• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

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Raúl Fuentes

La hoguera de los perjuros

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Los aficionados a la fiesta brava cuentan una historia que involucra a José Ortega y Gasset y a un afamado torero (unos dicen que Rafael Gómez, el Gallo; otros, que Rafael Guerra, Guerrita; y hay quienes niegan el protagonismo de la anécdota a estos dos diestros para atribuírselo a Rafael Molina, Lagartijo) que, desconcertado ante la naturaleza del oficio de pensar, habría exclamado: “¡Hay gente pa’ tó!”, frase rotunda de la que podemos echar mano para referirnos a las curiosas responsabilidades que la retrógrada revolución, valga el oxímoron, ha confiado a sus seguidores, ya no en los aparatos paraestatales, sino en  la estructura  burocrática; sin mérito alguno para ocupar las posiciones que detentan, esos paniaguados degradan la administración pública y representan una onerosa carga para la nación.

La asociación entre la categórica sentencia con la que el matador de marras expresó su perplejidad ante el quehacer del filósofo madrileño y la asignación de funciones a los cuadros y militantes del PSUV nos la motivó uno de los atroces murales con los que la estética roja afea los jet ways del aeropuerto de Maiquetía, alusivos a Pdvsa. Flanqueada por imágenes del eterno, galáctico y desaparecido comandante y de quien quiso calzar sus botas, aunque estas le vinieron holgadas, una leyenda hace saber que esa empresa “siembra petróleo”, humanismo, lealtad y solidaridad; un batiburrillo conceptual que no se sostiene porque sabemos que aquí, a pesar de haberse reducido considerablemente el volumen de producción, se malbaratan los hidrocarburos comprando alineamientos geopolíticos.

En lo que respecta al humanismo, este nada tiene que ver con la filosofía que hizo del Renacimiento lo que fue, una apuesta por la iluminación contra la oscuridad, es decir, contra los dogmas, y, como es del dominio público, el proyecto chavista se basa en una creencia ciega en caducas y dogmáticas doctrinas de orientación marxista; las mismas, acaso, que motivaron a un  médico aventurero, sanguinario y voluntarista –sin respeto alguno, a pesar de su profesión, por las vidas ajenas, como testimonia su participación en juicios sumarios y ejecuciones que costaron la vida a centenares, tal vez millares de cubanos–  a improvisar  un panfleto (El socialismo y el hombre en Cuba, 1965) que guía los pasos de una secta que alucina con propuestas impracticables y sueña con instaurar en Venezuela un Estado comunal en torno a ese “hombre nuevo”, cuya “lealtad” debe entenderse como sumisión  a un sistema en el cual la “solidaridad” no pasa de ser anzuelo clientelar o calculada filantropía con fines proselitistas. La revolución bolivariana ha pervertido los principios morales en la misma medida en que la inflación y las devaluaciones derivadas de su accionar han encarecido los bienes materiales y empobrecido de modo brutal a una población obligada a engancharse al asistencialismo paternalista para subsistir que debe manifestar su fidelidad incondicional al gobierno.

En su maniquea concepción del mundo, que les impide concebir –y mucho menos aceptar– que haya ópticas distintas a las suyas, castristas, chavistas, maduristas padecen de lo que Ortega, en el prólogo a la edición francesa de La rebelión de las masas, llama “hemiplejia moral”, un mal que amenaza, peligrosamente, con  extenderse por todo el tejido social de la República, a partir de esa fatua convicción de que ellos, por creerse de izquierda, son los buenos de la película; y, los otros, por no comulgar con sus designios, derechistas y villanos. Semejante simplificación, que desean llevar a los textos escolares para seguir emponzoñando la educación, les hace pensar que son los portaestandartes de la verdad y, en razón de tal convicción, pueden azuzar a los galfarros y malhechores que integran sus fuerzas de choque para que ataquen las universidades democráticas, roben sus equipos, les prendan fuego a sus instalaciones y en las hogueras resultantes, como inquisidores y nazis, quemen libros y documentos que contrarían la verdad oficial.

Hasta ahora esa verdad oficial ha sido aceptada por una buena parte de los venezolanos, gracias a los mensajes reduccionistas con que sus propagandistas han saturado los medios, una saturación que pone, hasta en la sopa de cada ciudadano (cuando la hay) a Chávez, a Maduro, sus discursos engreídos y sus ofrecimientos para no se sabe cuándo y que, por supuesto, copia el esquema goebbeliano de la repetición como cimiento  para construir verdades a partir de la mentira; esquema con el que procuran ennoblecer, llamándolos  “patriotas cooperantes”, a delatores y soplones para que atestigüen haber visto a quienes no vieron, haciendo lo que no hicieron. Valerse de sapos perjuros para incriminar inocentes es el más reciente refinamiento de un régimen que trata como héroe a un vulgar espía del G2. Ojalá sea el último porque, como dijo alguno de los mencionados espadas, “lo que no pué ser, no pué ser, y además es imposible”.