• Caracas (Venezuela)

Ricardo Ramírez Requena

Al instante

Cierta sensación de multitud

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¿Está vinculado lo analógico con lo orgánico? ¿Es el paso del Homo sapiens al Homo digitalis un salto de lo orgánico a lo posorgánico? En caso de ser esto afirmativo, ¿dónde queda nuestra noción de espacio, nuestro vínculo con el espacio? Y en este respecto, ¿será el tiempo también dejado de lado, y solo reivindicado como velocidad?

Estas y otras preguntas nos inundan mientras avanza este siglo. Autores como Sibilia, Virilio, Augé, entre otros, se han hecho estas preguntas. Nosotros también nos las hacemos todos los días, mientras vemos cómo el centro de nuestro mundo se sitúa cada vez más en todas partes. ¿Cómo nos re-localizamos en lo intangible? ¿Qué lugar tendrá el conocimiento como experiencia vital?

Mi generación (la nacida en los años setenta) es la generación bisagra: aquella que conoció el Atari y la máquina de escribir e inauguró los grandes juegos de video e Internet. Aquella que tuvo las últimas enciclopedias en casa (muchos tomos, libros inmensos) y ahora investiga en la red. Ser parte de esa bisagra tiene sus complicaciones y sus beneficios: sentimos nostalgia de un mundo en donde los objetos podían durar toda una vida (una máquina de coser, un seibó, unos muebles, una cama) o por lo menos veinte, treinta, cuarenta años (una lavadora, una nevera). Lo reemplazable, podía desarrollar un vínculo afectivo: aquello que se heredaba (ropa, juegos de cubiertos, escritorios) y aquello que no, pero que formaba parte de un ciclo vital importante de nuestra existencia. Conocimos el LP, el CD, el Ipod. Hemos inaugurado una época y extendemos una mano hacia el pasado y otra hacia el futuro. Somos escépticos ante lo nuevo por su poca durabilidad, pero a la vez lo abrazamos entusiasmados.

En este contexto, ¿dónde queda la experiencia vital con los libros? Ha sido variable: las enciclopedias eran una visual eterna en una casa, y algunos libros del colegio no lo eran. El afán acumulador de la modernidad nos entrenó para almacenar información y esa información contempla también a los objetos: discos, cuadernos, etc. Nuestros padres, guardadores de peroles, tienen en nosotros buenos herederos. Tenemos ahora en nuestras gavetas celulares que quedaron atrás, viejos CPU, algún discman. La experiencia vital de mi generación con los libros es mestiza: algunos duraban por su hechura (tapa dura, por ejemplo), otros por un vínculo afectivo (alguna edición de Oveja Negra que guardamos con cariño porque en esa edición, ya deteriorada, leímos por primera una obra importante).

Vamos desde la experiencia vital de los objetos hechos para durar muchos años y desde los objetos que no. Es confuso, es extraño, pero así fuimos formados.

El gran vacío que siente mi generación es esa sensación de multitud que daban esos libros. En estos tiempos migratorios, eso ha golpeado fuertemente a muchos. Otros, han descubierto realidades diferentes.

Entre lo analógico y lo digital, entendemos la aceleración del tiempo y valoramos cada vez más la experiencia del espacio. Nuestro desarrollo vital se vincula con el libro (aprendido en lo privado) y con la calle (aprendida en lo público). Somos mestizos, insisto, y hemos entendido que ambas experiencias deben convivir.

Mientras avanza este siglo, mi generación insistirá en la relación entre el espacio de lo privado en lo público, y ese lugar ideal (además de la plaza) es la biblioteca pública: un lugar de encuentro, un espacio democrático por naturaleza, una realidad en la cual nosotros y los otros, y aquello que nos separa, se disipa. Mientras avanza este siglo, nuestra labor debe ir encaminada hacia esto: que los libros deben circular, que deben rotar de manos, que deben estar disponibles para todos. Esto incluye, como es ya una realidad en Estados Unidos, una biblioteca sin libros físicos: un lugar en donde los archivos y el acceso a lo digital cuente con un espacio ideal para ser explorado.

Nos dijeron que vamos de lo analógico a lo digital: debemos tomar en cuenta que el camino puede ser más amable: que lo físico y analógico sea el espacio en donde el tiempo de lo digital se despliegue. El conocimiento siempre debe participar de lo público.

De las invenciones humanas, de las hechuras de los constructores y arquitectos, ninguna como la biblioteca. Debemos velar por ellas, y crear más y fundar más. La biblioteca es la máxima altura del espacio público: nunca debemos olvidarlo.

Recientemente, Mireya Tabuas, periodista y escritora, comentó en su muro de Facebook una experiencia que me conmovió.  Mireya vive ahora en Chile. Comentaba su regreso a las bibliotecas. Cito:

“Es un placer tomar un libro tocado por decenas de manos. Hay en el acto cierto desprendimiento. Cierta sensación de multitud. El libro pierde valor como objeto y solo tiene ese goce momentáneo del que sabes que no es tuyo, del que quizás no volverás a ver”.

Ese goce momentáneo: eso es un libro que pasa por muchísimas manos, un libro en un espacio para todos.

No hay nada más democratizador que una biblioteca. Nada más cercano al equilibrio por el que debemos velar, entre el hombre analógico y el digital, orgánico y posorgánico: uno donde el espacio público sea el espacio del conocimiento: un lugar en donde todos vivamos esa cierta sensación de multitud.

El tiempo y el espacio del encuentro.