• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Permítanos pensar por usted

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Mañana, en este diario, los versos de Antonio Machado nos recordarán que los caminos se hacen con andaduras y, en pocas y sencillas palabras, que dicen más de lo que cantan –porque la poesía se hace para que mande la imaginación– que al voltear la mirada se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar, esa que transitamos para sembrar nostalgias en la memoria; en mi caso, por la publicidad. Dediqué tiempo, largo, tendido y creo que provechoso, a ese quehacer al que debo cierta afición a refranes, agudezas, aforismos y máximas inteligentes. Y es que decir “nada mejor” puede parecer una bolsería, pero si esos dos vocablos acompañan a la marca de un traje de baño otro gallo comienza a cantar. Eso lo aprendí de Carlos Eduardo Frías, fundador de una empresa que concibió (ARS) para soñar y hacer soñar, resteado con la tesis de que la publicidad era un arte y el publicista un creador; aunque, aseveraba, él era esencialmente un “fraseólogo”.

El término no aparece en los diccionarios, pero sí fraseología, con unas cuantas acepciones, ninguna de las cuales cuadra con la idea que quería transmitir el autor de Canícula que, a mi entender, era la de oficiar como ilusionista verbal o mago de las palabras; engalanó a su agencia con el eslogan “Permítanos pensar por usted”, notable elucidación de su naciente negocio, del cual se sirvió Rómulo Betancourt para bautizar a un ala disidente de su partido como Grupo Ars. El avezado político guatireño no usó la oración en el sentido imaginado por su compañero de generación –permítanos comunicar las cualidades de su producto; permítanos ser su vendedor – sino que abusó de ella al descontextualizarla, como abusaremos nosotros del lector para citar a Robert Luis Stevenson, dejando de lado su faceta de novelista excepcionalmente dotado para la fabulación y ocuparnos de un fugaz y mundano comentario que se le atribuye: “La política es quizá la única profesión para la que no se considera necesaria ninguna preparación”.

Esa convicción, que en el país comparte mucha gente (que, sin formación alguna, se pregunta por qué él y no yo, refiriéndose al que empuña el mango de la sartén) ha dado pie a que la más alta magistratura la ocupe el señor Hyde y no el Dr. Jekyll, que la torpeza prive sobre la sensatez y que –mirones de palo– veamos cómo sujetos con la mollera mal provista se apliquen, con metódico empeño, a destruir el país; esa perversa y sistemática dedicación al desbarate explica la morosidad inherente a los emprendimientos públicos y el incumplimiento de promesas formuladas en extravagantes gobiernos callejeros con agendas para el olvido.

Para 2017 augura Haiman el Trudi la culminación de la Cota Mil. ¡Pamplinas! No estará lista, como no estarán terminadas la línea 5 del Metro ni ninguna de las obras reiteradamente ofrecidas por Maduro, ni resueltos los problemas que incubó su mentor –inflación, devaluación, inseguridad, desabastecimiento– para los cuales no se vislumbran soluciones porque han desbordado las capacidades de una administración basada en el dispendio y el ya veremos. Llegado a este punto viene a cuento una frase –¡dale con la fraseología!–, de inspiración borgiana: “solo los dioses pueden prometer, porque son inmortales”. La inmortalidad sería, pues, prerrequisito para blindar contra incumplimientos la palabra empeñada: la muerte ya no es coartada para esquivar responsabilidades.

¿Sería por eso, acaso, que eternizaron a Chávez, de modo que pensemos en su inmortalidad y no en la del cangrejo? Porque si el comandante es eterno tiene hasta el fin de los tiempos para honrar sus compromisos; algún día, tengámoslo por seguro, aunque no vivamos para contarlo, se concretarán el eje Orinoco-Apure, el gasoducto del sur y todos sus demagógicos delirios.

El mismo Borges, en el mismo poema del que extrajimos el verso citado – The unending gift –, pareciera contradecirse al afirmar que “también los hombres pueden prometer porque en cada promesa siempre hay algo de inmortal"; tiene, entonces, algún fundamento aquello de que la esperanza es lo último que se pierde. Con la esperanza no se come. Tampoco con la fe, pero ambas son formidables anzuelos para pescar incautos y extraordinarios señuelos para la montería de bobos cuya temporada ya comenzó con retóricas zancadillas electoreras, trampa-jaulas patrioteras por los lados del Esequibo y un cazador de güires que se ha montado en cruzada emancipadora, “le voy a apretar las tuercas a la delincuencia para liberar al pueblo –¡hay que tener bolas!– y, desde el cuartel de la montaña sermonea religiosamente en memoria del que ustedes saben. No convence. Sus frases no venden. Es urgente que alguien piense por usted, Nicolás.

 

rfuentesx@gmail.com