• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

El árbol es inocente

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Hoy, último domingo de mayo, es Día del Árbol y quizá debimos iniciar estas líneas cantando: “Al árbol debemos, solícito amor/ jamás olvidemos que es obra de Dios”, himno que, en el patio colegial y con una embrionaria matica o un germinador entre las manos, daba pena corear en ceremonia que, en estos tiempos rabiosos, no entusiasmaría ni a los ecologistas y solo oficiaría un pelotón de muchachos disfrazados de pendejos con un pendejo disfrazado de muchacho a la cabeza –¡De frentemarchen!–, prefiguración zanahoria de la milicia bolivariana de la tercera edad –¡Un, dos, un, dos! ¡Izquierda, derecha, izquierda!–, que, para dar por concluido el acto, y cual si fueran suyas, repetiría palabras que estimaría de rigor en semejante liturgia: “Hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”; no sabe, que el autor de tan discutible admonición es José Martí, y omite las obligaciones derivadas de las tareas recetadas por el “apóstol” cubano: cuidar la siembra, educar al crío e interesar a los lectores.

Al árbol debemos devoción no solo por sombra, frutos y flores, sino por muchas otras cosas; entre ellas el papel, maravillosa invención que permitió poner en blanco y negro la memoria e imaginación de la humanidad; sí, al árbol debemos el papel –materia prima de la información que el chavismo niega a la prensa libre y monopoliza para consolidar su hegemonía comunicacional– y, por extensión, el libro, portentosa herramienta de aprendizaje y ensoñación, de sublimes extravíos (Don Quijote) o patéticos fanatismos (Hugo y el mar de la felicidad); de allí, su grandeza.

Chávez, fiel a la exhortación martiana –con la que, acaso, lo atolondró un venerado oficial en sus tiempos de ¡mande usted, mi teniente!– quiso sembrar un árbol, en lo que no podía llamar sino suelo patrio, el “árbol de las tres raíces”, pero la mescolanza de semillas bolivarianas, robinsonianas y zamoranas lo atrofió, y ya se sabe lo que sucede con el tronco del árbol que nace torcido. A sus hijos no haremos referencia: basta con la echonería sin límites que destilan sus trinos y retrata la prensa farandulera. ¿Y el libro?

No era ágrafo, cierto, pero la escritura no era lo suyo. Se decantaba por la oralidad, no a la manera creadora u ocurrente de los republicanos del este –que de obra publicada y leída podían alardear– sino al maratónico y reiterativo estilo fidelista, duplicando su vacua retórica antiimperialista (ahora moderada por la demencia senil y la reconciliación con el enemigo histórico) y la impudicia para opinar sobre lo que desconoce. De modo que, por intermediación de lo que los editores llaman “negros” e iniciativa del heredero, que se atreve a encargar prólogos a tinterillos tarifados para rubricarlos él, a fin de que su nombre preceda los del presunto autor, se ha forjado una biblioteca hugochaviana, integrada al menos por 12 títulos, sin contar la entrevista de Ramonet, que para alcanzar el status de libros se abultaron con abuso de prefacios, introducciones, epílogos y notas bibliografías. Se trata de textos prescindibles que abarcan desde infantiles apreciaciones sobre la bandera (Un brazalete tricolor) hasta las inconsistencias ideológicas en las que presumía basar su praxis (El Libro Azul) y donde usted, si es lo suficientemente ocioso para hurgar en ellos, encontrará cursilerías de este tenor: “Volver al reencuentro con nosotros mismos. Y con tantos sueños inconclusos que galopan hacia el horizonte. ¡Vamos a su encuentro con la fuerza de mil centauros, en carga tumultuosa, tremenda y victoriosa!”.

No es culpa de la tinta ni del papel que se imprima tanta inocuidad; tampoco podemos condenar al árbol porque de sus ramas hayan colgado incontables ahorcados o su madera haya alimentado hogueras inquisitoriales. Sería majadería imputarle al libro los desvaríos del lector, como hacen el cura, el barbero y el ama del “caballero de la triste figura”; sin embargo, aunque le dedica encomios y admirables páginas, Jorge Luis Borges teme que caiga en manos inadecuadas y apela, para apuntalar sus miedos, a una frase que endosa a san Anselmo: “Poner un libro en manos de un ignorante es tan peligroso como poner una espada en manos de un niño”. Es difícil no compartir tan severa advertencia cuando vemos los horrores que se cometen no ya al amparo de libros sagrados (la Biblia, el Corán), malditos (el ficticio Necronomicón) o profanos, elevados al rango de evangelios (Das Kapital, Mein Kampf), sino de manuales de autoayuda como el Oráculo del guerrero, de un tal Lucas Estrella –nombre de astrólogo de feria o de actor porno– que desquició las entendederas del eterno iluminado barinés. ¿Y qué lee Nicolás? Quizá una guía de poda, derribo y trasplante de árboles.