• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Presocrático

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La ciencia ficción, imaginamos, comenzó a gestarse cuando el hombre sintió que este mundo, por pequeño, lo atosigaba –no ha de ser casualidad que, mientras se creyó que el futuro pertenecía a los comunistas, en la URSS y sus satélites este género haya alimentado con creces las industrias editorial y cinematográfica–; y, desafiando la autoridad divina, se rebeló ante la idea de encontrarse íngrimo y solo en el infinito desierto cósmico, de modo que, palabras e imágenes mediante, concibió universos de consolación porque supo que –a no ser que mediase un prodigio tecnológico– alcanzar las estrellas era una suerte de imposible. Al constatar que no podía ir hasta la montaña, resolvió, a la inversa de Mahoma, que esta se le avecinase; de allí, tantos avistamientos de objetos voladores no identificados, tantas abducciones y tantos sondeos mentales y anatómicos, violatorios de toda intimidad, por parte de presuntos alienígenas, por lo general enanos, cabezones y asexuados. Hay quienes sostienen que esos especímenes no son viajeros del espacio, sino cirqueros atrapados en un torbellino temporal que, ¡vamos!, viven entre nosotros como si nada, sin dar pie a habladurías, aunque sí a especulaciones seudocientíficas en los canales de televisión por cable. Otra corriente, más sofisticada o más rebuscada, los quiere provenientes de universos paralelos o de dimensiones desconocidas, porque, en fin, ¡de alguna parte han de proceder!

De dónde vinieron y en qué lugar permanecieron ocultos hasta que se dieron cuenta de que había llegado el momento de ponerle las manos al coroto y hacer de las suyas, siguen siendo las imperiosas interrogantes que nos asaltan ante la invasión escarlata, para las cuales se han ensayado las más disímiles respuestas.

—No pueden ser de este mundo, no con tales maneras ni semejante habla –argumenta un amigo aficionado a la astronomía y fanático de ambos Wells, H. G. y Orson, y sus Guerra de los mundos–. Seguramente son originarios de Marte, que, como se sabe, es el planeta rojo.

—Pero, como también es sabido, en Marte no hay vida –arguyo sin convicción.

—Pudo haberla hace millones de años. Posiblemente una catástrofe natural amenazó con extinguirla y la condujo a nuestro planeta. Tal vez se manifestó en formas radicalmente distintas a los humanos o a los mamíferos superiores.

—¿No supone eso que poseen algún tipo de tecnologías o habilidades psíquicas superiores a las nuestras?

—No pareciera. Fuerza destructiva sí que tienen; pero únicamente al operar como colectivos. Individualmente eran apenas larvas o esporas que se enquistaron en alguna roca que, aventada al éter por un cataclismo, chocó contra la Tierra y puso fin al reino de los dinosaurios. Usurpadores de cuerpo que despertaron de su letargo y se alojaron en trogloditas con más cabellos que sesos.

—¿Y cómo llegaron a nuestro aquí y ahora?

—Por una aberración espacio-temporal o una incomprensible regresión nuestra a la prehistoria.

Tienen lo suyo las elucubraciones de mi amigo quien, además, postula que el comandante eterno descendía de algún mutante parecido al Mulo, aquel enigmático, feo y estéril déspota galáctico que podía manipular las emociones de las masas y burló los cálculos y previsiones de la psicohistoria (Fundación e imperio, Isaac Asimov, 1952), y que su alto mando provenía de una planeta donde no existe la lógica y todo está supeditado al azar.

Otra tesis, un tanto estrafalaria, los reputa fugitivos de la quinta dimensión –de allí lo de Quinta República, ese engendro de la sinrazón que han intentado erigir sobre las cenizas de la civilidad– en la que habita Mr. Mxyzptlk, bufón que elevó la magia a la categoría de ciencia, cuyas destrezas se equiparan con el alquímico poder de estos intrusos que trasmutaron en heces la institucionalidad. Tampoco es desdeñable suponer que irrumpieron en nuestra realidad a través de los espejos; por eso, viven a la zurda, haciendo de lo diestro siniestro y duplicando, en lo gestual y cual mimos callejeros, a los mortales.

De otra galaxia o de otra dimensión; de una isla inadvertida, de los bajos fondos o, ¿por qué no?, del pasado –¡del futuro, ni de vaina!–, no tiene importancia alguna de dónde emergieron los invasores; lo relevante es cómo embobaron al país con sus artes de embaucamiento y sus trucos de ilusionistas, construyendo etéreas villas y volátiles castillos en el valle de las promesas rotas, a objeto de colocar en el vértice del poder a un equilibrista con laberintitis y que no se da por aludido cuando le preguntan: ¿De qué planeta eres tú? Él y sus cortesanos no son extraterrestres. Son antiguallas de este planeta azul. Gentes a las que les viene, que ni pintada, una mordaz sentencia de Borges: “Son presocráticos. Tienen todo el pasado por delante”.