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Ricardo Ramírez Requena

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Ricardo Ramírez Requena

Un cuaderno para el siglo XXI

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Los cuadernos han formado parte de la literatura en Occidente, en especial a partir de la modernidad. No son los tratados de antaño, ni los comentarios de antaño. No son un género ni un subgénero: son un espacio en donde escribir. Participan del ensayo, el cuento, el poema en prosa, la crónica, el epigrama, la anotación, el fragmento, la frase, el apunte, el diario íntimo o de viaje, la cita. El cuaderno es el espacio en donde, a la hora de escribir, podemos respirar. Equivocarnos, elucubrar, plasmar hipótesis ante nosotros mismos a la hora de escribir e incluso hacer de esto una obra. Obra en donde coexisten múltiples ámbitos que nos seducen, nos hacen señas, nos acompañan en el insomnio en donde nos levantamos o, en la oscuridad del cuarto, buscamos alcanzar la libreta y, sin ver, anotar lo que se nos ocurre.

El Spleen de París, de Baudelaire, el Cuaderno de Malte, de Rilke, el Cuaderno Negro, de Lawrence Durrell, los Apuntes, de Elías Canetti, los primeros escritos de Octavio Paz, así como sus obras ¿Águila o sol y esa obra sin par El mono gramático, Cuaderno de Lanzarote, de Saramago, Cuaderno Amarillo, de Salvador Pániker, el Manual del distraído, de Alejandro Rossi, las Anotaciones y Apuntes de Rafael Cadenas, los Diarios Literarios, de Alejandro Oliveros son algunos ejemplos.

El caso que más me llama la atención es el de Cartas de Islandia, de W. H. Auden y Louis Mac Neice. Publicado a finales de los treinta, es una guía de viaje, libro lleno de datos sobre el país, aporte de recetas de cocina o gastronomía, de hábitos y costumbres de las gentes de la isla, epistolario importante y, ante todo, una de las mayores críticas brutales a la modernidad, lleno de ironía y humor, centrada en la figura de Lord Byron. Además de ser la bitácora de las vicisitudes morales, políticas e intelectuales de ambos autores ingleses sumidos en un mundo en donde cada vez más avanzan los fascismos y en donde los intentos de ambos de detenerlos por medio de la palabra, fueron vanos.

El cuaderno es un espacio en donde la libertad de escribir se plasma sin recovecos.

Un cuaderno lleva el signo de Hermes: abre caminos, cierra una puerta y abre otra, establece lazos que antes no habían o no habían sido planteados por el escritor ante su obra. Los cuadernos son formas bisagras. El blog, las notas en espacios en Internet también suelen ser una de estas formas. Rompen los moldes, les cuesta el alambre de púa con que a veces nos encontramos al escribir, juega con los géneros literarios a discreción. Asume la bufonada. Ríe.

Tzvetan Todorov nos dice, en Los géneros del discurso, lo siguiente: ¿De dónde vienen los géneros? Pues bien, simplemente de otros géneros. Un nuevo género siempre es la transformación de uno o varios géneros antiguos: ya sea por inversión, desplazamiento o combinación. Un “texto” de hoy (esto también, en uno de sus sentidos, es un género) le debe tanto a la “poesía” como a la “novela” del siglo XIX, de la misma forma como la comedia sentimental combinaba trazos de la comedia y de la tragedia del siglo precedente. Jamás ha habido literatura sin géneros; ella es un sistema en continua transformación, y la cuestión de los orígenes no puede abandonar, históricamente, el terreno de los géneros en sí: en el tiempo, no hay un antes de los géneros” (Todorov, 1996:50). Hablar por tanto del género en la concepción del cuaderno es apropiado. El cuaderno está conformado por la subjetividad y la imaginación de su autor. Todo cabe en él, es transgenérico por antonomasia, y se asume desde la modernidad comenzada por Baudelaire, como un tercer espacio, una forma bisagra. En el Spleen de París, en la dedicatoria del libro, ya el autor nos plantea su poética del cuaderno: “Mi querido amigo, le envío una obrita que no tiene ni pies ni cabeza porque aquí todo es pies y cabeza a la vez, alternativa y recíprocamente. Considere las admirables comodidades que ofrece a todos esta combinación, a usted, a mí y al lector. Podemos cortar donde queremos, yo mi ensueño, usted el manuscrito y el lector su lectura, porque no supedito su esquiva voluntad al hilo interminable de una intriga superflua. Sustraiga una vértebra y los dos trozos de esta tortuosa fantasía se unirán sin esfuerzo. Córtelo en muchos fragmentos y verá que cada cual puede existir separado” (Baudelaire, http://proyectoespartaco.dm.cl). En esta obra ya podemos vislumbrar las dinámicas de la escritura en la modernidad, su carácter urbano y abierto a toda tentativa escritural.

En este siglo XXI, debemos volver a los cuadernos, al cuaderno de dibujo, al borrador (¿a la página de Word?, ¿a un blog propio e individual? Revisemos, una vez más, lo hecho.

Afilemos los lápices (o el mouse).

Empecemos otra vez.