• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

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La gran (des)esperanza roja

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“La gran esperanza blanca”, es frase hecha y racista en cuya acuñación, se especula, metió la cuchara (o la pluma) Jack London, cuando exhortó a un boxeador retirado (Jim Jeffries) a que dejara de serlo para medirse con Jack Johnson, legendario pugilista que inspiró a Howard Sackler una obra de teatro  llevada al cine, en 1970, por Martin Ritt con memorable actuación de James Earl Jones. Hemos visto nuevamente el filme y, basados en lo que se cocina en el fogón electoral –especialmente mediante el celestinazgo del árbitro y las argucias del Ejecutivo para que la oposición acepte sus trapisondas por adelantado y sin derecho a  pataleo–, pensamos que hay demasiados y no casuales parecidos entre las martingalas del régimen y las marrullerías del negocio de los coliflores, como gustan llamarlo los fablistanes, en metafórica alusión a orejas deformadas a puñetazo limpio (¿por qué le considerarán deporte a ese derivado de los cruentos combates con los que Roma paliaba el hambre de la plebe?).

El boxeo es un espectáculo condicionado por las apuestas y, en consecuencia, manejado por mafias que amañan las peleas en función de las conjeturas de fulleros y tahúres; la política vernácula, según el trío de ases –Maduro, Cabello, Padrino– que administra el casino local, es modalidad lúdica no sujeta al azar, sino a las necesidades del partido de gobierno y, en tal sentido, no exagera Humberto García Larralde al adjetivar de mafiosos a quienes, como los triunviros aludidos, se atreven a difundir y criminalizar una plática telefónica, obtenida mediante procedimientos gansteriles –“esa conversación no corresponde a ningún delito, el delito real fue haberla divulgado”, aseguró Alberto Arteaga, penalista y ex decano de la Facultad de Derecho de la UCV–. Y, así como se dispararon sospechas de timo en otra decepcionante “pelea del siglo” –lugar común al que apelan los match-makers y publicistas para engordar la taquilla y exacerbar el envite–, la que tuvo como gladiadores a Floyd Mayweather Jr. y Manny Pacquiao, así mismo se han potenciado las certezas de que hay gato encerrado en la inexplicable negativa de Nicolás y Tibisay de aceptar la presencia de observadores imparciales y calificados que certifiquen la transparencia de unos comicios realizados por mediación de un ente de neutralidad no del todo comprobada.

El clímax de la referida película es la recreación del escandaloso “tongo” perpetrado el 5 de abril de 1915 en el Hipódromo de Marianao, La Habana; un fraude maquinado para que, a cambio de 30.000 dólares – que entonces era mucho cobre– Johnson cayera ante un campesino de Kansas, Jess Willard, que los promotores del combate exaltaron como el ansiado y anhelado redentor cara pálida –The great white hope– que acabaría con la supremacía del púgil negro (afroamericano, sería hoy lo políticamente correcto; afrodescendiente, diría la cursilería chavista)–. La engañifa, revelada 30 años después por el propio Johnson, arrojó para siempre una larga sombra de desconfianza sobre el pugilato profesional.

El CNE sabe que los comicios no pueden ser tratados como un cuerpo a cuerpo entre contendores que pugnan por un botín; de allí la angustia de la gran electriz conminada a seguir instrucciones emanadas del Ejecutivo para montar una ficción convincente que les permita a Maduro y su combo sobrevivir a la catástrofe anunciada, sin tener que recurrir a un estado de excepción generalizado. El gobierno requiere un tongo acreditado en blanco y negro y rubricado con la tinta de la resignación. Hasta ahora no ha logrado adhesiones sustantivas al arreglo que prefigura airosa salida del atolladero. Afortunadamente, en estos tiempos el margen para el engaño es cada vez más estrecho; y, más temprano que tarde, como estableció el refranero, tramposería sale.

Los estrategas del continuismo siguen aferrados a un relato triunfalista que trae a nuestra memoria la pelea que libró Betulio González contra el tailandés Venice Borkorsor a quien el zuliano, según narraba el desaparecido Miguel Thodée, estaba dando un felpa de tres pares –pega Betulio, pega Betulio, vuelve a pegar Betulio– cuando de pronto, sin solución de continuidad, ¡cayó Betulio!… y adiós luz que te apagaste. Para escapar a ridículo similar, la gran esperanza roja, sin tiempo para dakazos, es sacrificar a un par de chivos expiatorios, Lorenzo Mendoza y Ricardo Hausmann, e imponer, vía, TSJ, candidatos a la MUD; “esperanza inútil, flor de desconsuelo” (cantaría Daniel Santos) o desesperanza que se alimenta, además, de hiperbólicas evocaciones del fantasma eterno, calamitosos presagios sobre el mañana –“no habrá paz, si no gana la revolución”– y el fomento de la abstención; empero, la paciencia ciudadana se agotó y todo indica que el venezolano liquidará por knock-out  las pretensiones oficiales de perpetuarse en la Asamblea Nacional.