• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

La bandera de los piojos

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En un concierto de Madonna, celebrado días atrás en Washington, se proyectó sobre el escenario, como parte de una secuencia que incluía unas banderas de varios países, la de Venezuela; la fugaz aparición del pabellón criollo con baranda estelar mientras la cantante interpretaba el tema “Holiday”, canción que por lo general es programada como encore en sus presentaciones, engolosinó a la disidencia twittera que –viendo los toros desde la barrera y pajareando indignada porque quienes hacen oposición en el país no se embarcan en las delirantes aventuras imaginadas por sus enfebrecidos magines– se lanzó a desvariar sobre el apoyo de “la chica material” a las víctimas de la caza de brujas emprendida por Maduro y sus perdigueros, lo cual no pasaba de ser conjetura sin fundamento, puro ojalá del bueno, tal lo estableció el que tradujo wishful thinking como “deseos que no empreñan”, porque, como se sabe, la reina del pop ya había en otras oportunidades engalanado sus espectáculos con banderas, no exactamente para glorificarlas: en Puerto Rico, durante su interpretación de la citada canción, se pasó el estandarte boricua por la zona que el decoro, la pudicia y la censura aconsejan disimular.

“Qué injusticias tan injustas comete la justicia”, cantinflérica ocurrencia de Tin Tan, es frase que hubiese podido valerme de epígrafe a un artículo en torno a la vituperable sentencia que condena a Leopoldo López al apartheid político y le clava casi 14 años de cana, un dictamen que no solo ha merecido unánime y planetaria repulsa, y ha colmado las páginas editoriales de El País, The New York Times y The Economist, entre otros prestigiosos medios, sino que le ha asegurado a la jueza Susana Barreiros un lugar de honor en la historia universal de las aberraciones jurídicas. Así pensaba y estaba presto a sumar la mía al coro de voces protestarias, pero me sorprendió tanto el revuelo causado entre los parejeros de la contra distante por el guiño tricolor de la superestrella del rock que no puede evitar la tentación de abogar, lloviendo sobre el  mojado piso patriomaníaco, por moderación respecto a la exaltación desmedida y enfermiza de eso que llaman símbolos patrios, Bandera, Escudo e Himno Nacional –emblemas saturados de  rebuscadas significaciones tan, pero tan cursis que uno no se explica cómo los profesores de Moral y Cívica no se ruborizaban al declamar de corrido, irrespetando las pausas que aconseja la sintaxis, semejantes bolserías–, porque en el abuso emocional de los mismos es difícil diferenciar, al menos en la parafernalia que adorna sus manifestaciones, al gobierno de sus rivales.

No creo que Miranda, creador del modelito que ahora estampa gorras, chaquetas, alpargatas y quién sabe si pantaletas y calzoncillos, se haya planteado que el amarillo de su diseño fuese alegoría de “la riqueza del suelo venezolano, de  la luz, el oro, la soberanía, la armonía, la justicia y la agricultura”; tampoco es probable que el Precursor y Generalísimo haya querido hacer del azul metáfora visual “de los mares que rodean las costas venezolanas, el cielo que cubre la patria, los ríos y los océanos que bañan nuestro territorio”; mucho menos verosímil es que apostase a futuro y, con el rojo –color ahora de ominosas implicaciones–, aludiese  a la “sangre derramada por nuestros libertadores”, entre otras cosas, porque, cuando enarboló su creación por vez primera, la Independencia era mera ilusión y la carnicería distaba mucho de comenzar. En tiempos de Pérez Jiménez, los maestros se empeñaban en hacernos comulgar con esas ruedas de molino; ahora, el empalago tricromático casi que invita a una quema depurativa para curarnos de fanatismos, sobre todo porque la hagiografía del comandante a recordar in sæcula sæculorum es objeto de memorización obligatoria en colegios públicos y privados, magna contribución de la educación bolivariana a la lobotomización escolar y a la castración intelectual de la juventud.

Dicen que la bandera es el pañuelo de la patria; unos enjugan sus lágrimas en él, otros suenan sus mocos y habrá quienes… bueno, no seamos tan específicos no vaya a sucedernos lo que aconteció a Sergio Witz, poeta campechano que fue enjuiciado en México por haber escrito versos de este tenor: “…Yo, natural de esta tierra/ me limpio el culo/ con la bandera/ y los invito a hacer lo mismo:/ verán a la patria/ entre la mierda/ de un poeta”. Al final, el bardo fue amonestado y multado con 50 pesos (3 dólares) que se negó a pagar porque ello implicaría reconocerse culpable de un delito inexistente, cual es hacer uso de la libertad de expresión. De muchachos, nadie nos reprendió ni castigó por gritar: ¡Policía, caraota fría! o recitar: “Amarillo, azul y rojo/ la bandera de los piojos”. ¡Qué injusticias tan injustas comete la justicia!