• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

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Raúl Fuentes

Los inmortales

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El 23 de enero de 2013, buena parte del país barruntaba que el comandante inmarcesible ya había desembolsado su óbolo para abordar la barca de Caronte; se trataba, más que de una sospecha, de una certidumbre fundada en filtraciones que, desde La Habana, desmentían los optimistas augurios que el dúo concertante –ahora discordante– difundía a través de fraudulentos partes médicos. Ese día, Nicolás Maduro oficializaba el inicio de la primera temporada de imaginarios magnicidios, denunciando que “grupos infiltrados” planeaban matarle a él y a Cabello. Procuraba, el que pasaría de encargado a usurpador, minimizar la significación de una fecha que Venezuela había consagrado a enaltecer la democracia –que los rojos banalizaron, afirmando que en ella nada había que celebrar– e insinuar que entre quienes festejaban esa efemérides se encontraban aviesos asesinos a la espera de una oportunidad para conducirlo a la Estigia por donde el fúnebre remero cargaba, hacia el Hades, con el alma y la sombra de quien estaba destinado, según sus apologetas, a la inmortalidad.

El 6 de febrero, no había trascurrido una quincena desde su apocalíptico anuncio, volvió a la carga y, como anticipo de Carnaval, afirmó que una comparsa de “sicarios a las órdenes de la derecha salvadoreña” andaba tras sus pasos con intenciones de raspárselo. Dos meses después (6 de abril), acusó a Henrique Capriles de estar planificando una intentona para echárselo al pico; el 3 de mayo –¿hasta cuándo va a seguir este hombre con esa vaina?, se preguntó la gente sin percatarse de que la cantinela del mono temático apenas comenzaba–, señaló a Roger Noriega y Álvaro Uribe como partícipes de un complot criminal en su contra urdido entre Bogotá y Miami y, el 30 del mismo mes, dijo que en la capital colombiana se conspiraba para inocularle un veneno, sin aclarar por dónde, que lo mataría lentamente, como había hecho el cáncer con quien le regaló el país para que terminara de despilfarrar sus recursos.

Como resultado de la desconfianza creciente, fueron “descubiertas”, entre el 24 de julio y el 30 de agosto, otras tres intentonas, a cual más delirante o irrisoria, en las que se implicó a Posada Carriles, a Álvaro Uribe (de nuevo), a Roberto Micheletti y hasta a un señor Salcedo, presunto cerebro del “Plan Carpeta Amarilla” que contemplaba emboscar al gran sortario en alguna bajadita de Los Teques, para darle papita, maní y tostón.

En febrero del año pasado, la montería se inició dando caza a un twittero de energético y hollywoodense nombre, Power Kardashian, que amenazó con disparar 140 caracteres sobre Maduro, y se prolongó internacionalizando el coto cinegético para atrapar en la red de patrañas a funcionarios norteamericanos. En predios domésticos, se siguió apuntando con el dedo de la iniquidad a los pagapeos de costumbre y se azuzó a una jauría de rabiosos canes para rastrear a todo aquel que, por re o por fa, le torciera los ojos a Nicolás o le sacara la lengua a Diosdado. Cinco en total fueron, en 2014, los frustrados ensayos de maduricidio que se deben computar con otros tantos conatos de golpe de Estado; pero el asunto no concluyó ahí: este año, el acecho de los enemigos de la patria comenzó con preparativos de mercenarios   para darle bollo al heredero durante una reunión de Unasur en Ecuador, primero y, después, en otra de la Celac, en Costa Rica. Pasadas las cumbres, la borrasca se transformó en un “Plan Azul”, con tucanes artillados y oficiales de la aviación encanados o perseguidos por simple presunción, preludio de la operación Jericó cuya primera trompeta sería el hoy encarcelado –por órdenes expresas de Maduro con celestinaje cómplice del ministerio público– alcalde metropolitano. Un embuste monumental –“nunca, ironizó Bismark, se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería”–que derivó en garrotazo institucional para ignorar la voluntad de los caraqueños y que solo puede entenderse a la luz de los yerros y temores de un mayoral con el rebaño desbocado que resta importancia a un abominable infanticidio.

De haber sorteado tan numerosos y demenciales afanes tiranicidas, el mandón tendría más vidas que un gato, animal duro de matar, a no ser que se siga el consejo de Kafka y “se le apriete el cuello en una puerta abierta y se tire de la cola”. Un procedimiento falible con los humanos –que  carecen de rabo y cuando lo tienen es de paja– como la errática puntería de los que han fracasado en todas sus tentativas de liquidar al que ha resultado ser más  inmortal que su predecesor.