• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Cuando el pasado nos alcanza

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Mientras intentábamos hilvanar unas pocas  ideas a objeto de  perpetrar  una nueva trasgresión del orden y las buenas maneras con nuestro habitual “fechoría del domingo” (así llama un lector, que se dice amigo, a esta descarga semanal), caímos en cuenta de que hoy, cuando se publique, se cumplirán tres semanas desde la última vez que entró agua al edificio donde habitamos; sí, 21 días sin lo que los medios, en glosario cursilón, llaman preciado líquido, los cuales, acaso por las connotaciones lúdicas del número, asocié con un chachachá – “Hoy se cumplen veintiún días/ que no bebo un trago”–, popularizado, a finales de los años 50 o principios de los 60 del siglo pasado, por unas de esas charangas habaneras que se hacían llamar orquestas y animaban los carnavales perezjimenistas: el militarismo es muy dado a suplir las deficiencias proteínicas con ingentes raciones de circo. Dígalo, ahí, Padrino.

Son vagos los recuerdos que guardamos de aquel remoto entonces; sin embargo, podemos imaginar las andanzas de un periodista colombiano indocumentado y feliz, Gabriel García Márquez, al leer las crónicas, artículos y reportajes que publicó en revistas locales (Cuando era feliz e indocumentado, 1973). En uno de ellos, ¡memorable!, se vaciló la severa escasez de agua que padeció Caracas a mediados de 1958, a pocos meses de la apresurada huida de Tarugo: “Samuel Burkart tuvo que hacer cola en el abasto para ser atendido por los dos comerciantes portugueses que hablaban con la clientela de un mismo tema, el tema único de los últimos cuarenta días que esa mañana había estallado en la radio y en los periódicos como una explosión dramática: el agua se había agotado”. Burkart, ingeniero alemán, relata Gabo, se tenía que afeitar con agua mineral embotellada, a consecuencia del verano más intenso que habíamos soportado en los últimos 79 años (sic).

El demiurgo de Macondo cuenta con alborozada prosa que en las calles capitalinas las ratas morían de sed, mientras el gobierno pedía serenidad. Ahora, esos roedores corren el riesgo de ser devorados por una población famélica, cuya desnutrición el régimen no puede ocultar. “Caracas sin agua”, el sustancioso testimonio de esa premonitoria sequía, bien vale una relectura. Al igual que dos reportajes que nos impelen a considerar el chavismo como lo que efectivamente es: una versión ideológicamente sofisticada y administrativamente desmejorada del Nuevo Ideal Nacional. En uno, “El clero en la lucha”, se destaca  la actuación de monseñor Arias Blanco, arzobispo de Caracas, del padre Hernández Chapellín, director de La Religión, y de otros valientes sacerdotes que desafiaron al déspota tachirense y a su eminencia gris, Laureano Vallenilla –personaje al que, sin faltar a la razón, podría tenerse por anticipado dopplegänger de J. V. Rangel–, actuación ejemplar que quizá ha inspirado el cuestionamiento episcopal del discurso belicista de Maduro y la militarización del régimen; en el otro, “Adiós Venezuela”, se narran las vicisitudes de inmigrantes italianos que decidieron marcharse a su tierra, pues, por aquello de que por uno pagan todos, inquisidores sedientos de venganza les reprochaban su presunto apoyo al dictador –un pícaro e improvisado constructor, Filipo Gagliardi, había forjado y publicado un “nosotros los abajo firmantes”, listado de unos  20.000 de sus compatriotas, saludando la reelección plebiscitaria del general andino–; un éxodo que prefigura lo que podría deparar el destino a la colonia cubana aquí confortablemente instalada, con la aquiescencia del galáctico comandante para siempre y porque le salió del forro al Caballo.

Hoy, desde Cuba, no llegan los jacarandosos músicos de ayer, pero sí espías, consejeros y comisarios, de toda laya y a montones, para apuntalar una tiranía de nuevo cuño, inscrita en ese inédito modo de dominación bautizado “dictadura electoral” por Chumel Torres, youtuber mexicano, reconvertido en mordaz opinador de oficio por HBO y que, de acuerdo con su irreverente juicio, fue derrotada, en su primera etapa, por “una aplastante mayoría de células cancerígenas”; para su fase terminal, siempre según el vlogger azteca (la V es de video), “muerto el ventrílocuo, la gente votó por el muñeco” y éste, ya usted ve, nos condujo al despeñadero. Es lo que sucede cuando no podemos superar el pasado y encarar el futuro. Maduro quiso hacer una gracia personificado a Chávez y le salió una morisqueta. Chávez se empeñó en reencarnar al Libertador y no le llegó ni las uñas del pie. Íñigo López –hoy lo celebra el santoral– ambicionó ser sumo pontífice. Al menos eso conjetura el irreverente jesuita Iñaki de Errandonea, S. J. (Las celestiales, San Sebastián,  Aragua, 1965): Hiciste lo que quisiste, /San Ignacio de Loyola, /Pero quisiste ser Papa/Y te pisaste una bola. ¿Moraleja? Póngala usted, amigo lector. Yo sigo sin agua, esperando que Santa Lucena, patrona de los obstáculos, se pise las dos que no tiene.

rfuentesx@gmail.com