• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Tragedias, chantajes y culebrones

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Hemos notado que últimamente algunos columnistas, que en estas y otras páginas similares consignan sus impresiones y dictámenes acerca de lo que acontece en la nación, advierten al lector sobre lo ardua que resulta la tarea de no repetirse y la desazón que tal dificultad les produce; se alude a esa preocupación incluso en los títulos de sus artículos, y las dudas en relación con su pertinencia son vertidas en inevitables exordios. No puede ser de otra manera. La agenda pública es unidimensional, reiterativa y empalagosa, de modo que, en medio de este guateque, guarachamos con pick-up al son de un disco rayado y no hay empújale-que-empújale-la-aguja que valga: la camarilla gobernante se mantiene en sus trece y la oposición en los suyos. Se teme a los vaticinios, ya que los profetas son harto pesimistas y sus presagios sugieren que eneas se nos viene encima y nos espera, para decirlo en palabras agoreras, un triste y doloroso desenlace…como corresponde a las tragedias.

Pero no precipitemos finales y recojamos un poco la cabuya para ver si hilvanamos con fundamento nuestras divagaciones. Insinuamos que por  falta de aristas argumentales en el romo predicamento rojo, se observa una ineludible recurrencia temática en las secciones de opinión de los pocos medios independientes y críticos que van quedando en el país, de modo que se debe incursionar en el arte de la prestidigitación para presentar al mismo musiú con una cachimba de estreno cada vez que se juzgue necesario expresarse. Como hacen astutos vendedores que ofrecen continuamente los mismos productos, pero con la admirable habilidad de presentarlos de forma creativamente diversa a cada comprador. Claro que las circunstancias obligan a que la pluma transite caminos ya recorridos: es prácticamente imposible hablar de Maduro sin referirse a Chávez; no sucede lo contrario porque quienes se apropiaron de su recuerdo lo hacen resplandecer para titilar ellos en exclusividad con la iluminación remanente. Por eso no es extraño que apreciaciones divergentes respecto al eterno y a su engendro, el transitorio, terminen siendo convergentes. Para tal aserción nos remitimos a dos artículos aparecidos días atrás y simultáneamente en este diario: Transfusiones de Chávez y Maduro contra Chávez, rubricados por José Domingo Blanco y Fausto Masó, respectivamente.

Como prefigura el título, Mingo se explaya en la patológica y obsesiva dependencia del señor Maduro del hombre que le hizo presidente; sin la quincallería de este, el pobre no se sostendría; es la razón por la cual ejecuta sus actos en nombre de un padre deificado, convencido de que su autoridad sobrenatural es incuestionable. Masó, por su parte, sugiere un parricidio político, al menos en lo que concierne a Guyana; sin embargo, no hay, en el fondo, ruptura en las posturas ideológicas del ayo y su pupilo sino simple adaptación a escenarios cambiantes: el galáctico se solidarizaba –"El asunto del Esequibo será eliminado del marco de las relaciones sociales, políticas y económicas de los dos países"– con un presidente socialista, Bharrat Jagdeo, del Partido Progresista del Pueblo; Maduro brega con un gobernante de signo contrario, David Granger, A Partnership for National Unity, lo que explica su repentino y electorero celo nacionalista y los chantajes patrioteros con que extorsiona a la disidencia.

Llegado a este punto me pareció que podía –como asno uncido a una rueda de molino– estar caminando en círculos viciados de reincidencia y ensayé una fuga por la tangente para pergeñar una inacabada nota de larga titulación, pedantemente cervantina: “De cómo el pan de a locha desapareció de las tahonas para ofertar, en su lugar, raquíticas canillas a razón de 50 bolívares la unidad y algunas otras menudencia que por re o por fa tienen que ver con el desconocimiento del oficio gerencial y el mal ejercicio económico”. Mientras intentaba componerla, pensaba que al concluirla seguramente la baguette valdría el doble. Sabía a quién echarle la culpa porque la prensa de la semana se encargó de informar que el Estado es dueño de casi 300 empresas alimentarias que solo generan pérdidas.

Que la propiedad estatal de los medios de producción es contraproducente, es cosa sabida; también parece serlo la administración pública de recursos naturales. No por azar, en 1992, el Adam Smith Institute propuso privatizar ballenas y elefantes a objeto de impedir su extinción. Compete a la próxima Asamblea Nacional, mediante un estatuto de reversión de los arrebatones, evitar la definitiva desaparición de especímenes que, por apropiación indebida de granjas, fincas, centros de acopios, frigoríficos y otros eslabones de la cadena de alimentaria, están a punto de do de pecho de cisne desahuciado. Ojalá los augures se equivoquen y el colofón que nos aguarda sea solo de película…, como es de rigor en los culebrones.

rfuentesx@gmail.com