• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

A pisar el acelerador

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En una localidad del norteamericano estado de Oregón, McMinnville, que a juzgar por el número de almas que la pueblan –unas 35.000–, pareciera no merecer el apelativo de ciudad que la dispensa esa fuente de dubitable información llamada Wikipedia, rebautizada whiskypedia por Laureano Márquez, hay, además de un muy visitado viñedo (Eyrie Vineyards), en virtud de un pinot noir glorificado por enólogos y sibaritas, lo que podría considerarse tumba –Evergreen Aviation & Space Museum– del avión (un hidroavión, en realidad) reputado, entre 1947 y 1952, como el más grande del mundo, el H-4 Hércules, descomunal aparato volador fabricado en madera de abeto por Howard Hughes, que solo despegó y acuatizó una vez, en postrero e innecesario vuelo de ensayo (encargado en 1942, se terminó, en 1947, dos años después de concluida la  guerra), tenía casi cien metros de envergadura y estaba provisto de ocho motores que no rugieron lo suficiente para impedir que el Senado cancelase su producción; permanece, pues, en ese mausoleo aeroespacial como recordatorio de que el que mucho abarca poco aprieta.

Cuando, gracias El aviador, largometraje (larguísimo) de Martin Scorsese (2004), y a una de las muchas listas de curiosidades que hormiguean en los canales por cable y en la Internet (The top 10 largest military planes ever built), tuve noticias de las circunstancias relacionadas con el Spruce Goose (ganso de abeto) de Mr. Hughes pensé en unos cuantos adjetivos –superlativo, ostentoso, conspicuo– y sus ineludibles antónimos –insignificante, anodino, invisible– aplicables a su extravagante aventura que, de inmediato (ya el lector habrá supuesto por dónde van los tiros), asocié con la estrafalaria contraofensiva a la «guerra económica» que el señor Maduro ha prometido llevar a cabo, impulsado por 14 motores, ¡una pelusa!, y, como es previsible en quien ha asegurado que «Dios proveerá», mochilas de fe y sacos de inútiles esperanzas. Es pertinente preguntarse por qué 14 y no 15, o 20... o solo uno que, bien puesto y con el combustible adecuado a objeto de que ronque como debe ser, bastaría para reanimar un maltrecho aparato productivo, cuyo deterioro obedece al pobre conocimiento de la mecánica de quien apenas es chofer y no el piloto calificado que podría hacerlo despegar.

Numerólogos que se toman muy en serio sus herméticos cálculos y esotéricas combinaciones sostienen que el 14 simboliza pérdida de bienes y fracaso en los negocios; algunos cabalistas, para quienes «ninguna palabra, ninguna letra, ningún número es casual», creen que esa kármica cifra comporta riesgos, inseguridad y amenazas a la libertad –¡con buen número hemos topado!–; sin embargo, para el oficialismo, que no cree en brujas, aunque sospechen que «de que vuelan… vuelan», se trata de un número mágico, paradigma de algún tipo de perfección que intentan plasmar en infografías similares a representaciones planas de un sistema planetario en el cual, alrededor de un disco tricolor, giran, cual satélites y en una misma órbita, los fulanos motores –primorosas láminas para animar una exposición de fin de curso o ilustrar fugaces disertaciones en esos costosos coloquios y seminarios ideados para engordar currículos– que, espera uno, arranquen en tierra, no en el cosmos, para ver qué es lo que en su primer período de pruebas no pudieron motorizar y en el segundo, arbitrariamente autorizado por un Poder Legislativo al borde de la ilegitimidad, menos, ya que estuvieron en reposo durante una semana de santificada vagancia decretada por el Ejecutivo.

Dejando a un lado enigmáticas elucidaciones e interpretaciones, y al margen de ironías y sarcasmos, lo que está palmariamente claro es que 14  son demasiados propulsores que, ni siquiera como metáfora de predicados y no practicados enviones para superar la inercia y el marasmo, rasgos dominantes de la praxis económica color rubí y rojo carmesí, puede ser tomada en serio. De allí el escepticismo ante un exceso de fuerza motriz que, a leguas, luce como otra distracción para ganarle tiempo al tiempo, retrasar el vuelo final de Maduro y evitarle una indecorosa expulsión de Miraflores. Por eso, la oposición debe ponerse pilas, encender sus turbinas y puntear en una carrera en la que pareciera perder terreno a medida que vuelan los días. Ya, sin querer queriendo, se fueron tres de los seis meses de vida útil que la directiva de la Asamblea Nacional diagnosticó a Nicolás. Cuánto más habrá que esperar para aventar al jefecillo civil, devolver los milicos a sus cuarteles y poner en su sitio a los exaltados tirapiedras que amilanan a la ciudadanía. ¿Será que el culillo está venciendo a la razón? Hay que pisar el acelerador del cambio sin miedo a la velocidad y sin temor al TSJ ni a las patotas; la libertad no se negocia, se conquista.