• Caracas (Venezuela)

Robert Gilles Redondo

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La tragedia de São Paulo

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Es el tiempo del gran debate. La democracia que tanto esfuerzo costó consolidar en la región latinoamericana tras el oprobioso siglo de las dictaduras descuidó al ciudadano en su esencia y no lo preparó para la contingencia a la que el sistema democrático se expone regularmente sino que más bien le convirtió en aquella radical postura de Tucídides sobre quien vivía al margen de la política: un ser “ocioso y negligente, inútil y sin provecho”.

La libertad que la democracia le otorga al ciudadano incluye la opción de elegir el camino del abismo; por eso frente a ello “el Estado debe cumplir su función de Estado”, como me decía hace poco un prometedor joven brasileño: es decir, saber convertir al ciudadano en la única garantía posible de preservar el orden democrático, formarle como ciudadano consciente de su responsabilidad en la historia, con la capacidad de reaccionar ante las amenazas que ponen en peligro su libertad, su sociedad y su mundo.

Lamentablemente, América Latina no fue capaz de hacerle frente ni se nos preparó a tiempo para la pesadilla que se había superado con un aparente sello de “nunca más” en la Europa que derrumbó el Muro en 1989. Un año después, en 1990 nacía el Foro de São Paulo, una organización subestimada desde el principio no solo por el propio país anfitrión que mucha veces ha aparecido al margen de la región a la que pertenece, también por las sociedades democráticas que se habían consolidado en todo el hemisferio, con la perenne excepción cubana.

Apenas una década después de esa alianza izquierdista, fuertemente influenciada (si no dirigida) por el ex dictador cubano Fidel Castro quien, junto a su astuto hermano, no descansó ni descansa en su empeño de controlar ideológicamente a Latinoamérica para saquear y saciarse de los demás debido al evidente fracaso de casi seis décadas en la isla, el Foro de São Paulo dejó de ser un simple club de partidos populistas y de políticos resentidos, haciéndose el lobby de los gobiernos de Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Paraguay, Nicaragua, entre otros, que significan la peor maldición que ha haya caído sobre esta región.

Afortunadamente, Argentina, ya reaccionó en las recientes elecciones que llevaron a Macri al poder superando la nefasta época K. Bolivia se negó a la reelección indefinida de Morales y la popularidad del tiranozuelo Correa no le permite avanzar más. Venezuela, acabada en su totalidad y sumida en la peor crisis política, económica, social y humanitaria que haya visto Latinoamérica, abandonada a su suerte por muchos países y condenada por el silencio de otros tantos, se ve decidida a levantar su frente y luchar hasta el final contra la dictadura que heredó y ha profundizado Nicolás Maduro. Colombia pareciera ser la siguiente en la lista tras el empeño de Juan Manuel Santos de suicidar la república y llevar a las FARC al poder en el poco probable tratado de paz que significaría arrodillar a la nación neogranadina ante las narco-guerrillas. Este caso debe alarmarnos.

Y aunque hay nombres y apellidos responsables de la tragedia a la que nos sometió el populismo izquierdoso de este siglo XXI, debemos hacer el respectivo mea culpa y reconocer que el problema ha sido también de fondo porque poco se puede justificar a estas alturas, también los de a pie, los “sin techo”, los de corbata y cuello blanco, todos los que en su conjunto forman la sociedad somos corresponsables de esto que ha sucedido. Hay autores intelectuales y ejecutores que muchas veces se hacen llamar pueblo.  

Sin embargo, alejado de esa “fatal arrogancia” de la que una vez habló Hayek, debo ver como un signo esperanzador la debacle del Foro de São Paulo. Debacle no tanto porque la sociedad latinoamericana se haya cansado sino porque el modelo populista totalitario y corrupto no da para más. El rostro de ese signo esperanzador es el juez Sergio Moro, quien se presenta como el noble vengador que por encima de todo busca hacer prevalecer la justicia y decide desmontar el oscuro liderazgo de Lula da Silva, sabiendo que su acción legal se traducirá en la prisión de este ex presidente brasileño y en el probable impeachment a Dilma Rousseff, lo que significaría, junto a la caída del dictador venezolano, la demolición del Foro de São Paulo.

Brasil que lleva en su contabilidad un reprochable silencio respecto a su región durante lo que va de este milenio y quizá un poco antes, tiene en su camino la responsabilidad de acabar con Lula da Silva para que América Latina se ponga de pie y vea que no todo se ha perdido, que es posible la existencia del Estado de Derecho, la separación de poderes y la justicia social donde no prevalece el ominoso poder del populismo y la corrupción. Así, los venezolanos vemos a Sergio Moro como una esperanza para alentar este camino que nos acusa cansancio y sed de libertad.