• Caracas (Venezuela)

Rigoberto Lanz

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Rigoberto Lanz

¡Indignaos!

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El autor de este panfleto de agitación ya no está entre nosotros. Nos queda sí su rebeldía y su espíritu contestatario. No hay que creerse demasiado que las muchedumbres que chillan en las calles son todos “indignados”. Me temo que buena parte de estas agitaciones están referidas a problemas estomacales y sólo una pequeña fracción se plantea la cuestión del modelo que padecemos a escala mundial. Lo digo sin ambigüedades: el gentío no entiende casi nada, sea que se le denomine como “el pueblo” o con el eufemismo de las derechas, “la sociedad civil”.

Hay una permanente confusión entre los malestares y sus correspondientes protestas con la lucha subversiva contra toda forma de aparato, contra el régimen de partido que es siempre reaccionario (llámese como se llame), contra esa cosa babosa que engolosina a todo burócrata: las instituciones; contra el régimen de verdad instalado, contra la cultura dominante, contra “los valores” y las “creencias”, es decir, contra prácticas y discursos que están allí (en todas partes) para reproducir las relaciones de dominación. En ninguna parte del mundo existen pensamientos, movimientos o estrategias político-intelectuales que tengan de verdad algún filo subversivo (desde Al Qaeda a los partidos socialistas en función de gobierno). Los grupos de izquierda realmente existentes en el mundo son todos (dije bien, todos) opciones progresistas con mucha sensibilidad social, con gran protagonismo al lado del “pueblo”, pero con un completo vaciamiento de antiguas agendas de transformación radical.

Esta crisis mundial de los viejos paradigmas de la izquierda tiene mucho que ver con su renuncia a plantear estrategias políticas de cambios de fondo. Ello no alude a la valentía o blandenguería de esta o aquella agrupación. Tampoco tiene que ver con las formas de lucha (armada, pacífica) ni con los tamaños de cada organización. En todos los casos lo que se evidencia es un desfase brutal entre una época que muere (la Modernidad) y otra civilización que se abre paso (la Posmodernidad). La vieja izquierda no se ha enterado. Los dogmas y clichés de un pensamiento decimonónico hace imposible la tarea teórica primera de descifrar el presente y comprender por dónde van los tiros. No creo que este patético cuadro sea remediable.

Intelectuales de la talla de Toni Negri, Edgar Morin, Michel Maffesoli o Boaventura de Sousa Santos (cito sólo a algunos amigos con los que comparto algunos desvelos) llevan años explorando alternativas en el campo de un pensamiento verdaderamente subversivo. Allí hay aportes fundamentales para lo que ha de ser la plataforma intelectual de otra manera de pensar y hacer política. La vieja izquierda seguirá anclada en las mitologías “revolucionarias” del siglo XIX. Del mundo de los “Indignados” podemos esperar una voluntad de hacerlo de otra manera. Tal vez haya sido esa la esperanza de S. Hessel. Ese es el problema de haber vivido tanto y haber visto casi todo. Estoy seguro de que este viejo camarada no apostaba ni un centavo por la autotransformación de la izquierda estalinista, o de la izquierda electorera, o de la izquierda socialdemócrata, o de la izquierda foquista o de la izquierda de la derecha. La apuesta por el movimiento de los “Indignados” es una provocación que intenta incomodar el apoltronamiento intelectual de la izquierda y brindar aliento a gente que dentro de ese movimiento mira un poco más allá de reivindicaciones estomacales.

Parece que pensar de otra manera resulta algo complicado, más complicado aún es practicar coherentemente una acción subversiva en cada espacio de la sociedad. El adormecimiento de las energías de la revuelta está determinado por la crisis de un modelo de civilización (la Modernidad). La crisis de la izquierda es parte de esos atascos. Crisis ésta que comienza por no poder ver en dónde estamos y hacia dónde podríamos ir.

El maestro S. Hessel luchó siempre por otra manera de pensar la revolución. Nadie dijo que sería fácil, por fortuna hay mucha gente que toma el testigo.