• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Prohibido imaginar

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La de los sesenta del siglo pasado fue una década portentosa a lo largo de la cual se produjeron singulares acontecimientos que supusieron un antes y un después de aquel trepidante decenio; y, para quienes tuvimos la fortuna de vivirlos, fueron años inolvidables, signados por una explosión de rebeldía y creatividad libertarias que estremecieron al Occidente democrático y capitalista y se hicieron sentir también tras lo que Churchill había bautizado como una Cortina de Hierro y que, después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, marcaba la separación entre el  “mundo libre” –expresión popularizada por el cine de espionaje y los coletazos del macartismo– y los “países del Este”, como se decía para meter en el mismo saco a la Unión Soviética y a las naciones consideradas como sus satélites: dos sistemas enfrascados en una confrontación, la Guerra Fría, que se prolongó hasta la caída del Muro de Berlín.

Fueron años alucinantes, en el sentido lato de la palabra, pues el cannabis y el ácido lisérgico circulaban como arroz entre melenudos y enchancletados que, en nombre de un etéreo poder de las flores, el amor y la paz , coreaban “Lucy in the Sky with diamonds”, y jóvenes iracundos, que cuestionaban por igual el establishment y la izquierda institucional y, hartos de Lenin, hicieron suyas las babiecadas del Libro rojo de Mao o las especulaciones de  Fanon y Marcuse acerca de las causas y consecuencias de la alineación; fueron los años del Black Power, las Panteras Negras, la radicalización de la lucha por los derechos civiles y la igualdad de la mujer, del repudio a la Guerra de Vietnam y, en síntesis, de una efervescencia levantisca inédita que puso al borde de la histeria a las buenas conciencias. Los eventos culminantes de esa sacudida general fueron las movilizaciones estudiantiles de Mayo del 68, en Francia –que, al año siguiente, se tradujeron en la renuncia de De Gaulle a raíz de una consulta plebiscitaria–, y la Primavera de Praga, intento de democratización del socialismo, frustrado por la invasión soviética que, invocando el internacionalismo proletario, lanzó sobre Checoslovaquia las persuasivas tropas del Pacto de Varsovia.

De Mayo del 68 recordamos dos consignas que inspiran estas líneas. La primera, “Prohibido prohibir”, podemos asumirla como el rechazo de plano el abuso de autoridad. La evocamos porque aquí, en Venezuela, se vive bajo los efectos de una prohibición permanente y del atropello continuado de leyes que son violentadas en la búsqueda de soluciones desesperadas a problemas que los gobernantes no pueden ni saben resolver. Prohibir las colas, que es como proscribir los dolores de parto, vulnera unos cuantos artículos del capítulo tercero de nuestra magna carta, referido a los derechos civiles. En la práctica, quienes han recurrido a este expediente, implantaron una especie de toque de queda sin que, como es de rigor, se hayan suspendido las garantías constitucionales. A este gobierno hay que prohibirle prohibir y decirle que ¡ya basta de obstáculos, impedimentos y limitaciones!  

El segundo reclamo que aún resuena en nuestros oídos es “la imaginación al poder”, un poderoso llamado para que burócratas y funcionarios dejen de lado sus manuales para cretinos y sus códigos de procedimientos sin sentido y usen el cerebro; ese grito de combate alentó en Venezuela (como secuela, por supuesto, de esos frenéticos y turbulentos años) ingeniosas formas de protesta que incluían la liberación del lenguaje –hubo grafitis notables a finales de los sesenta–, y la eclosión de movimientos como el Poder Joven, incipiente y anárquico precedente de la antipolítca y la todavía recordada Renovación universitaria, que rechazaba el rancio academicismo de las clase magistrales y apostaba por una modernización curricular en sintonía con las necesidades reales de la nación. En ese contexto, vio la luz Checoslovaquia, el socialismo como problema, lúcido ensayo de Teodoro Petkoff, anatematizado por Moscú, para beneplácito de los estalinistas que explotaban la franquicia local del Partido Comunista, que significó un salto cualitativo para la izquierda venezolana. Pero eso es harina de otro costal o tema para otro artículo. Lo sustantivo es que, entre nosotros, la imaginación estuvo presente en todas las expresiones que caracterizaron ese histórico período; ahora escasea en demasía. Y no es que estemos pidiendo que los cabecillas del régimen, quienes quieran que sean, usen la imaginación –lo que no puede ser no puede ser y además es imposible, dijo un torero–, nada de eso; solo pedimos una ñinga de sensatez y una pizca de sindéresis, sobre todo después de la deplorable comparecencia de Maduro en la Asamblea para mucho hablar, poco decir, y continuar posponiendo lo impostergable. Qué duda cabe: para el mandón y sus hinchas, imaginar está prohibido.

rfuentesx@gmail.com