• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

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El charro que sería rey

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Otto Soglow (1900-1975), celebrado y premiado caricaturista neoyorquino, concibió, en 1930 –dicen que  por encargo de la cuasi monopólica agencia de cómics King Features Syndicate, propiedad de  William Randolph Hearst, el poderoso magnate de la prensa amarilla recreado por Orson Wells en Citizen Kane–, una singular  tira cómica, The Little King, que en las naciones  hispanoparlantes se publicó, hasta bien entrados los años sesenta del pasado siglo, con el nombre de El Reyecito. O. Soglow, que así rubricaba ese curioso cartoon, de trazos  minimalistas y sesgo surrealista, nos proponía un monarca  de parcos movimientos, escaso verbo y expresión risueña cuyo reino estaba poblado de sirvientes y soldados sobre quienes ejercía un caprichoso y cándido dominio.

¿A santo de qué, se preguntará el lector, sale aquí a relucir ese reyezuelo retaco y barrigón, de puntiaguda barba, como la corona que ceñía su cabeza, siempre embutido en un abrigo rojo con solapas de armiño y que se desplazaba en autos de trompas tan largas como las colas que ya forman parte del paisaje nacional y, cada domingo, nos deleitaba con sus disparatadas maneras de hacer lo que le venía en gana, afirmando, como Luis XVI, pero sin decirlo, l'etat c'est moi, no se equivoquen? Pues, a santo de que parecía estar en lo cierto Jonathan Swift cuando afirmaba que “el poder arbitrario constituye una tentación natural para un príncipe, como el vino o las mujeres para un hombre joven, o el soborno para un juez, o la avaricia para el viejo, o la vanidad para la mujer”, una tentación que en nuestro país se denomina Ley Habilitante Antimperialista y por la paz, una ley que otorga poderes omnímodos al habilitado y lo convierte en antipática edición, corregida y aumentada, del Reyecito y que, más peligroso que mono con hojilla, por querer ser temido, terminará siendo repudiado.

No es gratuita esta asociación entre el candoroso soberano de Soglow y el presidente obrero elevado a rango de supergobernante, autorizado a ser y hacer lo que le salga de las entretelas, por los factores que lo mantienen donde está para que  garantice la continuidad y supervivencia de la administración  castrense que rige los destinos de esta República Bolivariana, gracias, entre otras cosas, a la laxitud de mediocres pancistas y aprovechados civiles que,  satisfecho su apetito de riquezas y privilegios, no han vacilado en ceder la toma de decisiones a los uniformados, porque confunden mandar con gobernar y disciplina con eficiencia; no es gratuita, no: la provoca un afiche esquizoide  en el que el delfín intenta identificarse con la majestad del cargo y la sencillez del pueblo, pero lo que percibimos es el rostro de un charro enmarcado por una cabellera que delata exceso del tinte por el que estilistas y peluqueras darían un ojo de la cara.

Ibsen Martínez (Del Blanco al verde oliva, El país, 12/03/2015) descarta que Nicolás sea como la carabina de Ambrosio, se cuida de llamarlo “Platanote”, y presagia que “va camino a convertirse en el Juan Vicente Gómez del siglo XXI. Un Gómez socialista y de izquierdas, por supuesto”. Quisiera estuviese equivocado y poder contradecirle alegando que el Bagre no era un perrito faldero sino un guerrero triunfante que puso fin a las guerras civiles en Venezuela, aval de superlativa suficiencia para que el país se rindiera a sus pies. Que traicionó a su compadre para que la sumisión se consumara demuestra que, además de eficiente administrador de una cara de bolsa, era hombre de  agallas, paciencia y sentido de la oportunidad. Maduro era un segundón sin los atributos que Manuel Caballero descubre y describe en los números dos de primera (Antonio Leocadio Guzmán, Gonzalo Barrios) al que la providencia y el infortunio favorecieron. Por eso, en vez de jefe, lo imaginamos mascarón de proa de una embarcación que capitanean los que tienen, en una mano, la sartén bien sujeta y, en la otra, el timón que la guía por las turbulentas aguas de un mar no exactamente de felicidad. ¿Quién o quiénes son esos navegantes? No lo sabemos; sí podemos, empero, suponer que, en el fondo, esa potestad de césares concedida a Maduro, sin objeciones ni salvedades para guardar las apariencias, no es una respuesta a las medidas adoptadas por Obama, tal cual proclaman él y sus súbditos, sino un caramelito  emponzoñado que alguna eminencia gris sugirió se le entregase –más que como herramienta electorera, que lo es, o artefacto explosivo para bombardear  un posible parlamento opositor, que también lo es– como un boomerang programado para ver si el charro resbala y deja de cantar “hago siempre lo que quiero porque sigo siendo el rey”.

rfuentesx@gmail.com