• Caracas (Venezuela)

Roberto Cachanosky

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El costo de aislarnos del mundo

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Uno de los grandes dramas de la economía argentina ha sido cerrarse al comercio mundial. Aislarnos por miedo a competir. Aislamiento que trajo un creciente deterioro de la productividad y aumento de la pobreza.

Pero resulta que ahora no solo se habla de sustituir importaciones, el nefasto mecanismo por el cual se somete al consumidor a la oferta de unos pocos productores locales que venden productos de baja calidad y a altos precios, sino que quieren inventar la pólvora lanzando la idea de sustituir exportaciones, entendiendo por tal cosa que en vez de exportar mercaderías hay que ponerle barreras a las exportaciones de esos productos para que se consuman internamente.

En rigor, este “invento” ya lo llevó a cabo el kirchnerismo limitando las exportaciones de carne para que se consumiera internamente. El resultado fue que se liquidaron 12 millones de cabezas de ganado vacuno y hoy comer carne es un verdadero lujo. La sustitución de exportaciones hizo que, finalmente, la carne fuera más cara y se perdieran miles de puestos de trabajo por la cantidad de frigoríficos que tuvieron que cerrar.

Lo mismo ocurrió con las restricciones a las exportaciones de lácteos, que derivó en el cierre de miles de tambos y familias enteras sin trabajo. O con el trigo, que al limitarse su exportación lo que se ha conseguido es que este año se siembre la misma cantidad de hectáreas que se había sembrado 100 años atrás.

Ver el mundo como una amenaza implica perder miles de puestos de trabajo, baja inversión y productividad, con lo cual los salarios reales no suben.

Tomando datos de la Organización Mundial del Comercio, a principios del siglo XX las exportaciones argentinas representaban entre 2% y 3% del total de las exportaciones mundiales. Esta participación se mantiene hasta casi finales de la década de los cuarenta, es decir, el primer gobierno de Perón y un poco más allá del fin de la Segunda Guerra Mundial. A partir de entonces, comienza una continua declinación de nuestra participación en las exportaciones del mundo llegando en la actualidad representar solo 0,4% del total de las exportaciones mundiales. En toda la década de los noventa y de la era kirchnerista las exportaciones argentinas representan 0,4% de las exportaciones del mundo.

Si la Argentina se hubiese integrado al mundo como lo hicieron, por ejemplo, Canadá y Australia, y mantuviésemos 2,5% del total de las exportaciones del mundo, las exportaciones argentinas deberían ser del orden de los 475.000 millones de dólares anuales en vez de los 60.000 millones de dólares que se exportarán este año.

Quienes defienden la sustitución de importaciones y de exportaciones deberían formularse la siguiente pregunta: ¿Cuántos puestos de trabajo y riqueza dejaron de generarse por aislarnos del mundo? ¿Cuánta pobreza creamos al aislarnos del mundo?

Los datos muestran que cuando nos integramos al mundo, a finales del siglo XIX y principios del XX, el PIB por habitante crecía a 3,6% anual y que cuando nos aislamos del mundo empezamos a crecer a una tasa anual de 1%.

La brecha del ingreso per cápita entre la Argentina y otros países se fue agrandando en detrimento nuestro. De acuerdo con los datos de Angus Maddison, en la década de los cuarenta, cuando definitivamente nos aislamos del mundo, la Argentina tenía un ingreso per cápita que era 113% más elevado que el de España. En 2010, último dato disponible de la serie de Angus Maddison, España tenía un ingreso per cápita que era 64% más alto que el nuestro.

Si hacemos la comparación con Irlanda, nosotros teníamos un ingreso per cápita que era 48% más alto. En 2010, los irlandeses tenían un ingreso per cápita que era 115% más alto que el nuestro.

En la década de los cuarenta el ingreso per cápita de Australia era 52% más alto que el nuestro. En 2010 la diferencia llegaba a 150%. Con relación a Chile, en la década de los cuarenta nuestro ingreso per cápita era 36% más alto que el de nuestro vecino y en 2010 el ingreso per cápita de Chile superaba al de la Argentina en 35%.

Al cerrar la economía, la competitividad disminuye porque al vender solo al mercado interno los costos fijos aumentan por unidad producida pues se produce solo para 40 millones de personas, algo totalmente diferente a hacerlo para miles de millones de consumidores que podríamos captar en el mundo. Al mismo tiempo, el volumen de inversiones que se necesita para producir solo para el mercado interno es mucho menor al que se necesita si se produce para el mundo. La inversión es menor, los puestos de trabajo se generan en menor cantidad y la productividad es tan baja que deriva en salarios reales cada vez menores.

El primer suicidio económico de la Argentina fue aislarse del comercio internacional mediante la sustitución de importaciones. Como si esto no hubiese alcanzado, ahora quieren sustituir exportaciones, algo que de hecho ya ocurrió al perder competitividad y tener una decreciente participación en el comercio mundial.

De ser un desierto, la Argentina se transformó, a partir de 1880 con la consolidación nacional, en una potencia económica. Una ola de inmigrantes, que no venían a buscar un plan social sino a trabajar, llegó al país. El valor del esfuerzo y el trabajo imperaban en estas tierras. Las inversiones fluían y las exportaciones no paraban de crecer. Ese resultado no fue casualidad, hubo un marco institucional llamado Constitución Nacional de 1853/60 que fue la base sólida sobre la cual se construyó un país que era admirado en el mundo.

Es seguro que ese enorme potencial que tenemos para crecer puede repetirse. Por supuesto que no bajo la locura de la sustitución de exportaciones e importaciones ni del populismo depredador. Puede lograrse recuperando los valores que imperaron en la Constitución que nos legó Juan Bautista Alberdi, ese genio tan ignorado en estos tiempos y que nos indicó que la integración al mundo era el camino.

Pero ignorar a nuestros sabios próceres como Alberdi tiene un costo. Y así nos va.