• Caracas (Venezuela)

Regiones

Al instante

Puente de Ureña, donde se encuentran dos países hermanos

Alcabala de la FANB en Ureña / Félix R. Gutiérrez Rodríguez

Alcabala de la FANB en Ureña / Félix R. Gutiérrez Rodríguez

Un corredor humanitario, destinado al paso de ciudadanos con casos especiales de salud, se instaló en agosto del año pasado sobre la segunda vía terrestre más importante entre Colombia y Venezuela. Hace más de seis meses fue decretado el cierre fronterizo entre ambos países por el estado Táchira

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

“¡Vamos! ¡Suban! ¡Todos arriba!”, grita un entrenador de fútbol sobre el césped de la cancha que está antes de la aduana instalada en el Puente Internacional Francisco de Paula Santander. Aunque los niños que persiguen el balón vivan en Colombia o Venezuela, aquí, en Ureña, juegan para el mismo equipo, incluso cuando una medida del gobierno nacional ha decidido marcar diferencias físicas entre ellos hace más de seis meses.

El corredor humanitario de Ureña, como se le conoce tras la medida que el presidente Nicolás Maduro anunció en agosto de 2015, es una zona que permite el paso a ciudadanos con casos especiales de salud entre el municipio tachirense y Cúcuta. El segundo puente sobre el Río Táchira representa también la segunda vía terrestre binacional más importante, un lugar donde comparten dos mitades: las autoridades venezolanas y colombianas.

Los interesados en cruzar la frontera deben hacer la fila por el lado derecho de la fachada vinotinto de la alcabala de la Guardia Nacional Bolivariana, desde donde inicia el recorrido hacia Colombia. Unas cintas enmarcan el espacio donde pasan uno por uno para identificarse ante los funcionarios del Servicio Administrativo de Identificación, Mirgración y Extranjería (Saime) y los militares encargados. Del lado izquierdo, cada cinco minutos llega un autobús lleno de personas que vienen de Colombia, luego este da la vuelta y se enrumba de regreso con quienes recibieron la aprobación para ir hasta el país vecino. Aunque el camino es corto, nadie puede llegar al puente a pie. Después de pasar una empresa y una bomba de gasolina internacional (ambas cerradas) los viajeros se bajan frente a un toldo con identificación venezolana y continúan hasta otro toldo, pero con identificación colombiana, donde los reciben funcionarios de Migración y la Policía Nacional del otro país.

El proceso de salida de Colombia es similar: llegan en fila hasta el espacio venezolano, donde un trabajador del Saime pide identificación mientras lleva en una tabla la cuenta de cada viajero. “Estudiante colombiano”, “empresario”, “pensionado”, “representante”, dice cada uno de acuerdo con su clasificación y con sus documentos en mano. Cédulas, carnets estudiantiles y récipes médicos pasan ante los ojos quirúrgicos y ágiles del representante de migración. Después de la aprobación, van subiendo al autobús de la alcaldía del municipio Pedro María Ureña que los espera al frente para trasladarlos al lado venezolano.



“¿Y ese peinado tan lindo, mi niña bella?”, pregunta el señor del Saime a una pequeña colombiana de unos 6 años de edad que acaba de salir de clases. “Era para la foto del colegio y no la tomaron ni hoy ni ayer”, responde ella mientras da vueltas para lucir su cabellera. “Uy, me voy a volver loca”, suelta con un suspiro su madre, quien tiene inscrito a sus dos hijos en turnos distintos (mañana y tarde) y es una eterna pasajera del corredor. Allí todos se conocen. El mayor se le acerca y le entrega un vaso con Gatorade “para que coja ánimo”. Este hombre con uniforme del Ejército es el encargado de recibir el registro de cada uno de los vehículos privados autorizados para llevar a los estudiantes de Cúcuta hasta la alcabala de Ureña. Por eso, cada vez que un vehículo con estas características pasa, el chofer le entrega un papel con el número de alumnos que transporta y estos datos se pasan por escrito a las estadísticas que lleva el Saime en su carpeta. “Muchas gracias, siga adelante”, despide el militar a cada chofer de los autobuses o carros particulares que pasan por el toldo con dirección a Táchira.

Un hombre de chemise blanca y gorra verde con letras amarillas, “Migración” se lee en ella, pasa del lado colombiano. “Con permiso, con permiso”, exclama al cruzar la línea remarcada por un cono naranja que divide a los dos países. “Muy buenas tardes”, repite el funcionario antes de saludar con un apretón de mano a las personas del toldo venezolano. “¿Llegando, hermano? ¿Hasta qué hora?”, le responde el señor del Saime. “Igualito, hasta la de siempre”. El hombre regresa a su lado de trabajo. El puente de Ureña abre paso para los autorizados a las 5:00 am y cierra totalmente a las 9:00 pm durante los días de semana; los fines de semana suele hacerlo más temprano: 6:00 pm (sábado) y 1:00 pm (domingos).

Una joven seguramente pasada de 20 años de edad y vestida con uniforme blanco también llega cansada al toldo venezolano. Toma asiento en una silla que desocupó el mayor para esperar que llegue “la buceta” que la dejará en pocos minutos en Ureña. “¿No le gusta el corre corre? Practique para maratonista”, suelta el militar con un sonrisa para su público. La fila de 10 personas, entre niños, jóvenes y señoras, asiente con otra sonrisa mientras todos esperan identificarse ante el Saime cuando llegue el autobús venezolano.

Del toldo colombiano, que tiene la mitad del tamaño del de aquí, sale un joven de suéter azul con una cavita cargada de helados en vasos plásticos. “¿A cuánto?”, pregunta la muchacha que llegó ahorita cansada. “Mil pesitos”, responde el vendedor mientras saluda a los presentes. Le entrega uno de mango, recibe el billete y lo guarda en la paca de pesos que sacó de su bolsillo derecho.




Una de las dos señoras que aguarda por el autobús en la cola para identificarse también quiere un helado. “De mango, coco, guanábana… ¿De qué lo quiere?, ofrece el heladero. Él los vende también en 350 bolívares. La cliente de capital venezolano saca cuatro billetes de su cartera y, no sin antes refunfuñarle por el cambio en la moneda nacional, le entrega el dinero y recibe su helado, también de mango. El vendedor ahora guarda los billetes con la paca de bolívares que tiene en su bolsillo izquierdo.  Un policía colombiano, que  había pasado a protegerse del sol en la carpa venezolana, observaba la disputa económica entre ambos con simpatía. “¿Usted quiere uno?”, le ofrece la señora a la autoridad del vecino país. Con un sereno “gracias, gracias” el policía rechaza la oferta.

“Dele uno aquí al señor que es de la casa”, expresa el funcionario del Saime por mi interés en comprar uno de los heladitos. El comerciante colombiano me entrega uno, también de mango, que pedí y con un “muchas gracias” se cierra la transacción. El vendedor acomoda nuevamente las pacas de billetes y revisa su mercancía. “Listo, listo”, dice al poner todo en orden y se despide de nosotros con un apretón de mano.

 Llega el autobús. Uno por uno se monta en él y cinco minutos después pisa Ureña. “Hasta luego”, despide el chofer a los pasajeros que hace instantes estuvieron en Cúcuta. “Buenas tardes”, da la bienvenida un militar que está frente a la sala de requisa de la Guardia Nacional. Estamos otra vez en Táchira. El juego de fútbol con colombianos y venezolanos en la cancha aún no termina.