• Caracas (Venezuela)

Roberto Enríquez

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Carta para Leopoldo y los presos políticos

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Estamos a dos días de Navidad, tiempos que deben ser para el recogimiento, la oración, y el reencuentro de las familias. Días de nostalgia y esperanza en un futuro mejor. Tiempos para hacer el balance de un año, e incluso de una vida. En Navidad la alegría y la tristeza se amalgaman; pero cuando se  tiene a la familia cerca, todo se hace más fácil.

Honestamente no sé cómo hacerle para desearle la feliz navidad a un amigo que no puedo llamar ni abrazar. Un compañero de lucha es ante todo un amigo. Se pueden tener diferencias, contradicciones e incluso polemizar al punto de llegar al borde de la ofensa. Pero la verdad es que cuando la causa es la patria amada, la nación metida en las entrañas del alma, el compañero de lucha es y tiene que ser un amigo.

Es por eso que me ha costado tanto escribirte esta carta. Responderte como un amigo debe hacerlo con el amigo que enfrenta el viacrucisno es fácil; responderte como debe hacerlo el amigo con el que se ha discrepado en circunstancias y se ha coincidido en otras, pero por el que siento un profundo respeto al verlo enfrentar con coraje su hora menguada; es para mí un desafío que me llena de espanto.

Vengo de una familia que tiene la singularidad de haber sufrido persecuciones, torturas, prisiones y asesinatos en Venezuela y varios países del mundo. Bisabuelos, abuelos, tíos, primos, parecen estar marcados por el estigma doloroso de quienes son aplastados por el poder gorila y prepotente. En mi familia aprendí a conocer el sabor amargo del exilio y la agonía eterna de los desterrados, pude ver el llanto silencioso por los muertos caídos en combate por la libertad. En mi familia me enseñaron a detestar toda forma de violencia, aborrecer el abuso de poder; y a arrepentirme cuando caigo en la tentación de sucumbir ante esas miserias. “Cada día es una oportunidad para rectificar” nos enseñó San José María Escrivá. Cuanta falta nos hace entender eso en Venezuela.

He cavilado mucho para escribirte, asaltado por las dudas. No saber si debo dirigirme a ti en términos estrictamente políticos o aproximarme exclusivamente a lo humano; o hacer una mixtura de ambos. Lo cierto; es que te confieso que escribirte esta carta no ha sido fácil. Para hablar de nuestras diferencias ya tendremos tiempo, lo haremos cuando estés en libertad. Con la bendición de Dios confío que será pronto. Creo que esta carta la debo centrar en nuestra gran coincidencia; nuestro gran amor compartido: Venezuela.

Estimado Leopoldo; aunque hoy te han privado de tu libertad; afortunadamente no han podido privarte de ser un referente determinante de la unidad nacional. Ponerte preso por una escalada de violencia generada por los viles asesinatos del 12 de febrero es una infamia y  la inequívoca expresión de la torpeza mastodóntica de los amos del poder en Venezuela. Muchos de ellos; que un día les tocó sufrir la agonía de la cárcel ahora olvidan el suplicio sufrido y se convierten sin el menor pudor en carceleros de sus propios compatriotas. Es evidente que para ellos adversar es un delito y oponerse un acto de guerra.

Leopoldo: recibe un abrazo fraterno. Quisiera poder sacarte de la cárcel ahora mismo. Te pido que asumas que nadie como tú, puede ser en estos momentos el gran convocante a la reconciliación nacional. Nuestro pueblo está sufriendo mucho, y nuestro deber es aliviarle las cargas. Estoy convencido de que Dios te está reconfortando. Sólo hay una cosa peor a no saber pedir perdón…, y es no saber perdonar. Pídele fuerzas a Dios para perdonar a quienes te han ofendido y apresado; y dile al pueblo venezolano que llegó la hora de reencontrarnos. Desde tu mazmorra; el mensaje de perdón y reconciliación nacional será más poderoso que un millón de ejércitos.

Las sagradas escrituras dicen: “Bienaventurados los perseguidos porque de ellos será el Reino de los Cielos”. Mándale un abrazo a Enzo, Daniel y a los compañeros de lucha confinados. Vale decir a esos amigos enamorados de una misma pasión: nuestra amada Venezuela.