• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Sueños que se roncan

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«De vez en cuando la vida se nos brinda en cueros», canta Joan Manuel Serrat; y, en esas 10 palabras, expresa más que lo dicho en tramposas alabanzas por poetas tarifados y gacetilleros enchufados, a la zaga y a la sombra de unas pocas, poquísimas voces de nombradía ganada con la pluma, y no exclusivamente por su adhesión, fogosa y bien remunerada, al «proceso» que les ha echado de comer a lo largo de estos últimos 17 años. Sí, de vez en cuando la vida no solo se nos presenta desnuda, sino que parece burlarse de nosotros –«nos gasta una broma», diría el cantautor catalán– y entonces no se la toma muy en serio que digamos y apenas reparamos, sin advertir su gravedad, en la pérdida del sentido de las proporciones que el socialismo del siglo XXI ha ocasionado en algunos grupos e individuos (¿tontos útiles o inútiles?) que, embriagados y ahítos de circunstancial notoriedad, no temen a la resaca moral ni a la indigestión ideológica y, por el contrario, se jactan de sumarse a causas irremisiblemente perdidas. Fue lo que percibimos al topar con una declaración de solidaridad con la gestión de Nicolás Maduro que circuló días atrás, penosamente y sin gloria, por las redes sociales: una retahíla de lugares comunes, suscrita por un heterogéneo colectivo encabezado por habituales compañeros de ruta (que no desmerecen el cognomento de escritor), cuyo número, como bien anotó el embajador Fernando Gerbasi, no alcanza al de los dedos de las manos; les sucede, en esa nómina de «abajo firmantes», una comparsa de ilustres desconocidos, que se llaman a sí mismos artistas sin precisar qué musa los inspira ni qué arte cultivan.

Cada quien hace de su camisa un saco o de su trasero una plaza de toros si le viene en gana, mas llama poderosamente la atención que, a contracorriente de las mayorías que claman por una pronta salida de Maduro –y que incluye a algunos de los conjurados que acompañaron al Eterno en la fallida aventura golpista del 4 de febrero de 1992– este contingente de «intelectuales» se aferre al pasado para huir del presente y, sin pensar en el mañana, proclame su graciosa lealtad a un individuo que es responsable de la deplorable y angustiante situación que padecemos los venezolanos.

Se sabe que algunos creadores sucumben al carisma del autócrata de moda, aunque presientan que se trata de fascinación por el poder del que carecen y suscita envidia, admiración y, en algunos casos, veneración. Cortázar y García Márquez fueron incondicionales y entusiastas defensores de una satrapía cruel y añeja, la de Fidel Castro; años antes, Neruda, Guillén y Alberti, escribieron poemas a Stalin, de modo que nada de raro tiene que más de un caído de la mata haya sido víctima de ese fenómeno social que Enrique Krauze llamó “hugolatría”; pero que se dejen embaucar por Nicolás es desconcertante, si no inaudito. Claro que hay mucho de vivalapepismo en unos cuantos cagaversitos que no ocultan las ventajas crematísticas de su militancia nicochavista.

Cuando el país presiona para que los diputados que elegimos (con la convicción de que iban a propiciar un cambio de rumbo) definan cuanto antes cómo se gestará la transición, que esos «defensores de la dignidad» se plieguen a los designios de un régimen militar –cuyos cabecillas hace tiempo que se dieron cuenta de que el chavismo es mera superchería y se convencieron de con Nicolás no van para el baile–, es imperativo preguntarles si están dispuestos a inmolarse en nombre de la revolución o si, a la hora de las chiquiticas, saldrán en volandas  arguyendo que el miedo es libre.

Seguramente a los signatarios de ese laudatorio manifiesto no les ha tocado hacer colas, ni les afectan el desabastecimiento y la inflación. Solo así se explica que no hayan tomado conciencia de que vivimos una tragedia, un drama en el que la fuerza armada, acaso a su pesar, es avizorada por la impaciencia como el Deus ex machina que podría finiquitar la prolongada usurpación de Maduro o revertir la inconstitucional castración del Poder Legislativo perpetrada por el TSJ. Así y solo así, se entiende que ustedes, señoras y señores, ignoren el atropello a las libertades implícito en las equívocas políticas económicas del gobierno. Tengan presente que, tal cual sostuvo un humorista español, «en la vida solo unos pocos sueños se cumplen; la gran mayoría se ronca». Con los ronquidos comienza la pesadilla y hay que despertar a fin de entender que «cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es el más sagrado de los derechos y el más indispensable de los deberes». Eso sentenció un aristócrata y revolucionario francés, el marqués de La Fayette.