• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Un domingo cualquiera

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

 

Hoy domingo 1° de mayo, los medios prodigarán elogios al proletariado y su eterna brega por una mejor calidad de vida; se evocará a los mártires de Chicago y, como cada año, desde que alguna internacional obrera lo dispuso, burócratas sindicales de medio mundo encabezarán marchas para abogar por vindicaciones insatisfechas; hoy, en el país, unos pocos agitadores socialistas, comunistas o anarquistas saldrán a las calles embriagados de consignas para terminar, si los racionamientos y la escasez no lo impiden, compartiendo cervezas tibias con pares de ideológicos signos contrarios en una mesa de dominó o un patio de bolas. En otras latitudes, donde la sociedad de bienestar ha saciado la sed reivindicativa de los asalariados, la jornada dará lugar a airadas protestas contra el fundamentalismo islámico y mezquinos rechazos a los refugiados, mientras que los bienpensantes –como si tal cosa no les concerniese– duermen la resaca de una pagana noche de Walpurgis.

El párrafo precedente podría dar una idea de adónde hubiesen podido ir a parar estas líneas si no hubiese sido por la afortunada aparición en la caja tonta de un documental emitido por Films & Arts, a fin de festejar –con un año de atraso– el centenario del natalicio de Orson Wells (06/05/1915), que nos hizo cambiar el rumbo, tenor y empaque de nuestra descarga; y es que, al ver y escuchar al autor de Citizen Kane hablando de sus adaptaciones de Macbeth, Otelo y Falstaff, y su inconcluso Don Quijote, pensamos que debíamos seguirle la corriente a los anglófonos e hispanoparlantes que conmemoran los 400 años del nacimiento del Cisne de Avon y del Príncipe de los Ingenios. Para ello, nada mejor que compartir con los caraqueños «la pasión por la literatura que se manifiesta a cielo abierto» en el VIII Festival de la Lectura, evento que concluye hoy, pero cuyo influjo iluminará al lector cuando recorra las páginas escritas por las excelsas plumas de William Shakespeare y Miguel de Cervantes.

«El papel aguanta lo que le pongan», aseguran quienes desconfían de la palabra impresa. Tal vez sea cierto; no obstante, al margen de la prensa amarillista y de abstrusos mamotretos, panfletos insufribles y ripiosos versos, el papel inmortalizó caracteres, contextos y frases contundentes y ejemplares que superan arbitrarias hermenéuticas y siguen siendo metáforas ilustrativas de situaciones conflictivas. Así, sin haber leído Hamlet, ante la escandalosa e inocultable corrupción inherente a la revolución bolivariana, más de un venezolano sentencia que «hay algo podrido en Dinamarca» o, al momento de evaluar el dilema opositor, estima que la cuestión estriba en «ser o no ser». Poco sabe de Yago, Casio y el pañuelo de Desdémona, pero diagnostica sin dubitaciones la celopatía de Otelo. Estos son apenas tres ejemplos de lo que, con una pizca de paciencia y mucho rigor, podría desembocar en una antología de «frases shakesperianas para todo uso», parecida a aquellos catecismos «para principiantes» en los que Eduardo del Río, Rius, simplificó evangelios marxistas de los que después renegó.

En castellano, el idioma que hablamos –malgré Chávez y el bobo antihispanismo de su rediviva leyenda negra–, son muchos los  que se refieren al Quijote como «Caballero de la triste figura», sin conocer los motivos de Sancho para retratar de semejante guisa a Alonso Quijano, su señor. También saben de sobra que habitó en un innominado rincón manchego y arremetía contra molinos de vientos; toda ese conocimiento, sin embargo, parece haber sido administrado por vía oral y no deriva de la lectura de la madre de todas las novelas que en español se han escrito, entre otras cosas, porque con la invasión digital es cada vez más ardua la tarea de descifrar «un lenguaje que ya ni hablamos» –así opina Andrés Trapiello, escritor que, tras 14 años de trabajo, logró verterlo al habla actual– y ya me dirá usted qué pito toca en una tablet o en un smartphone un fragmento como este: «Si no os picáredes más de saber más menear las negras que lleváis, vos lleváredes el primero en licencia, como llevaste cola», que, gracias al esmero de Trapiello es dado leer «Si os hubiérais jactado de utilizar la lengua tanto como os jactáis de manejar esas espadas que lleváis, habríais sido el primero en la licenciatura, y no el último de la cola». Mientras transcribía estas palabras, caí en cuenta de que venían de perlas y que ni pintadas para endilgárselas a esos licenciados en artes y ciencias militares que usurpan el oficio de administrar nuestra cosa pública. Sí, las andanzas del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha dan para mucho y deberían ser de obligatorio estudio para los que aspiran a que un día como el de hoy no sea un domingo cualquiera.