• Caracas (Venezuela)

Robert Gilles Redondo

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El linchamiento moral

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Anomia, es el concepto y la palabra clave para describir y definir en una buena medida el momento histórico por el que atraviesa la sociedad venezolana desde hace diecisiete años. La tragedia socio-moral de la crisis alcanza a todos los rincones de la nación con mayor o menor virulencia y con idénticas o análogas características del pasado no tan lejano de aquellos países sometidos al horror socialista durante el siglo XX.

Sin equivocarse Hegel pensó una vez que "jamás pueblo ni gobierno alguno ha aprendido de la Historia ni han actuado según doctrinas extraídas de ella". Venezuela, con su tristemente célebre memoria corta, es un ejemplo muy claro de esto. Parece que no aprendimos las lecciones que nos dejaron los fracasos de las primeras repúblicas durante el siglo XIX ni el ejemplo que nos heredó esa grandiosa generación del siglo pasado, la que construyó la República democrática sobre el sacrificio de tantos y pese a las tantas opresiones de las dictaduras.

Nuestro presente se convirtió en un pesado error histórico que, en este siglo, ni siquiera Cuba desea reescribir y de ello es testimonio la aparente apertura de Raúl Castro con Estados Unidos. Y aunque se afirme que el país no se acabará pese a la agudeza de la tragedia, es justo reconocer que hoy asistimos al final de la República y de todos los cimientos morales que generación tras generación hemos colocado, dejando reseñados memorables hechos y biografías ejemplares. Venezuela es un estado fallido y una sociedad enferma de anomia.

Frente a ello no se puede seguir cruzados de brazos, porque lo estamos, aunque nos conformemos con los agitados discursos de la Asamblea Nacional y nos avoquemos a firmar planillas y planillas. Y además del cruzamiento de brazos que se ha generalizado como epidemia en todos los sectores de la vida nacional, se suma la errónea satanización que se le hace a quienes exigen acciones contundentes que le planten cara a la narco-dictadura porque ello puede discrepar de las convicciones políticas de algún dirigente opositor. Y no es que pueda pensar como ciudadano venezolano que las iniciativas que se han tomado para buscarle salida a esta crisis deben ser menospreciadas. No. Todo lo que tengamos para lograr una salida pacífica es bueno porque las condiciones en Venezuela predicen una catástrofe si se continúa aplazando la salida de Maduro, pero hay que ser sinceros y no ilusionar. Es necesario articular un movimiento de calle permanente, no para buscar confrontación en las calles, pero sí para dejarle claro a nosotros mismos que somos la mayoría y que sí podemos echar a los delincuentes que están usurpando el poder. Ningún movimiento intelectual o moralista, o programa a nivel de coaliciones partidarias, es suficiente, aunque sea necesario. Es clave la existencia de un movimiento popular que presione desde la calle.

Un movimiento de calle que comience a llamar las cosas por su nombre: Venezuela no tiene gobierno, tiene sí una dictadura, totalitaria y que ha enviciado a las instituciones republicanas convirtiéndolas además de parásitas del Poder Ejecutivo en órganos promotores de actividades delincuenciales como el narcotráfico y el lavado de dinero.

Es la hora de reaccionar entorno a un propósito nacional, es el momento de formular grandes acciones. Le toca a los intelectuales, jóvenes y viejos, promover de nuevo los ideales valientes, y a todos los venezolanos tomar previsiones constructivas. El tiempo de Dios es perfecto, pero el de la historia hay que hacerlo, hay que construirlo, hay que hacerlo perfecto.

Si así no lo hacemos seguiremos sometidos al linchamiento moral que se está promoviendo desde esa guarida en la que han convertido a Miraflores. Porque la nueva estrategia es ésa, lincharnos moralmente para reducir nuestra capacidad de acción y desmovilizarnos. Es esto el objetivo de la prostitución que la sala constitucional del tribunal de justicia le hace a la Constitución Nacional. Es este el objetivo del terror que intentan sembrar. Asesinarnos la esperanza es último recurso de la esperanza, pero no podrán.

Al joven, social demócrata, que me demolió diciendo que se sentía sin futuro, atrapado, en un destino que jamás había querido, a él y a quien siente secuestrado su futuro tengo la obligación de trasmitirle la certeza que tengo como venezolano: ellos no podrán con nosotros aunque día a día en cada cola, en cada asesinato, en cada decisión, así pareciera. Rommer, no podemos perdernos aunque se lleven nuestro futuro momentáneamente.

Solo los venezolanos salvarán Venezuela. ¡Salvémosla! Y hagámoslo por el largo y valiente sendero de los valores que heredamos del siglo pasado cuando nuestro país también parecía naufragar.