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Las moscas van de un paciente a otro en el hospital de Cumaná

El Antonio Patricio de Alcalá, principal centro de salud de la capital de Sucre, está en coma inducido. La emergencia es una sala hacinada y después del mediodía no hay agua y en la noche se quedan sin especialistas

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Las moscas vuelan con libertad por la emergencia del Hospital Universitario Antonio Patricio de Alcalá, el principal centro de salud del estado Sucre, donde viven 887.800 personas según el último censo. Viajan de una pierna a una cabellera, de una sábana a un catéter, de un lavamanos mugriento a la boca de un hombre indefenso. Allí entran cuando inhala y, tras el ronquido, salen a buscar otro destino. A veces, cuentan alarmados algunos, se detienen en una herida y la infectan con sus heces, que a su vez invitan a una fiesta de gusanos afanados por hacer surcos en el cuerpo. Es lo que clínicamente se conoce como miasis: una enfermedad parasitaria común en perros de la calle.

Las moscas sobrevuelan decenas de camillas ocupadas que hacen fila en los pasillos. Van de la recepción, repleta de gente adolorida, hasta el punto en el que se detienen las ambulancias. Los pacientes rebasan el espacio físico que, desde la construcción de la imponente edificación de 11 pisos, está destinado a prestar auxilio al prójimo en apuros. Los especialistas llaman área de choque al lugar donde confluyen dos grandes realidades: una gran afluencia de pacientes accidentados, infartados, a punto de dar a luz, de nacer, sanar, morir o sobrevivir; y una institución cuyos verdaderos líderes se encuentran con las manos atadas frente el colapso del sistema de salud.

El hospital central de Cumaná, llamado comúnmente Huapa por sus siglas, fue una referencia de la medicina moderna en Latinoamérica en 1968, cuando se celebró su inauguración y fue bautizado con nombre de un buen samaritano que fue tío materno del mariscal Antonio José de Sucre. Ahora, en marzo de 2014, es un ejemplo de lo negativo.

El lunes 10 de marzo, para conmemorar el Día del Médico, una representación del gremio marchó desde sus puertas, atravesó el centro de la ciudad y llegó a la plaza Bolívar. Se ubicó entre las ruinas de la antigua gobernación y el despacho actual del mandatario regional Luis Acuña. El gobernador, que además es presidente de Fundasalud –organismo regente de la materia en el estado–, no los recibió de inmediato, pero los convocó a una reunión que se celebró esa misma tarde. Cuando le enumeraron sus demandas, respondió: “Se quedaron cortos. Son tantos problemas que no sé ni por dónde empezar”. Dijo estar consciente de la gravedad de la situación pero confesó que no cuenta con los recursos para resolverla.

“Es un problema estructural”, repiten todos los consultados, pero el deterioro, según el cirujano oncólogo Vitelio Patiño, comenzó a acentuarse una vez que el Estado venezolano inició el sistema paralelo de salud, representado principalmente por la Misión Barrio Adentro.

“Yo me pregunto: ¿cuánto se gastó en la celebración del Carnaval, mientras el hospital sigue sin insumos y sus instalaciones están en ese nivel de deterioro?”, exclama Patiño, y continúa con otra pregunta retórica: “¿Cuándo se gasta en bombas lacrimógenas y en movilización de tropas militares, como si estuviésemos en guerra, mientras tenemos esta crisis en el sector salud?”

El hospital no tiene servicios básicos: el agua potable desaparee a partir del mediodía. Un cirujano no puede lavarse las manos antes o después de practicar una intervención quirúrgica. La antigua planta eléctrica dejó de funcionar en una ciudad en la que se experimentan cortes de luz a diario. Los médicos recurren a linternas y hasta a teléfonos celulares para culminar los procedimientos. Pacientes cardíacos o en terapia intensiva dejan de ser monitoreados mientras dura el apagón.

La mayoría de los aires acondicionados dejó de funcionar y los que se mantienen, en una ciudad que supera los 30 centígrados de temperatura la mayor parte del tiempo, operan de manera intermitente. Usan, cuando desean consultar páginas en Internet, una sola computadora que sólo soporta un sistema operativo lanzado al mercado hace casi dos décadas. La central telefónica se dañó hace 6 años. El personal debe recurrir a primitivas formas de comunicación y asegura que las vidas corren peligro por la simple dificultad de localizar a tiempo a un especialista.

Pronóstico negativo

A unos 50 metros de la emergencia, salta a la vista un botadero de basura, cercano, paradójicamente, a la sede principal de Fundasalud y frente a la morgue. Grupos familiares se acumulan en las puertas. De ellos, dice un médico residente que prefiere mantenerse en el anonimato, depende el futuro de los pacientes. Si necesitan algún antibiótico, reactivo, gasas, adhesivos, jeringas o material quirúrgico, son los acompañantes los que hacen recorridos por farmacias en busca de los insumos con los que el Huapa no cuenta.

