• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Raúl Fuentes

Una propuesta impúdica

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

La providencia que permite la importación (con dólares subsidiados) de arbolitos para que los venezolanos retomen la costumbre, repudiada por Chávez (la consideraba ejemplo de la alienación cultural y la pérdida de identidad estimuladas por el modo de vida capitalista), de “plantar”, por esta época, pinos canadienses, o sus imitaciones sintéticas, cargados de esferas, guirnaldas y luces multicolores, pareciera un tanto a favor del enemigo en la asimétrica guerra que libraba contra el imperio en su no muy bien amoblada sesera; el heredero, sin embargo, se decantó por la nórdica usanza, sin importarle que su idolatrado paladín pudiese estar revolcándose en la tumba a la que dispensó una reverencial vista el pasado 5 de diciembre, como ha hecho, mes a mes, desde que fue gratificado con el premio gordo de la sucesión; pero esta vez, impelido seguramente por la resaca moral y el sentimiento de culpa del simbólico parricidio implícito en su infidelidad al paracaidista barinés.

El arbolito, pues, la ha ganado un roud al nacimiento, pero no el match, porque persiste el hábito de improvisar pesebres en los recintos donde se prestan servicios al público, a fin de que éste, imbuido del espíritu pascual, se baje de la mula y arroje sobre ellos algodón - y no ciertamente de azúcar - para ayudar a causas inexistentes; un ritual deplorable, como lo es el del cochino que nos acecha por doquier y nos obliga a dar aguinaldo a gente que ni siquiera conocemos. No son, empero, los pedigüeños y el pase de raqueta las coordenadas que definen estas líneas, sino los belenes, pesebres o nacimientos.  

La idea me sobrevino buscando entre libros sobre pintura alguna aproximación del arte moderno al nacimiento de Jesús, un tema que, aunque inspiró a Giotto, Botticceli, Tintoretto, Rembrandt o Durero, entre otros grandes y notables maestros, no entusiasma fuera del realismo y la figuración; hay, sí, una obra (¿escandalosa, sarcástica, herética?) de Max Ernst, pintada en 1926, que muestra a la Virgen madre propinándole nalgadas al niño Dios ante tres testigos (Bretón, Éluard y el autor) cuyas cabezas asoman por una especie de tragaluz en una composición con mucho de surrealista.

En mi exploración di con un recorte del Heraldo de Aragón, fechado en diciembre de 2012, donde se cuenta que, para celebrar el alumbramiento de María y los 75 años del Guernica de Picasso, los estudiantes del colegio Montessori de Zaragoza elaboraron un belén de corte cubista, basado en el célebre cuadro del pintor catalán. Y una cosa trajo la otra, porque, a propósito de catalanes, pudimos verificar que en Cataluña es frecuente la presencia en los pesebres de “una de las figuras más características y entrañables de su imaginería”, el caganer, representación de un campesino defecando que alude a la fertilidad de la tierra. No se requiere de extrema malevolencia para emparentar la escatológica alegoría con la monumental deyección que ha significado para Venezuela la administración actual, una gestión que nos ha convertido en depauperado nacimiento viviente, en el que las madres tienen que parir para conseguir lo que sea y hacerse con lo que encuentran a fin de alimentar a la familia. Somos, a nuestro pesar, piezas de un ruinoso retablo donde predominan la terquedad de la mula, la indiferencia del buey y la hipocresía de aspirantes a reyes que proclaman que Chávez no ha muerto, que vive para trinarle sus desatinos - y no cantarle las cuarenta - a quien atribuyen la frase “La mayoría de nuestras importaciones viene de fuera del país”, que, de ser cierta, lo consagraría como el Yogi Berra de la política local.

Así como, a guisa de colofón de Semana Santa, oficiamos la quema de Judas, sentenciando a la hoguera a un monigote que, de acuerdo con el veredicto popular es encarnación de un personaje público cuya conducta lo hace merecedor de arder en un atávico remedo de las piras inquisitoriales, así mismo podríamos - cada diciembre, mes propicio para el festejo-, glorificar al caganer del año que, como no somos catalanes, sería más apropiado llamar cagón o, acaso, plasta, palabra que el inmaculado inmortal empleó para escarnecer al TSJ por un dictamen que no le gustó. Sin importar la denominación, es previsible que, con la excrementicia distinción propuesta, se ridiculice reiteradamente a los responsables del naufragio y bancarrota nacionales. En España, donde si no tienes un caganer no eres nadie, Pablo Iglesias ya tiene el suyo; aquí, en casa, el que no se debe nombrar, porque empava, espera por un inverosímil bombardeo y acaricia, irresoluto, las bolas de su arbolito.