• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

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Túneles

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Cada vez que nos toca subir a Caracas desde el aeropuerto de Maiquetía, sabemos que a la entrada de los túneles encontraremos un par de vallas alusivas a la justicia y a la paz; la primera recoge, como es de rigor, una frase del Libertador –extraída de algún florilegio bolivariano para todos los gustos y creencias del que se nutren falacias del tipo magister dixit–, cursilona y poco original (ya Platón había manoseado la cuestión), pero que vale la pena considerar en función de nuestro aquí y ahora: “La justicia es la reina de las virtudes republicanas y en ella se sostienen la igualdad y la libertad”. Si obviamos lo de reina (atribuyámoslo a la retórica al uso de la época) y asumimos como válida la afirmación de Simón Antonio de la Santísima Trinidad, no queda otra que adentrarnos en el tenebroso Boquerón (que bajando es el dos y subiendo debería ser el uno) con la certeza de que no puede ser más caradura un régimen que no solo ha basureado el derecho hasta más no poder, sino que, además, ha constreñido las libertades ciudadanas, irrespetando sistemáticamente inalienables derechos consagrados en una Constitución que nació para ser violada y, mediante prácticas fundadas en el dominio de los medios de producción y una prédica igualitaria hacia abajo, fomenta el desequilibrio económico y la exclusión social.

Apenas hemos dejado atrás la mal iluminada oquedad y las palabras sagradas del argumentum ad verecundiam, cínicamente plantado por las autoridades rojas en ese cartel que, para colmo, carece de atractivos formales, nos encontramos con otro reclamo estéticamente indigesto en el que se lee un aserto de Nelson Mandela –“Derribar y destruir es muy fácil. Los héroes son aquellos que construyen y trabajan por la paz”– que revela la estatura moral del padre de la patria sudafricana y, a la vez, pone de bulto la hipocresía de una dirigencia que otorgó a la destrucción categoría programática, tal como lo prefiguraban las declaraciones del oportunismo adherido al que iba a ser comandante inmarcesible y eterno para copar las curules de la Asamblea Constituyente; hay que refundar la república, proclamaban líderes de plastilina que en estos 16 años han dejado constancia de su bajeza moral, saltando talanqueras en dos direcciones y deshonrando compromisos para (re)venderse al mejor postor.

La reflexión de Madiba nos recordó una aseveración de Carlos Franqui –recogida en reciente editorial de El Nacional (“Un remedio agotado”, 02/10/159)– según la cual “la historia de los sistemas totalitarios muestra que tienen una capacidad de destrucción total”. Basaba su alegato en lo acontecido con la revolución cubana –proceso del cual fue, desde sus inicios, actor entusiasta y, al darse cuenta de los que se avecinaba, crítico implacable–, a causa de “la esquizofrenia de Fidel”, quien pensaba “que todo se podía cambiar y que en Cuba no servía nada, y que había que destruirlo todo para hacerlo de nuevo. Esto condujo a que Fidel fuera el más grande destructor de una nación”. Tal vez lo era. Hasta que apareció el tándem Chávez-Maduro.

Cuando los túneles ya no son sino recuerdo, y ni siquiera los chapuceros remiendos de la autopista, que reafirman la incapacidad constructiva del oficialismo, ni el desolador y decadente paisaje urbano de una Caracas manejada sin criterio son motivo de asombro, pensamos que Franqui no vivió lo suficiente para sorprenderse con las dotes de exterminador de un gobierno dispuesto a arruinar al país minando sus facultades creativas y su fortaleza ética, apegado tal vez a los consejos de un teórico de las ciencias y artes bélicas que de eso sabía mucho, pues dedicó buena parte de su vida a escribir un tratado de ocho volúmenes al respecto (De la guerra), Carl von Clausewitz: “Al hablar de destrucción de fuerzas enemigas hemos de observar que nada nos obliga a limitar este concepto a las fuerzas físicas, sino por el contrario, deben comprenderse en ella, necesariamente, las morales”. Esta lección bien aprendida y mejor aplicada por el nicochavismo en su cacareada “guerra económica” es implacablemente ensayada en la frontera, donde se ha humillado, ofendido y degradado a los colombianos para tratarlos como seres despreciables en razón de su nacionalidad. Transita así el oficialismo el tramo final de un túnel ideológico a punto de derrumbarse, no por la erupción de los mil volcanes de Nicolás, sino por la presión de su dogmatismo, y que enterrará a quienes se han empeñado en la antihistórica faena de sepultar la razón; a contramano, la oposición quizá vislumbre una esperanzadora luz para poner fin a su deambular por el agujero negro de los desencuentros, superar la resignación colectiva y devolver a los venezolanos la potestad de imaginar un mejor país.