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El drama de los que venden raspados en Barlovento

Manuel Guerrero, vendedor de raspados en Higuerote / Foto: Jorge Enrique Espinoza Contreras

Manuel Guerrero, vendedor de raspados en Higuerote / Fotos: Jorge Enrique Espinoza Contreras

La escasez de azúcar ha puesto en riesgo el trabajo de los que, con sus helados, refrescan a los habitantes y visitantes de pueblos del estado Miranda

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En Venezuela nadie escapa del drama que implica la escasez de alimentos o productos. En el caso del azúcar, en los hogares se le echa menos cantidad al cafecito negro de la mañana, se eliminan las tortas o hasta se deja de tomar un vaso con agua endulzada en caso de que se baje la tensión. Pero cuando el azúcar es la materia prima necesaria para ganarse la vida, las cosas cambian.

Para los que venden raspados en Barlovento el trabajo deja de estar garantizado.

Enrique Vivas se ubicó este martes en un punto estratégico: el centro electoral de la biblioteca Eulalia Buroz, en Mamporal. Las personas que esperaban en cola para validar sus firmas, y agobiadas por el calor, no dudaban en comprarle raspados por 150 bolívares cada uno. Su clientela aumentó después de que llegaron autobuses de electores provenientes de Chacao, El Hatillo, Sucre, Guarenas y Guatire.

Vivas aseguró que validaría su firma al día siguiente porque tendría más tiempo libre: a partir del miércoles dejaría de trabajar porque se le acabó el azúcar.

“Voy a patear San José, Río Chico, para ver si consigo. Me ha tocado bajar a Petare, pero me venden el azúcar a 3.000 bolívares el kilo”, dijo el hombre que desde hace 19 años vive en Mamporal y que desde hace 6 años vende raspados.

Mientras hacía los raspados, ocasionalmente pegaba un grito para saludar a un conocido. “Pregunte por mi pa’ que usted vea”, dijo en alusión a su popularidad en la zona.

Su carrito de raspados también fue centro de discusión de la crisis que hay en el país: “Estamos hartos de todo esto. Ay, mija, y no es tanto por uno, es por los nietos, por los hijos. ¿Sabes lo difícil que es que un niño te diga ‘tengo hambre’ y tú no tengas nada que darle? O cuando un niño te pide ‘dame pan’, y un pan vale 400 bolívares”, dijo el hombre de ojos claros y piel bronceada, pero protegido del sol por una gorra.

A su juicio, el presidente Nicolás Maduro no escucha a los venezolanos. “Ese no entiende nada. Que sea serio y se organice para que vea cómo está sufriendo el pueblo”.

A pesar de las circunstancias, Vivas parece tener un buen sentido del humor. Su carrito, por ejemplo, tiene en una esquina un pequeño cartel con el mensaje: “Sonría, usted está siendo grabado”. En la otra esquina, está la carcasa de una cámara fotográfica. Con el mismo positivismo, confía en que los venezolanos tienen en sus manos la posibilidad de un cambio.

“No desmayemos. Yo he hecho una cola de tres horas para comprar pan y me he conseguido a cubanos que me dicen ‘sigan, ustedes pueden’.


En Higuerote, cerca de otro punto de validación de firmas, también estaba un vendedor de raspados.

Los helados de Manuel Guerrero, de 61 años de edad, eran un alivio ante las largas colas que había en el centro electoral de la biblioteca Don Luis Correa, municipio Brión.

También ha resultado afectado por la escasez de azúcar o de su alto precio, si se consigue. Su alternativa es utilizar desde hace cuatro meses papelón con limón, pero se queja de que debe pagar entre 2.500 y 3.000 bolívares por la panela.

A juicio de Guerrero, el revocatorio es la esperanza para terminar con la gestión del presidente Nicolás Maduro, que a su juicio no ha resuelto la escasez de alimentos y medicinas, ni la inseguridad.

“El revocatorio es la opción, que las personas elijan. Se necesita un cambio”, dijo en medio de una “fiesta” que impedía escucharlo bien, porque en Higuerote celebraron la validación de firmas al son de los tambores. “Yo ya firmé, vamo pa’ lla, al CNE a validar”, decía la canción, bailada y cantada por todos los presentes.