• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Soluciones radicales

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En más de un oportunidad escuché a un compinche de barras defender su ocurrente tesis en relación con los beneficios de compartir conversación y tragos con gente que apenas conocemos; decía, por lo general sin que viniera a cuento: “Beber es divertido a la par que instructivo”. No puede decirse lo mismo de las colas. Nada de entretenido tiene perder miserablemente el tiempo intercambiando invectivas contra el gobierno para hacernos con un paquete de harina de maíz; sin embargo, como “se aprende más por lo que la gente habla entre sí o por lo que se sobrentiende, que planteándose preguntas”, es posible por momentos distanciarse de lo que nos condujo al plantón y, al igual que en las tabernas, aliviar la espera escuchando, como escuché hace poco, a alguien discurrir con escolástica presunción sobre los modos de “mantener impoluta la desembocadura trasera”; risa, y mucha, me causó esa disertación en la que se ponderaban las virtudes de algunos sucedáneos del papel tualé, tan rabelesiana que recordaba aquel desopilante pasaje de La muy horripilante vida del gran Gargantúa donde se cuenta cómo Grandgousier “reconoció el ingenio maravilloso de su hijo por la invención que este hizo de un limpiaculos” que ensalza como el “más señorial, el más excelente y el más expeditivo que jamás se haya visto”; y, tras detallar numerosos objetos que ensayó para higienizar ese tercer ojo, agraciado y desgraciado por Quevedo –un antifaz de terciopelo, unos guantes de la madre, un cojín, un sombrero de fieltro, una toga de abogado y un copioso inventario de medios para tal fin que incluyen un cachorro de marta (que “con sus uñas me ulceró todo el periné”) y un velludo lirón–, el descomunal Gargantúa sugiere que lo mejor es no evacuar para no tener que limpiarse.

Así comenzaba la semana. Con las inevitables colas y el raquítico recibimiento, con ditirambos dignos de Alejandro Magno, del invencible guerrero que en la batalla del canal dice haber abatido, en dialéctico combate de apenas 3 minutos de duración, a otro gigante, el del norte, en escaramuzas imaginarias cuyas glorias solo cantaron escasos hooligans prebendados con algún pollo y un par de cervezas; eran tan pocos que uno se pregunta cómo es que, habiendo recabado más de 10 millones de firmas –yo te aviso chirulí–, no pueden convocar más de 4 gatos para validar sus aserciones. No pudo la inexistente y manipulada victoria ocultar la indignación que causó la última providencia cambiaria que nos confina a este campo de concentración en que se ha convertido el país; un país donde, afortunadamente, aún abunda el humor, aunque este sea cada vez más macabro, como lo demostró el, más sarcástico que jocoso, comentario que nos permitió explayarnos sobre Gargantúa, y lo ratifica un parecer, asentado en voz alta durante otro peregrinaje en busca de lo que no se encuentra, y que señalaba a los más pequeños como las más grandes víctimas de la escasez.

En opinión del alarmista de turno, el desabastecimiento se traduce en una sensible baja de la ingesta calórica que afecta el desarrollo físico y mental de los infantes; de este modo, sostuvo el improvisado conferencista, se estaría gestando un generación de subnormales que, a mediano plazo, serán un lastre para la sociedad (vagos, maleantes y pranes en ciernes); una contingencia que podría combatirse desde ahora con medidas aparentemente crueles que, a la larga, favorecerían a la nación. Se trata, simple y llanamente, de beneficiar a los niños, como se hace con el ganado, a fin de ofertar en el mercado lo que, de acuerdo con refinados antropófagos, como Hannibal Lecter, es el pináculo de la gastronomía.

La monstruosa sugerencia, que provocó airado rechazo, especialmente entre las mujeres, nos remitió a Jonathan Swift, quien, en 1729, publicó Una modesta proposición para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público, corrosivo libelo que indignó a los bien pensantes de la época que nada hacían en favor de esos inocentes que el autor de Los viajes de Gulliver recomendaba se vendiesen a los más pudientes para que estos los engullesen “estofados, asados, horneados, hervidos, en fricasé o en ragout”.

No creo que los proponentes de las soluciones aquí referidas hayan leído a Rabelais o a Swift; pero, en ninguno de los dos casos el radicalismo, rayano en el absurdo, es diferente del que subyace en quienes piensan que la mejor manera de combatir el ventajismo es abstenerse de participar en confrontaciones electorales y prefieren la inmolación simbólica y el suicidio político a la negociación.

 

rfuentesx@gmail.com