• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Raúl Fuentes

Hasta nuevo aviso

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La semana pasada, para consternación de los andaluces, hice catalán a un malagueño y  en un lapsus no exactamente calami, sino más bien brutus, confundí el gentilicio de Pablo Picasso, inaceptable desliz que ninguna fe de erratas conseguirá enmendar;  y, por  aquello de que no hay mal que por bien no venga, me apropié  de una frase de Oscar Wilde para presentar, sin demora,  las debidas disculpas  al lector por el desaguisado. Dijo el hombre del clavel verde: “El aplazamiento es el asesino de la oportunidad”, sagaz observación que me movió, antes que nada, a excusarme por el referido traspié  y, de seguida,  referirme a las demoras,  prórrogas y dilaciones que mantienen en suspenso ad æternum los proyectos del tándem Chávez – Maduro (tómese, a tenor de ejemplo,  la infortunada reconstrucción de Vargas, basada seguramente en el infeliz precepto  que postula lo  óptimo como  contrapartida  de lo bueno); persistente e insufrible, esa  morosidad tal vez responda  a la   a la pregunta ¿por qué hacer hoy lo que podemos dejar para mañana?  

La interrogante – cínica vuelta de tuerca al refrán con que se sermonea a los indolentes -, posiblemente no responda a una deliberada haraganería de los funcionarios oficiales, sino a sus  limitaciones para hacer frente a circunstancias que desbordan  sus capacidades y, en apariencia, los inmoviliza; como aquellos personajes de  El ángel exterminador (Luis Buñuel, 1962), cautivos   en un recinto del que no pueden salir por más que lo intenten,  los burócratas rojos son rehenes de  sus oxidadas convicciones y no dejan de aferrase  a un vademécum de supercherías carente de recetas para superar la crisis; crisis negada por el vértice de la troika dominante  y que, de existir, supuesto negado por  su docto y desapasionado  entender, sería  consecuencia de la perfidia opositora.  

Quienes hayan visto Lo que el viento se llevó (Fleming, Cukor & Wood, 1939) recordarán cómo Scarlett O'Hara repite, en  ocasiones varias,  “Lo pensaré mañana” para cortar por lo sano con  impertinentes  tribulaciones; una displicente manera de huir hacia adelante muy parecida  a la que  fundamenta el estilo gerencial de la presente administración; por ello,  no es de extrañar que, desde inicios del semestre por concluir, el gobierno, sin atender al latido acelerado de las urgencias,  haya pospuesto para 2015,  cualquier atisbo de solución  a los ingentes problemas que agobian al venezolano. “Después de todo, el que viene será otro año” sería el basamento  de esa gestión a futuro que pone en manos de la providencia el porvenir nacional.

No hay razones para presuponer que el año próximo será distinto al que está a punto de estirar la pata, el cual, a decir de Armando Durán – y concordamos con él -  “termina peor que mal”; pero el régimen tiene fe,  acaso demasiada, en una milagrosa  recuperación de los precios del petróleo que le permita seguir subsidiando el asistencialismo  y, así,  mantener en pie una ficción de bienestar que alimente su  cada vez menos persuasiva publicidad  - en la que se despilfarran unos cuantos cobres que podrían ser consignados a mejores causas -  y fingir coherencia con el  hipócrita “recorte de gastos superfluos”, inoperante paliativo al despiporre presupuestario, anunciado por  Maduro para postergarlo para cuando la condiciones sean propicias.

Errar es de humanos, claro está,  y – se cita a Baltasar Gracián para barnizar con autoridad  tal aserto -  más lo es culpar a otros de los yerros propios. Serían muy humanos, entonces, los beneficiarios del poder  que, además de hacerlo mal por desconocimiento, atribuyen a una satánica conjura urdida desde fuera (Washington, Bogotá,  Madrid, Tel Aviv)  y secundada por agentes internos de etérea definición (la oligarquía criolla, la burguesía doméstica, la derecha disidente, los  traidores pitiiyanquis y un delirante etcétera) el desastroso estado de cosas actual; pero no son ni el   imperio,  cuya conducta en relación a Cuba no ha sido asimilada  aún por un Maduro que no entiende por qué Raúl le planta cuernos, ni sus presuntos secuaces los que conspiran contra la estabilidad nacional, no;  es la corrupción la que está minando, desde sus entrañas, a la tambaleante quinta república; la corrupción facilitada por el gobierno mediante el soborno social y financiamientos  al margen de la ley, y la rebatiña practicada, a todos los niveles, para repartirse  las migajas de un botín que está a punto de agotarse.

En 2014, como en los 15 años anteriores, se asesinó nuevamente la   oportunidad de dejar atrás retrógradas emociones para transitar por la senda de la racionalidad. Por eso,  hasta nuevo aviso,  seguiremos pelando; pero, eso  sí,  con Maduro al frente  de le economía, habrá  patria como arroz, aunque con gorgojos.