• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

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Raúl Fuentes

De farsas, embustes, montajes y videojuegos

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Acicateado por declaraciones de Maduro, “las agencias de noticias manipulan la verdad” – ¡dura coraza la del cachicamo!– , nos tentó la idea de fusilar a Thomas de Quincey y titular este artículo “De la mentira considerada como una de las Bellas Artes”, no porque los falsarios a quienes apunta encajen en la categoría de artistas, sino porque mentir –y hacerlo bien– exige algo de ingenio y mucha memoria –olvidar una coba es arriesgarse a ser desenmascarado– y, en tal sentido, algún numen debe inspirar a los artífices del engaño. Pero, si la inspiración no es suficiente, se puede apelar a los forjadores de quimeras y encantadores de serpientes que, por abultados honorarios, crean espejismos y figuraciones para seducir a los crédulos. Antes se les conocía como publicistas y relacionistas públicos; ahora se auto promocionan como expertos en manejo de imagen y mercadeo electoral.

João Cerqueira de Santana Filho, es uno de esos prestidigitadores; por recomendación de Lula da Silva, manejó la campaña electoral de Chávez en 2012 y, al año siguiente, la del heredero. Enredado por estos días en un oscuro tráfago de dólares entre Angola y Brasil, Santana trivializó en su oportunidad el cáncer presidencial y lo convirtió en un gimmick a ser explotado por propagandistas del PSUV. No es de extrañar que su varita mágica haya creado la farsa del mango mensajero, como seguramente hizo con la reencarnación ornitológica del cósmico e inmarcesible comandante cuya eternidad garantizó en el trinar de gárrulos pajarillos que sólo iniciados en los misterios de la espiritualidad hindú podrían entender. Ambas ocurrencias tienen todos los visos de haber sido engendradas en sendos brainstorms, esas “tormentas de ideas”, que el lector ha visto en la teleserie Mad men, en las que creativos publicitarios se exprimen el magín e  intercambian pareceres sin orden ni concierto hasta dar con “el concepto” que hará babear al cliente y hechizará a las masas. El ave parlanchina y el mango telegráfico responden, con certeza, a conclusiones de think tank en torno al realismo mágico y otras pamplinas con las que racionalizaron sus estratagemas comunicacionales los mercaderes de fábulas al servicio del régimen; esas trampajaulas, empero,  no son invención tercermundista, sino producto de técnicas desarrolladas en Madison Avenue, revestidas de glamour por cierta brejetería europea que le disputa a los gringos el descubrimiento del agua tibia.

Supimos de Jaques Séguéla por un librito de su autoría y título tan largo cuanto tramposo, como casi todo reclamo vendedor: “No le digas a mi madre que trabajo en publicidad, ella cree que toco el piano en un burdel”, con el que alcanzó notoriedad, a finales de los años 70 del pasado siglo quien, con el pasar del tiempo, sería considerado el “gurú” de la publicidad francesa; con más gracejo que rigor, el texto se aborda tópicos frecuentes y lugares comunes propios de un oficio que ha sido reputado de alienante y pernicioso por respetados analistas del tema comunicacional. Le conocimos en ocasión del III Congreso Latinoamericano de Publicidad (Caracas, 1993) y nos lo topamos en eventos similares realizados sucesivamente en Barcelona (España), Sao Paulo y Buenos Aires. Siempre pronunciaba, en teatrales presentaciones y con escasa variaciones, el mismo discurso en el que de vaina no juraba y perjuraba que François Mitterrand era invención suya y ponderaba como genialidad sublime el slogan “Fuerza tranquila”, que concibió para el líder socialista cuya victoria en 1981, de acuerdo con Gallup y otras encuestadoras, estaba más que cantada; también narraba su experiencia como consejero de Lech Wałęsa, a quien, en sus apariciones públicas, colocaba ante un micrófono previamente descompuesto, de modo que el futuro presidente polaco se luciera como técnico electricista e hiciera gala de su humilde condición obrera.

El ardid de Séguéla y la argucia de Santana, de marcado cariz demagógico, son apenas botones del extenso muestrario de triquiñuelas que el marketing político pone a disposición del populismo y están en línea con la ficticia y ya tediosa conflagración económica, los nunca develados golpes de estado o los atentados contra la vida de los cabezas de familia que configuran la tetrarquía sociofascista, trapos rojos con los que el gobierno quiere (y no puede) saltarse a la torera esta fase terminal del mal que sufre la República desde hace ya largos 16 años.

Las cortinas de humo –patrañas, embustes, montajes– aumentaran exponencialmente a medida que nos acerquemos a las elecciones parlamentarias, cuya fecha de realización es asignatura pendiente en la agenda del Consejo Nacional Electoral; mientras esperamos el anuncio, podríamos jugar Maduro Mango Attack y cantar “mango, mango, mango, mango mangüé/ oye mangüe, mangüé, oye mangüé /que yo traigo mango bizcochuelo que le gusta a usted”.


rfuentesx@gmail.com