• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

¡No se vayan que esto se pone bueno!

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Resulta tentador meter la cuchara –aunque con rezago– en el torneo de lamentos y excusas fuera de lugar en que degeneró la decisión de poner término a la presencia ornamental del astro comandante supremo y su versión de Simón el mestizo en la sede del Poder Legislativo; una decisión a la que Maduro y su comparsa se han opuesto, en registro de bolero, «con todas las fuerzas que el alma me da»; ¿cómo es posible tamaña irreverencia?, preguntan, afligidos e iracundos, sin reparar en que ellos, de manera abusiva, han degradado los espacios públicos con su mal gusto y un desmedido culto a la personalidad, plasmado en la omnipresencia de la panóptica mirada del Narciso barinés y una edulcorada iconografía que se multiplica sin ton ni son, como si no tuviésemos otra cosa que exhibir. Saben los concesionarios de su imagen que el chavismo sin Chávez no tiene vida, que es majadería predicar sin un Mesías a quien elevar plegarias y sin un santuario para reverenciarle.

No es el Capitolio templo para idolatrar golpistas; tampoco para la exposición de seudocientíficas recreaciones del Libertador adecuadas al fenotipo del engreído paracaidista; y, a pesar de que ahora es cuando queda tela por cortar, los límites de este espacio imponen apagar la vela y encomendar a maestros de ceremonias y jefes de protocolo el entierro de ese toma y dame con el que el oficialismo pretende ocultar sus vínculos con escabrosos asuntos, como el que, en octubre del año pasado, se inició en Margarita, con el actor Sean Penn en papel protagónico, y culminó, hace pocos días en México, con la captura de Joaquín «el Chapo» Guzmán.

Margarita es hoy día –y esto lo sabe el gobierno– reducto de agentes de inteligencia, informantes y confidentes de procedencia diversa, principalmente del Medio Oriente y, naturalmente, de Cuba, cuyas actividades son tan secretas como las de Salazar el espía, del cual siempre se supo qué hacía pero nunca para quién. Por su relativo aislamiento y decadente cosmopolitismo, Margarita es escenario ideal para conjuras. Allí, en la «clandestinidad» de los Ranchos de Chana, de acuerdo con el diario español ABC, tuvo lugar un encuentro entre el enfant terrible de Hollywood, que por lo visto gusta empalagarse cacofónicamente con el dígrafo Ch (Chapo, Chávez, Chana) –que en tanto letra fue desterrada del alfabeto por la Real Academia Española en 2010–, y al menos uno de los hijos del líder del cartel de Sinaloa. La entrevista, concertada con los buenos oficios de dirigentes chavistas y protegida por el «Pollo» Carvajal, ex director de inteligencia militar y flamante diputado de la fracción descabellada (al parecer este sujeto  maneja un red de operaciones encubiertas con el visto bueno de Nicolás), fue preámbulo del tête à tête que sostuvieron el oscarizado intérprete de Milk y su narcocuate, el capo sinaloense, con traducción simultánea de la actriz Kate del Castillo, síntesis de la cual fue publicada por la revista Rolling Stone, con la firma del métome en todo relacionista del comandante para siempre.

Pese al calibre de esas municiones informativas, la atención nacional se centra en el sabotaje al funcionamiento del recién estrenado parlamento por parte de una corte de bufones genuflexos, vasallos a disposición del Ejecutivo –dígalo ahí, mi presi, mande mi capi, que sus deseos son órdenes y para eso estamos–; un sabotaje abiertamente propiciado por Maduro, espoleado por Cabello –«no le vamos a dar quórum a la oposición» (¡ay!... Jesús con tú)– y animado por la decreciente pero bulliciosa hinchada roja en la que destaca el verbo cloacal de Pedro Carreño, «¡Henry, cabrón!», animando a sus ocho cheerleaders  (la porrista combatiente en primer plano) con  el propósito manifiesto de sumar a la caótica situación económica una crisis institucional y de gobernanza que justifique patadas a la lámpara en nombre de la revolución; sin embargo, deseos no empreñan, y la voluntad de la mayoría no podrá ser quebrantada con aspavientos que antes metían miedo, pero ya no son más que vacuas amenazas, pues, para parir violentamente una articulación escarlata con el agónico ejercicio madurista, se precisa el apoyo de una fuerza armada que no parece dispuesta a embarcarse en aventuras sin porvenir. Como Montesinos, Diosdado mal aconseja se desconozca al parlamento; Fujimori lo hizo y ahí está: ¡en chirona!, esperando una “lima” para serrar los barrotes de su celda.

Aunque la oposición unitaria ha dado un paso atrás (esperamos expectantes los dos adelante para ver qué tiene en la bola el oficialismo), las apuestas y la historia se inclinan en su favor. Si no estuviese en juego la República, podríamos decir, como Buck Canel, ¡no se vayan que esto se pone bueno!