“Los fines de semana esto parece una zona de guerra”, comenta Norka Patiño, médico adjunto que se encarga del área en el horario de la tarde. “El suelo queda ensangrentado. A la gente tenemos que atenderla en colchonetas, o en el piso como animales. Los cardiópatas se mueren sentados en sillas. No hay ni siquiera parabanes para separarlos de acuerdo a sus patologías. Mujeres, hombres y niños se cambian en el mismo lugar, defecan y se limpian en presencia de todos. Aquí se perdió el respeto por el ser humano”.

Hay días en que una sola enfermera se encarga de 48 pacientes. “A veces son más de 80”, dice una levantando las cejas. Dentro, en el área de observación, está Haydeé Flores en coma, intubada, y cubierta por una tela para al menos recrear el tipo de sala en el que debería estar. “Esta persona morirá aquí y no podemos hacer nada. Nos presentamos ante esa disyuntiva: ¿Para qué estudie terapia intensiva? ¿Para ver morir a la gente?”, se pregunta Norka Patiño, intensivista formada en el hospital Vargas.

A pocos metros está Juan Díaz, paciente de unos 60 años que sufrió un accidente cerebro vascular. Y está allí, como si tuviera un resfriado, sin monitores, sin suero ni bomba de oxígeno, sin compañía y bajo un papel con su nombre escrito a mano. Cuando ella lo ve, se enerva y le habla a la enfermera: “Ese señor no tiene que estar aquí. Está en malas condiciones. ¡Se muere y nadie se entera!”

Patiño justifica a quienes dicen que el Huapa, concebido como un hospital tipo IV (mientras más elevado es el número, más especializado es el centro), es un “ambulatorio grande”: “Tenemos sólo un antiguo tomógrafo, que está desactualizado, y un solo respirador mecánico. Como no tenemos agua, pasamos las infecciones de un paciente a otro. Nos contaminamos todos. Tenemos antibióticos que aplicamos porque simplemente son los que están, aunque sabemos que existen otros mejores. No hay baños ni filtros para tomar agua. Tampoco hay lugares de descanso. Hay que tomar la tensión manualmente porque ¡en la emergencia a veces, lo juro por mi madre y mis hijos, no hay un tensiómetro bueno! No contamos con resonadores, ni equipos para mamografías o estudios especiales. Estamos trabajando en el año 2014 como si estos 20 años no hubieran pasado”.

Una representante del área de anestesiología levantó la mano en una asamblea que se realizó en el piso 5 del Huapa el miércoles 12 de marzo y reportó que los equipos de esa unidad están descalibrados. Dijo que las drogas suministradas no generan el efecto deseado. “Lo más grave es que algunos realizan la intervención con una anestesia local cuando el caso requiere de una general. Debemos comprometernos a no practicar cirugías hasta que no se resuelvan esas carencias. Si pasa algo, me llevarán presa a mí y no al gobernador o a Ana Suárez (directora del hospital)”.

Otra, del Departamento de Bioanálisis, denunció en el mismo escenario que ni siquiera se están realizando pruebas para detectar VIH. Los dos quirófanos de emergencia fueron cerrados para construir otros cuatro en 2007, pero el Huapa se quedó sin lo que ya tenía; y menos con lo que le fue prometido.  
Norka Patiño dice que en las noches la situación empeora. Muchos de los encargados son médicos integrales comunitarios que todos llaman “mic”, de quienes denuncian notoria deficiencia en cuanto a conocimientos de medicina y hasta dramáticas faltas de ortografía a la hora de llenar historias. Cuando el sol se oculta, no queda ningún especialista a cargo. La inseguridad ha espantado a todos porque en el Huapa y sus alrededores ocurren asaltos a mano armada semanalmente.

La punta de un iceberg

En la noche, una enfermera, a veces apoyada por compañeros que colaboran desde otros servicios, atiende a 65 pacientes. Las moscas siguen revoloteando. Reposan en los cuerpos de Rafael Rivero, anciano raquítico que permanece dormido todo el rato. También en los de Jacinta Salazar, Lorenzo Guevara y todos los que esperan. Mientras las camas de hospitalización permanezcan ocupadas, estarán allí, en cola. Lo mismo ocurre con pacientes de traumatología, que algunas veces esperan un par de meses por los materiales para corregir sus fracturas. Otros no encuentran la manera de hacer los exámenes necesarios en instituciones privadas o no consiguen el medicamento para completar la sanación. Es un tráfico pesado. Un tetris con trabas muy difíciles de evadir.

Rafael Peroza, presidente del Colegio de Médicos, atribuye esa congestión humana, no sólo a las demoras que se generan dentro de la estructura del hospital por carencia de personal, insumos e instalaciones adecuadas. También destaca el deterioro de una red ambulatoria que fue diseñada para aliviar males menores de los cumaneses. Ese rompeolas se derrumbó y todas las necesidades pasaron al Huapa.