• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Rimar con rusos y chinos

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El colosal fiasco en que se convirtió la reciente expedición presidencial a Oriente, que los ditirámbicos titulares de medios alineados con el oficialismo hicieron, por mentirosos, mucho más evidente, debería ser el tema dominante entre cronistas y opinadores de fin de semana; sin embargo, por tratarse de un chasco previsible, examinado en abundancia y con agudeza crítica, antes y durante el peregrinaje del buscaplata que regresó ayuno de gloria y sudando pena, no vemos la necesidad de llover sobre mojado en relación con ese costoso e improductivo viaje; pero no está de más abordarlo, aunque sea tangencialmente, porque de alguna manera el mismo tiene que ver con otro descalabro, aún mayor que la frustrada incursión por el levante, y es el que atañe al colapso del modelo socio-económico que, de espaldas a la historia, procura el PSUV, sin perspectivas de éxito ni posibilidades de sustentación, instaurar en el país, apoyándose en una farragosa ensalada de lugares comunes bautizada Plan de la Patria.

El episcopado venezolano, con certera puntería, ha dado en el blanco al apuntar que “la causa de esta crisis general es la decisión del gobierno de imponer un sistema socialista, marxista o comunista. Ese sistema, totalitario y centralista, establece el control del Estado en todos los aspectos de la vida de los ciudadanos y de las instituciones públicas y privadas, atenta contra la libertad y los derechos de las personas y asociaciones y ha conducido a la opresión y la ruina de los países donde se ha aplicado”. De este señalamiento podemos deducir que, aparte de su dogmática retórica, es escaso o nulo el aporte del castro-chavismo a la formulación de un proyecto país en sintonía con el potencial y las exigencias nacionales, un déficit que aparece también en el saldo de opciones electorales que giran más en torno a figuras que a objetivos.

Caupolicán Ovalles, autoproclamado padre de la patria (del este), que entre desbarros y desmesuras era capaz de hilvanar versos notables y componer poemas trascendentes como Elegía en rojo a la muerte de Guatimozín, mi padre, alias El Globo (1963), editar libros inauditos como la Antología de la literatura marginal (1977) y hasta escribir una novela de nombre premonitorio, Yo, Bolívar rey (1987), siempre lograba sorprender con hallazgos extraordinarios entre los desvaídos folios y apolillados tomos de su Gran papelería del mundo. De allí desempolvó el Bloque de oro o plan de finanzas por el bien de Venezuela, concebido por Ramiro Nava, utopista y arquitecto autodidacta, que contemplaba, entre otras inverosímiles empresas, traer el mar a la capital, a través de Tacagua, y conectarlo con el río Guaire; Caracas, intercomunicada por canales, lagos, anchas avenidas y autopistas, se convertiría así en el «primer puerto de la América del Sur». Parecen desvaríos, pero esas ideas, acaso audaces o tal vez ingenuas, constituían una radical plataforma modernizadora cuyos antecedentes habría que ubicarlos en el guzmancismo.

En 1966 se estrena, en Valencia, Asia y el Lejano Oriente, creación cumbre de Isaac Chocrón y una de las piezas más brillantes de la dramaturgia venezolana; en ella se muestra a un grupo de ciudadanos que discute la venta del país a una potencia extranjera para, digamos, salir de abajo. No sabemos si por influjo de esta obra o de los delirios de Nava, Caupolicán llegó a proponer la constitución de un movimiento que se nutriera de los García, los Pérez, los González, los Hernández, los Rodríguez y, en general, de los apellidos que en mayor número abultan la guía telefónica; cumplido con ese prerrequisito, decía el autor de Copa de huesos, se tendría la seguridad de contar con una mayoría soberana a fin de legitimar el alquiler por 50 años del territorio nacional (excepto lo que entonces era el Distrito Federal y su área metropolitana) a una potencia emergente –pensaba en Israel el brillante y apocalíptico Ovalles– y financiar, de tal modo, el asentamiento de los venezolanos en su totalidad en la región capital, donde, además de infraestructura y servicios, la megalópolis y Ciudad Estado provisoria contaría con la providencial cercanía del Caribe para el playero disfrute de los comodantes.

No debe haber pasado por las cabezas de Chocrón y Ovalles que algún día un gobierno irresponsable intentaría pignorar el país o entregarlo en consignación para obtener los ingresos que, como la cigarra, derrochó sin medida, mientras las ahorrativas hormigas del desierto ponían sus ingresos a buen recaudo. No contaban ni el bardo de Guarenas ni el teatrero de Maracay con que la existencia y la realidad superarían con creces los ensueños y la ficción, y que para rimar y cometer necedades y desatinos bastaría negociar con los rusos y los chinos.