• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

10 días que no estremecieron al mundo

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El 5 de marzo, día de guardar, algunos transeúntes afectados por ese extraño fenómeno conocido como pareidolia reportaron haber visto su rostro esculpido en las nubes, inequívoca señal de que a partir de ese día –y en los subsiguientes 10 que culminaron este fin de semana con pueriles juegos de guerra y un obsecuente visto bueno a superpoderes con piquete negado– el planeta entero, según hiperbólicos titulares de un pasquín, que pasó de amarillo escándalo a rojo revoltoso, trepidaría con el recuerdo del comandante para siempre, recuerdo financiado por el gobierno nacional con publicidad millonaria en medios internacionales; sin embargo, el presagio definitivo provino de Inparques y fue difundido por los twitteros: “Murió el águila harpía del Parque del Este, a los  cuarenta y tantos años”; una edad que, para plumíferos, en especial si han vivido en solitario cautiverio, es verdaderamente matusalénica. Se informó sobre su senectud y el mucho tiempo que llevaba encerrada; nada se dijo de su sexo; no sabremos si era macho o hembra este epiceno representante de una especie en peligro de extinción que nos contemplaba con altiva indiferencia desde una jaula circular colocada, a modo de atalaya, en la bifurcación de senderos que Burle Marx no quiso que condujeran a parte alguna, quién sabe si bajo el influjo de uno de esos laberintos que cautivaban a Borges. Alguna vez conjeturé que esa rara avis pudo ser el numen que inspiró a García Márquez para hacer aterrizar en el  gallinero de Pelayo y Elisenda a un longevo serafín que bien podía haber sido un noruego volador o un fugitivo de conspiraciones celestiales (Un señor muy viejo con unas alas enormes, 1968).

Solemne e imperturbable, desdeñaba el saludo matinal que le dispensábamos en nuestras caminatas tempraneras. Por su inmovilidad, se nos antojaba manifestación palingenésica de Simeón el Estilita, penitente equilibrista a quien atribuyen la invención del cilicio y el haber pasado 37 años encaramado sobre una columna en medio del desierto, sin que le expliquen a uno cómo soportó los pestilentes efluvios de galones de orina y quintales de excremento adheridos a su sayón y a su cuerpo: una curiosidad del santoral que ni pintada para la mamadera de gallo. Por eso, acaso, Luis Buñuel le dedicó un significativo mediometraje de sesgo surrealista (Simón del desierto, 1965), con la legendaria Silvia Pinal haciendo de Satán; y, en Las Celestiales (1965), Iñaqui Errandonea, alter ego de Miguel Otero Silva, hace mención de esos eremitas del yermo que, como el de la pilastra, se decantaban por alturas de vértigo: “Mal le fue a la Magdalena/ entre los anacoretas/ que moneaban los olivos/ para mirarle las tetas”.

Tras el vuelo postrero de un majestuoso emblema imperial con el cual gustaba equipararse el  fénix de abril de 2002 –Aquila non capit muscas, alardeaba  para eludir el debate– se desató un furor extático que hizo del cuartel de la montaña sanctasanctórum de un culto orientado a catequizar con el dogma carmesí a las almas sencillas y asegurar su adhesión al hijo putativo; igual propósito se vislumbró en el templete votivo del 23 de Enero, en el cual, ad maiorem Hugo gloriam, se ofició un sincrético ritual con plegarias y deprecaciones más profanas que sagradas. Se trata, en realidad, de absolver al culpable de todos los males que nos azotan; de burlar el pasado y esconder el desastroso presente que, en estos 10 días, no conmocionaron al mundo, pero desconcertaron al país con una ola de desaguisados (condena a los jóvenes Raúl Emilio Baduel y Alexander Tirado, fiasco de Unasur, ofensivos dardos contra el vicepresidente uruguayo, canallescas declaraciones de Chaderton y un sonoro otros etcétera de insufribles petardos) cuya cresta ha sido la solicitud de la fulana habilitación antimperialista diseñada para torpedear las elecciones  parlamentarias –y hasta justificar un autogolpe– con la coartada de la falsa emergencia con que la inmadurez de Maduro busca arropar sus dislates. Pero, rara vez querer es poder, y no habrá desembarco de United States Marine Corps porque esas invasiones pasaron de moda y no se usan; ni un carmonazo, porque los que juegan a la impaciencia de vaina tienen verbo –y la unidad  hace bastante tiempo que se dejó de eso y apuesta por la Constitución– tampoco, afortunadamente, habrá un ave fénix que renazca, como hizo el santón barinés gracias a la chapucería de los abrazafarolas que se creyeron el cuento de un general con nombre de evangelista lascivo, Lucas Rincón. ¡Ojalá hubiese un John Reed que diese cuenta de estos 10 últimos días que no estremecieron al mundo!

rfuentesx@gmail.com