• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

El que todo lo ve

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Hoy es Domingo de Ramos y se celebra la entrada triunfal de Jesús de Nazaret a Jerusalén –preludio de su pasión e inmolación–, aclamado, según refieren al menos cuatro evangelistas, Marcos, Mateo, Lucas y Juan, que tal vez fueron testigos del acontecimiento o se enteraron por mediación de la rumorología que lo reputaba Mesías e hijo de Dios y no simple mortal parido por María sin que el carpintero José, con quien ayuntaba, tuviese arte en ese parto; pero, el santoral de la Iglesia católica, con la que, sin querer queriendo nos identificamos los venezolanos –porque los pecados nos los cobra baratos o solo se ocupa de asuntos de fe y hace tiempo que traspasó al César lo concerniente a la materia para ocuparse de la espiritualidad y administrar nuestras pobres y perdidas almas–, recuerda también que el 29 de marzo es día de San Bartolo de Monte Carmelo, quien no sabemos por qué fue santificado, y del Doctor Iluminado, no José Gregorio, sino Ramón Llull, un laico catalán beatificado por “culto inmemorial”, que equivale a decir por derecho adquirido –y cómo no lo va a ser si desde 1234 aguarda ser canonizado, o sea, que la espera del de Isnotú va para largo, no así la del comandante maravilla, ya no santificado sino deificado por el clero rojo–, que entre portentos y milagros prefiguró la inteligencia artificial y diseñó un ingenio mecánico para, basado en la lógica formal, probar o refutar teorías y postulados dogmáticos, que llamó Ars Magna e, inexplicablemente, no le acarreó una investigación por hechicería por parte del Santo Oficio. Este curioso predecesor del detector de mentiras y la liturgia de la Semana Mayor iban a ser nuestros puntos de apoyo para poner las palabras en movimiento y cumplir con el trajín dominical. Pero pudo más otra efeméride.

Un día como hoy, hace ya 110 años (el 29 de marzo de 1895), nació en Heidelberg, Alemania, Ernst Jünger, escritor, filósofo y profeta de los alucinógenos (inventó el término psiconauta, navegante de la psique) de vasta, admirada y respetada obra de entre la cual nos interesa destacar Eumeswil (1977), novela difícil de etiquetar, donde, con los nombres de luminar y fonóforo, se anticipan Internet y la telefonía celular, y que transcurre en una utópica ciudad-estado ubicada en África septentrional, gobernada por el Cóndor, un tirano que rige y controla el destino de todos desde una alcazaba (LA alcazaba) estratégicamente emplazada para infundir respeto. De todas estas circunstancias se entera el lector por la detallada y erudita narración del anarca Martin Venator, historiador de día que, por las noches, se desempeña como camarero en el bar de la fortaleza dictatorial.

A medida que nos zambullimos en el libro y entablamos conocimiento de las intrigas palaciegas y las contingencias políticas en los predios del Cóndor, no queda otra que parangonar esa quimérica, pero verosímil nación con nuestro país. Aquí sigue mandando no un cóndor, sino un águila-no-caza-moscas que mutó en pajarito para aconsejar a Nicolás el beligerante que, como parte de su cruzada contra the great american disaster de Mr. Obama, rompa el vidrio antes de que se desate el incendio y contenga, hasta que la ficción se agote, un previsible estallido social.

En Eumeswil el fonóforo es un medio de monitorear, controlar e identificar a los agentes y enemigos del régimen. En Venezuela, de ello se ocupan los patriotas cooperantes, nefastos espías y delatores que echan dedo a quienes no les caen bien y condenan –¡que Dios los agarre confesados!– a un vía crucis judicial y carcelario cuya última estación puede ser la Tumba; mas, si este proceder, dirigido a encausar a la gente por el carril de la sumisión, no es suficiente para atemorizarla, ahí está, acechante y en alto contraste, la mirada del que todo lo ve.

Un capitán con apellido de músicos ilustres, pero desafinado y sin vínculos familiares con ellos, sostuvo que los decodificadores de la televisión por cable eran artilugios de espionaje controlados por el imperialismo, el capitalismo, la oligarquía u otra abstracta e inaprensible entelequia. Pura y risible teoría de la conspiración. Pero quienes así piensan, así actúan; y, si en el Vaticano hubo un espía “infiltrado por el Espíritu Santo”, ¿no habrá tras esos omnipresentes ojitos de Chávez voyeristas buceándonos a tiempo completo?

En Eumeswil, los designios del sátrapa privarán sobre los derechos ciudadanos e imperará –en ello coinciden los críticos– “la política del palo y la zanahoria en la que el palo estará forrado de seda y la zanahoria premiará a quienes vivan de acuerdo con los que quienes mandan consideren políticamente correcto”. Cualquier parecido con la República Bolivariana de Venezuela es mera coincidencia.

rfuentesx@gmail.com