• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Sepultureros

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Me confiesa Pastor Heydra su deseo de escrutar y novelar la trayectoria vital de Pierre Marie Brougat, médico de origen francés que, condenado a prisión perpetua con base en evidencia circunstancial por el emparedamiento de dos putas y un prestamista, fue a dar con su huesos en esa ignominiosa sección de la colonia penal Saint-Laurent-du-Maroni, bautizada Isla del Diablo (Guayana francesa), en la que los galos confinaban sin esperanzas y por igual a presuntos traidores a la patria –como el capitán Dreyfus, «víctima de una sentencia sesgada y escandalosamente antisemita»–, o a antisociales sin cobres para abogados –como Henri Charrière, pícaro mentiroso apodado «Papillon», con más imaginación que el barón Münchhausen, acusado, según él o el «negro» que transcribió sus embustes, de un asesinato que no cometió–, de donde logró evadirse para, después de lo que supongo homéricas peripecias, que en su momento serán narradas por el fablistán neoespartano, recaló en Juangriego donde ganó nombradía, prestigio y sustento ejerciendo de galeno y narrador de fábulas marineras.

Si nos excedimos en el perfil del Dr. Brougat –«una de las leyendas más atractivas de la Margarita del siglo XX», a decir de Francisco Suniaga (“El doctor de Juangriego”, Prodavinci, octubre de 2014)–, fue pensando en seducir al lector con las aventuras y desventuras de un personaje que, a pesar de su contribución al acervo humanístico y científico de Margarita, es poco conocido a nivel nacional; sin embargo, en lo que a estos apuntes concierne, interesa sobremanera destacar que, entre los insulares, se tuviese como inequívoca señal de desahucio el que el doctor moviera pesarosamente su cabeza al observar a un enfermo, pues ello entrañaba  recurrir a los fúnebres servicios de Machalengo, el enterrador, para que cavase la fosa correspondiente. Sí. Lo que nos compelió a escribir estas líneas fue esa forma silenciosa de diagnosticar fatalidades y hacerle saber al paciente que estaba cantando el manisero y hasta aquí llegaste, papaíto, a fin de que sus dolientes supiesen que había llegado la hora de llamar al sepulturero.

En Venezuela, aves carroñeras revolotean desde hace largo tiempo en torno al cadáver de la revolución; a los sepultureros, empero y contrariando la creencia popular, pareciera asustarles el esqueleto y permanecen como en huelga de brazos caídos, sin mover sus picos, palas y azadones. Temen a los suspiros de postrimería del que languidece en Miraflores, pero más les asustan las almas en pena del Libertador –cuyos despojos fueron profanados por Chávez y, quizá por ello, su reposo es quebrantado por las sesiones espiritistas del heredero en el Cuartel de la Montaña– y el Benemérito que impiden, mediante sus tercas y fantasmales recurrencias, que este país “País de amada sangre en nuestras venas, /que no termina de enterrar a Gómez”, versificó Eugenio Montejo– se desmarque de un ayer de consolación y un mañana de vagas promesas y pueda, ¡por fin!, encontrarse con el presente y acceder a la modernidad.

En diciembre del año pasado, la nación clavó una estocada mortal en lo que suponíamos columna vertebral del régimen, un Poder Legislativo que había sido reducido a la condición de habilitador formal de las arbitrariedades del perpetuo, primero, y de su transitorio apéndice, después; no obstante, Maduro, el generalato mayor y los concesionarios del PSUV convirtieron al Tribunal Supremo de Justicia en la piedra en el zapato que obstaculiza la marcha del país por el rumbo que le fijó el electorado. Como se recordará, el jefecillo civil imprimió carácter plebiscitario a los comicios parlamentarios y salió con las tablas en la cabeza. Y, aunque la opción unitaria celebró por adelantado, y justificados motivos, las exequias del oficialismo, podríamos a estas alturas pensar que mató al tigre, sin superar el pánico que le produce un cuero salpicado de sangrientas amenazas y la paraliza cuando urgen movilizaciones para finiquitar la faena, cantarle el responso final a la revolución bonita e impedir que fallezca de contrabando, cual algún polizón imaginado por el fugado de Cayena, sino con todas la de la ley, de modo que en el epitafio pueda leerse que el modelo castro-bolivariano soñado por Chávez sucumbió de repulsa popular, mediante un contundente revocatorio que lo sepultó en una tumba del olvido –«Atroz es esa casa de tierra/ y terrible habitar allí»–, sita en el cementerio de los anacronismos, como recordatorio permanente de que podemos tropezar no una, sino muchas veces, con la misma piedra.

Los marxistas, apoyados en el evangelio de Carlucho, aseguran que el capitalismo «no solo forja su propia destrucción, sino también su propio sepulturero: el proletariado». Hasta ahora, que sepamos, lo único que ha sepultado el proletariado ha sido el socialismo real; yace entre los escombros del Muro de Berlín.