• Caracas (Venezuela)

Richard Blanco

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Qué diferencia entre ayer y hoy

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El domingo pasado decidí ir muy temprano al mercado libre de La Pastora. Allí, como buen pastoreño, solía ir desde muy pequeño con mi papá Humberto (fallecido) y mi mamá Hilda. Recuerdo que le comprábamos queso, mantequilla, nata, y otras cosas a Carmiña, una mujer extraordinaria, española, y yo disfrutaba cuando nos regalaba trozos de queso para probar, y si nos gustaba procedíamos de manera inmediata a comprar. También recuerdo a Ignacio, quien vendía charcutería, y como muchacho al fin disfrutaba el hecho de que me regalara lonjas de salchichón y de jamón serrano, pero les confieso que estoy seguro de que más disfrutaba Ignacio que yo, por la atención que él les dedicaba a sus clientes.

Otros de los vendedores del mercado eran Vicente, que vendía pollo; Manuel Pedriani, que vendía pasta; Mercedes, que despachaba encurtidos, y recuerdo algunos nombres que tenían sus kiosquitos como Ramón Figul, Hilario, Concha y Biagio Pilieri (pero no el diputado).

En la parte alta de este mercado se vendían víveres, carne, pescado, arroz, aceite, leche y harina. Asimismo, veía uno que otro puesto con flores hermosas que traían a muy tempranas horas de Galipán, además se vendía todo lo relacionado con limpieza, jabón, toallas sanitarias, papel higiénico, etc.

No se me olvidan los nombres de quienes allí tenían sus kiosquitos para la venta como Fernando, Antonio, Carmelo y la señora Carmen, que con una gran sonrisa y una buena atención disfrutaban de obsequiar a otros vendedores todos los productos y artículos de primera necesidad para el hogar de los pastoreños que asistían regularmente al mercado de la esquina de San Ruperto.

El estacionamiento del mercado se utilizaba para vender ropa de todas las marcas y de todas las tallas para hombres, mujeres y niños, mientras que en la planta baja se observaba a los vendedores de hortalizas y frutas, muy frescas, bonitas y deliciosas, como lechuga, repollo, zanahoria, manzana, patilla y naranja, que llegaban desde lo más alto del Waraira Repano.

Las compras se hacían sin ningún tipo de limitaciones, si querías comprar cuatro o seis pollos, pues cuatro o seis pollos te vendían; si querías comprar tres o cinco kilos de azúcar, tres o cinco kilos de azúcar te vendían, y si necesitabas cuatro litros de aceite, podías comprarlos y hasta te ofrecían que te llevaras seis por el precio de cinco; aparte, si comprabas un kilo de queso, podías tener la plena seguridad de que Carmiña la que vendía lácteos te regalaba una buena ñapa.

Quizás mis lectores, y estoy casi seguro de que los más jóvenes, pensarán que lo que estoy contando ocurría en la isla de la fantasía, pero no, fíjense que hasta daba tiempo para comerse una empanadita y un jugo en el negocio de Hilario.

Pero lamentablemente ya el mercado no es ni la sombra de lo que yo conocí; está abandonado, parece que el tiempo afectó rápidamente su infraestructura; ya no están algunos personajes como los que nombré, algunos han muerto, como Carmiña e Ignacio, por cierto, ambos hermanos; ya no están las flores de Galipán y los estantes del pescadero están más llenos de hielo que de exquisiteces del mar.

Hoy en día no hay aceite, muy pocas veces hay pollo, y en aquel tiempo para esta fecha ya se veía en el kiosco de Mercedes las alcaparras, aceitunas, la hoja de plátano y el tocino que la gente compraba por kilos. Ahora pareciera que no hay ambiente para la Navidad que se nos aproxima, imagínense que hace algunos años por los parlantes de la administración del mercado se escuchaban las gaitas, aguinaldos y villancicos sonar, y hoy parece que las cornetas se oxidaron producto de las filtraciones que allí se producen y el mal mantenimiento  de los administradores de turno. Pero, bueno, les cuento todo esto para que vean cómo estamos.

El desabastecimiento en nuestro país continúa; uno está obligado a comprar lo que el gobierno quiera y no lo que el pueblo necesite.

Qué pobre mi mercado de La Pastora, el de los pastoreños; cómo quisiera devolver el tiempo, pero sé que es imposible. Pero lo que sí voy a hacer es seguir luchando por un país distinto donde no me limiten, donde no me atropellen, donde no me callen la boca, donde pueda alimentarme, donde tenga seguridad. Luchar por el país de mis sueños, el país para mis hijos, el país para todos. Estoy seguro de que juntos todo es posible, no dejemos que Venezuela se nos muera.

*Diputado por Caracas a la Asamblea Nacional

100% caraqueño