• Caracas (Venezuela)

Regiones

Al instante

En Barlovento se festejará hasta el Día de La Candelaria

La Navidad exalta un sentimiento de fraternidad en el pueblo mirandino, que se expresa a través de la música y la gastronomía

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Un túnel vegetal da la bienvenida a quienes viajan de Caracas a Mamporal, cuando transitan por la carretera que conecta Tacarigua con San José de Río Chico. Para celebrar la Navidad, los mirandinos son como la vegetación de ese corredor vial: abundantes y espléndidos.

En el estado Miranda las fiestas comienzan el 30 de noviembre, cuando las familias se unen espontáneamente a cantar con cuatro, maracas, tambora, furruco, charrasca y tumbadora, para recibir diciembre emparrandados. Y es una tradición que se repite, sin mucho protocolo, el 4 de diciembre con la celebración de Santa Bárbara, el 24 con el nacimiento de Jesús, el 28 con los Santos Inocentes, el 31 con el Año Nuevo, el 6 de enero con el Día de Reyes, hasta llegar al 2 de febrero, cuando festejan la Virgen de La Candelaria.

La casa de Isidro Salazar, por ejemplo, es parada obligada en Mamporal para quien quiera conocer la cultura y las costumbres de los pueblos mirandinos. “Chopo”, como le llaman cariñosamente sus vecinos, tiene 79 años de edad y desde los 13 años toca instrumentos con su gente de Barlovento.

Su casa es el lugar donde se reúnen los músicos para empezar a cantar y proseguir la parranda por las calles aledañas. Hace 66 años era él quien seguía a los mayores y así fue como aprendió a tocar el furruco y los tambores “por imitación”.

“Puedo estar enfermo, pero llega la Pascua y me alegro. Lo llevo en la sangre. Me gusta mucho”, dice “Chopo”, quien no tiene reparos en reprender a un jovencito si su instrumento desafina o en regañar a los parranderos si entonan una canción ajena a sus tradiciones. “Eso no es parranda. ¡Eso es cualquier cosa! ¿Qué están tocando ustedes, chico?”, reclama.

Así como este músico tiene su historia y se empeña en explicar que le canta al Niño Dios para que su familia goce de salud y alegría, cada uno de los intérpretes tiene un cuento que relatar. Ernesto González, llamado también “Cangrejo”, comenzó con la percusión hace 55 años, tocando tumbadora y bongó en las parrandas navideñas, cuando era un niño de 13 años de edad, hasta una noche cuando sintió que sólo el cuatro le hacía vibrar el alma. Entonces le dijo a su padre, Juan Urbina, que quería aprender, y el progenitor, que tocaba en una orquesta, le dio un cuaderno y lo puso a estudiar las notas musicales.

“Lo mejor de mi vida me lo ha dejado la música porque yo siento pasión por ella”, afirma González, que recuerda cómo hace poco más de medio siglo las parrandas se cantaban de casa en casa y el tiempo alcanzaba para recorrer todo el pueblo. Ahora, cuando Mamporal creció y pasó a ser la capital del municipio Eulalia Buroz, su grupo no puede recorrerlo por completo. Sin embargo, se complace en saber que mientras él canta en un sector, en otras calles conjuntos similares tocan, bailan y entonan canciones para el Salvador.

“Saber que alguien de afuera viene a reunirse aquí y a escucharnos es un gran placer y alegría. Queremos que sientan esta felicidad que nos gusta compartir”, afirma.

En la calle. Cuando los parranderos cantan, todos, absolutamente todos, desde niños recién nacidos cargados en los brazos de sus madres hasta ancianos, se contagian del eco festivo. Los adultos improvisan letras de canciones y es como si el repique de los tambores les encendiera una llama inextinguible. Está en sus ojos, en sus hombros, en sus manos, en una fuerza volcánica que les urge expresar.

El 1º de diciembre, 6 músicos de Tacarigua integrantes del grupo Son Bailables, explotaron los sonidos de sus bombos, trombones y redoblantes por las calles de Colinas de Maurica, otro sector de Mamporal, en un frenesí colectivo que sacudió las almas de las 200 familias que allí viven, provocando que más de uno saliera con su pandereta y su alegría a unirse al parrandón.

“¿Por qué se produce ese furor?”, se le pregunta a Joel Sánchez, que cesa de tocar por minutos su trompeta para responder: “La Navidad celebra el nacimiento del Niño Dios. Cuando uno toca esta música está tocando el cielo, por eso suena así y eso hace que la gente se despierte por dentro”.

Celebración ancestral

La tradición parrandera en Miranda se transmite de generación en generación desde hace más de medio siglo. Así lo refiere José Véliz, a quien todos llaman “Vega”.

Con 74 años de edad, Véliz explica que todos sus compañeros aprendieron la gracia de la música y la ejecución de la parranda a través de la imitación de sus padres, que en Navidad se llenaban de alegría cuando saludaban a las familias de Mamporal.

“Vega” cree que es justo reconocer a los pioneros de los cantos populares, por eso celebra haber aprendido de Serapio Ascanio, Félix Hidalgo y Juan Solórzano, así como de su tío Abigail Vegas, que tocaba la guitarra con mucho entusiasmo.

Recuerda también a su abuela Ángela, quien aunque no cantaba, era la que propiciaba el ambiente. “Ella era muy alegre y eso es importante, porque en las parrandas hace falta gente que anime”. No olvida a “Guatanero”, que se encargaba de llevar un saco para colocar adentro el topocho, el ñame o la yuca que obsequiaban a los cantantes.   

Martinica en Navidad

La celebración decembrina también se expresa en la dulcería criolla que exhiben los pueblos mirandinos en Navidad. En Curiepe, por ejemplo, Carmen Páez prepara dulce de martinica para recibir al Niño Jesús.

Explica que se trata de una fruta muy amarga, cuya cáscara debe quitarse con sumo cuidado para que no impregne el postre. Luego de quitar la corteza con un paño limpio, se lava, se rebana en tajadas y se cocina con azúcar y clavos de especie, hasta que la fruta quede transparente.

Páez disfruta de obsequiar dulces a todo aquél que llegue a su hogar a saludarla en Navidad, por eso es pródiga en la presentación: dulce de lechosa con piña rallada y pasas, de ciruelas pasas, polvorosas, suspiros, cortao o pavo (especie de catalina con dulce de guayaba), besitos de coco y torta negra.

“Esta mesa es para todo aquél que quiera comer. En esta casa es una norma compartir los postres, sentencia Páez con una sonrisa. Admite que sus dulces quedan más ricos en diciembre porque en este mes ella le pone más cariño.