• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

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Los sueños, sueños son

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Durante su campaña electoral, Luis Herrera Campins prometió construir un puente para unir Margarita y Coche con  tierra firme; tendría unos 30 kilómetros de longitud y, aunque se hizo un estudio de factibilidad, el proyecto, para bien o para mal, no pasó de las mesas de dibujo. En todo caso, de existir ese istmo artificial, que hubiese hecho de la isla península, probablemente Francisco Suniaga no habría escrito el artículo que publicó, el pasado 25 de abril, en el portal Prodavinci, “¿Y si venden Margarita?”, en el que denunciaba la “vocación imperial” del gobierno que, desde Caracas, tutela los asuntos insulares; apoyándose en antecedentes históricos, y porque presume que la metrópolis no querrá ofrecérsela a los margariteños o al resto de los venezolanos –quienes deberían tener la primera opción de compra– propuso vender la isla a Alemania –que ya una vez mostró interés en ella–, Colombia, Panamá o cualquier otra emprendedora nación con cobres; pero, “a los chinos ni de vaina”. La sugerencia del autor de La otra isla (2005) nos trajo a la memoria que en su última novela, Esta gente (2012), un secesionista con argumentos y documentos, el profesor Gumersindo Salazar, anhela “ver a Margarita, como un Estado libre e independiente, igual que Trinidad o cualquiera de esas otras islas del Caribe”; una quijotesca causa perdida de las que solo defienden caballeros de añejo chapado.

La aprensión del escritor asuntino ante la avalancha amarilla nos sirvió de excusa para armar esta guachafita y relacionarla con el  asombroso tour que, ¡el patrón invita!, permitió a 6.400 chinos pasear, en Niza, por la Promenade des Anglais y admirar, en París, el acervo artístico del Louvre, porque solo los responsables de esa colosal movilización parecen idóneos candidatos a compartir quimeras como las de don Gumersindo y su creador; China, por su abundancia de recursos humanos, financieros y tecnológicos, no es opción desdeñable al momento de tejer fantasías. Además, la historia enseña que es factible forjar una república, o propiciar su expansión, sin tener que recurrir a invasiones y conquistas, mediante la adquisición de tierras en gran escala para crear asentamientos capaces de desarrollar actividades económicas sustentables. Estados Unidos adquirió Luisana de los franceses y Alaska de los rusos mediante el pago de cantidades que ahora parecen ridículas: Liberia se configuró con la emigración de esclavos libertos propiciada por la Sociedad Americana de Colonización; el moderno estado de Israel se fraguó con estrategias similares.

Ya en crónica pretérita hicimos mención de un plan elucubrado por Caupolicán Ovalles, basado en una inverosímil subasta multimillonaria del territorio nacional (o parte de él), para que todos los venezolanos nos concentrásemos en el mejor lugar posible y viviésemos del producto de esa almoneda. El delirio del poeta era fundamento de un proyecto país que, entre tragos y mamadera de gallo, barajó la República del Este como plataforma de un partido en el que se militaría no por simpatías políticas o afinidades doctrinarias, sino en razón del apellido, el cual debía figurar entre los 20 más comunes de Venezuela y que, de acuerdo con listas y cifras del CNE, representaban un respetable 30% del padrón electoral. Claro está que es difícil conciliar a los González con los Pérez y a estos con y los García, los Rodríguez o los Hernández, pero la promesa de un buena tajada derivada de la contrata territorial obraría el milagro de la concordia. Y, tal como marcha el mundo, la providencial Catay pareciera tener la audacia indispensable para arriesgarse en una apuesta que la ñoñería nicochavista calificaría de cismática, sin reparar en la segregación que han fomentado desde que sus camisas rojas confiscaron el país y se propusieron, mediante la exclusión, borrar del mapa a buena parte de sus pobladores, la que impugna su patético nacionalismo y no comparte su cursilería patriotera. ¿Por qué, entonces, no arrendar o empeñar esa porción de patria afectada por el apartheid ideológico a los chinos para que disfruten en ella de sus vacaciones colectivas, y trasladar a los desplazados a Margarita para que, subsidiados con los yuanes, que habría como arroz, se dediquen a cultivar el intelecto y a organizar, por ejemplo, una modélica ciudad estado o se entreguen al  dolce far niente?

Los margariteños, como los zulianos, se han ganado el derecho de soñar con su soberanía, también el resto de los venezolanos que deseamos vivir a expensas de riquezas que, en honor a la verdad, nos pertenecen y no tienen por qué ser administradas al antojo de tres familias y su guardia pretoriana que creen haberse sacado el país en un rifa; pero, en fin, la realidad es ilusión y la vida es  sueño… y los sueños, sueños son.

 

rfuentesx@gmail.com