el pasado 6 de diciembre. Los venezolanos dieron una lección de civismo y madurez ejemplarizante. Lamentablemente desde el gobierno parecen negarse a aceptar el mandato de cambio en paz que dieron los venezolanos. Es verdad que la Unidad tiene una responsabilidad enorme al tener una mayoría tan clara en el Poder Legislativo; pero la responsabilidad de Maduro y su gobierno es mayor. Es Maduro quien debe cambiar el modelo económico para derrotar la inflación y el desabastecimiento. Por lo pronto, no hemos visto ninguna señal en esa dirección.

Quienes apuestan por el choque de trenes entre el Poder Legislativo y el Ejecutivo son unos irresponsables con Venezuela. No se dan cuenta de que ambos trenes pueden terminar destartalados y el pueblo les pasará por encima. La Asamblea Nacional tiene unas competencias constitucionales que no se le pueden arrebatar. Maduro sigue siendo el presidente de la República y debe escuchar el clamor del pueblo.

Se equivocan quienes creen que el pueblo se va a distraer en un grotesco espectáculo de politiquería inflamable. Yerran gravemente quienes piensan que titulares de prensa escandalosos van a obnubilar al pueblo de sus verdaderas preocupaciones. El mandato de los venezolanos fue para que el gobierno atienda sus problemas inmediatos: inflación, escasez, inseguridad.  Los acomplejados que le tienen miedo a la palabra diálogo en función de los más elevados intereses nacionales quedarán relegados a un triste papel en la política venezolana.

Hay tiempo para atender los cambios necesarios para democratizar la arquitectura constitucional venezolana: la eliminación de la reelección indefinida, la duración de los periodos presidenciales, entre otros. Para lo que no hay tiempo es para resolver los agudos problemas económicos que golpean al país. Es hora de la política responsable, no de la estupidez criminal. Los trenes de los poderes públicos deben enrumbarse hacia la solución de las angustias populares; si les da por chocar, que Dios y la patria se los demande.