• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

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Raúl Fuentes

El bastón y la brújula

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Tuve conocimiento de la ley de Herodes gracias a un relato del mismo  nombre escrito por Jorge Ibargüengoitia (1967), autor mexicano fallecido en un accidente aéreo en el que también perecieron los críticos Marta Traba y Ángel Rama, el novelista Manuel Scorza y la pianista Rosa Sabater. Ya en otra oportunidad, la versión fílmica de una de las obras del malogrado escritor azteca (Maten al león, 1969) nos había servido de pretexto para escudriñar en los esperpénticos rasgos de un régimen que parece salido de una página de Valle-Inclán; las incidencias de la narración no vienen a cuento, pero sí el enunciado de la fulana ley, “si no te chingas te jodes”, que justifica el que el cineasta Luis Estrada la haya seleccionado para titular una muy controvertida –y recomendable– película suya de 1999.

La ley de Herodes relata en clave de comedia negra las peripecias de Juan Vargas, un desvalido petimetre con facha de Tin Tan, encargado de un basurero y fiel militante del Partido Revolucionario Institucional (PRI) que es enviado a un pueblo imposible en los confines del desierto mexicano, San Pedro de los Saguaros, para ocupar interinamente la presidencia municipal y suplir la ausencia, por causas de fuerza mayor, del anterior alcalde, muerto y decapitado por una poblada en su contra –¡cojan palco, señoras y señores!–. Vargas intenta hacerlo lo mejor que puede, pero “el gobierno anterior” había dejado a San Pedro en la carraplana, por lo que el flamante burgomaestre recurre al secretario de gobierno (a quien cree su benefactor y no su titiritero) para que le dé luces en cuestiones presupuestarias.

El avezado operador político le aconseja que apele a la tributación por el concepto que sea y, entregándole un mamotreto contentivo del texto constitucional, le dice: “Todo lo que está aquí que diga poder ejecutivo, legislativo y judicial, eso eres tú, la máxima autoridad de San Pedro de los Saguaros” y, depositando un arma entre sus manos, remata: “Con el librito y la pistola, ya puedes ejercer esa autoridad”. La cínica escena nos recuerda la reiterada afirmación del que se fue y no le hace falta sino a Nicolás, según la cual esta –la bolivariana, roja y socialista del siglo XXI– es una revolución pacífica… pero armada, de modo que con la “bicha” que, José Tadeo dixit, sirve para todo, y un ejército bozaleado a arepazo limpio no hay oposición que valga.

Llegará lejos el tal Vargas y le veremos pronunciado un discurso desde la tribuna de honor del Congreso, abundante en desparpajo: “No me avergüenza confesar que he llegado aquí con la manos manchadas de sangre; no lo niego. Pedir perdón sería hipócrita. Es sangre, no de un extraño ni de un hermano, sino de un enemigo de los hombres que defendemos los ideales de la revolución” y remata con esta perla: “El reto para nuestro partido es estar en el poder por siempre y para siempre”.

Podríamos decir que cualquier semejanza entre el protagonista del filme de Estrada y aquellos encapuchados a tiempo convencional que desde la plácida vagancia de la “Tierra de Nadie” y la homogénea promiscuidad de los cuarteles se enchufaron en los poderes públicos (a los cuales cabe recordarles que “toda autoridad usurpada es ineficaz y sus actos son nulos”, al menos así lo contempla esa carta magna violada hasta por el índice) es pura coincidencia. O tal vez no; quizá el ensayo de dictadura perfecta de la institucionalizada revolución mexicana fue el modelo a imitar por parte de esa mal hechura de Chávez que es el PSUV. Nada, pues, tiene de extraño que la mediocridad sea el aspecto sobresaliente del modo chavista de gobernar; un estilo gerencial basado en el “quien no transa no avanza” y el vamos a ve’ pa’ ve’.

En alguna parte leí que los huevos revueltos los inventó un genio que fracaso con la tortilla. El aforismo pifia al exaltar como genialidad la torpeza, porque, probablemente, se trataba de un sujeto que se limitó a cascar huevos y ponerlos al fuego para ver qué sucedía; algún fanático de George Harrison que, como este, pensaba que “si no sabes adónde vas, cualquier camino te llevará allá”. Justamente lo que hacen quienes gobiernan a través de Maduro y lo envían a Oriente buscando que los jeques le pinten una paloma y nos sigamos endeudando, más allá de donde dice rompa hasta aquí, con mandarines de nuevo cuño; o, sencillamente, a solicitar lo que ya no se consigue en La Habana: un bastón para apoyarse y una brújula para guiarse, sin los cuales ya no hay vida, no.