• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Parecidos no tan casuales

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¿Puede el pueblo sustituir al Estado? Tal vez. Se ha intentado con más pena que gloria –la Comuna París es buen ejemplo–; contrariando la razón, empero, hay quienes, enganchados al dogma, se embarcan en la empresa de concretar la utopía, aunque haya que sacrificar millones de vidas –Rusia, China, Camboya, v. gr.– y signifique que, en pos de lo imposible, se consoliden poderes que ejercen crueldades sin límites sobre el pueblo al que prometen el oro, el moro y una empalagosa versión del paraíso terrenal. Con esas pamplinas como cebo, reclutan lugartenientes que secundan y aplauden sus fantasías y seguidores que las glorifican cual si de epifanías se tratasen. Y, aunque a la larga, los promotores de tamaña insensatez se reduzcan a grupúsculos de hinchados bolsillos e inflamado verbo, consiguen hechizar a gente que ha visto postergada, ad æternum, sus expectativas de movilización social. Así, cuando menos se espera, toman el poder y hay que apretarse los calzones. Ha sucedido y sigue ocurriendo. Pasó en Cuba y acontece en Venezuela. Allá, la gerontocracia castrista desanda ahora un camino amojonado de errores que de vaina no hundieron la isla; acá, una camarilla castrense, cuyo mascaron de proa es un ignaro funcionario civil, sigue, ad pedem litteræ, un manual de simplezas para disimular sus apetencias y ocultar sus costuras.

«El gran misterio es: ¿cómo han mantenido ese poder férreo durante tanto tiempo? ¿Qué droga han administrados al país? ¿Por qué la población se queda sentada como una liebre asustada? La respuesta […] una gran fuerza económica; una sólida red de corrupción; el miedo y la crueldad; un secreto siniestro y una astuta planificación. Individualmente estos elementos son simples y brutales, pero al combinarlos la máquina es tan intrincada como un reloj suizo». No vaya a creer el lector que esto lo escribió algún patriota atribulado por las infortunadas circunstancias que signan nuestro aquí y ahora; circunstancias que –a pesar de lo mucho que se aferran ciertos legalistas e ilusos esperanzados a su letra, haciendo caso omiso del espíritu– derivan de una carta magna confeccionada, como  traje a la medida del supremo y refulgente comandante cósmico, no por legisladores, sino por sastres y costureras complacientes, traje que pronto encogió y él mismo se encargó de remendar; una constitución, en síntesis, engendrada para su violación sistemática y la interpretación indulgente. No. Esas palabras no se refieren a nuestra maltrecha nación ni a la camisa de fuerza con que el absolutismo rojo pretende someterla: las pergeñó un australiano1 y se refieren a la mafia italiana. Las analogías son inevitables.  

Detrás de la Cosa Nostra, la Camorra o la Ndrangheta señorean influyentes capos que basan su jefatura en una compleja red de complicidades tejida –a decir de quienes se han aventurado a investigar al respecto y no han sido, aún, blancos de una lupara– con apego a severos códigos de honor y a una sacrosanta ley del silencio, la omertá. El chavismo ordinario, carente de tales códigos, sobrevive a través de una atroz secuela de pájaros gordos, depositarios de secretos bien guardados –la muerte del señor de Sabaneta, la nacionalidad del sucesor– y gracias a una beneficencia clientelar que ha legitimado la limosna para envilecer al ciudadano y convertirlo en mendicante; mas, como es imposible seguir sufragando ese soborno, los agentes transmisores del mal rojo desarrollaron una suerte de liturgia circense, con infatuaciones de culto religioso –a partir de la reinvención del presente y la impúdica adulteración del pasado,  creyendo que, a falta de pan, la gente tomaría por bueno su circo ideológico, a fin de comulgar con su credo y prolongar las relaciones de dominación–, que no ha conseguido perdón por sus fracasos y falta de sentido histórico. Cuenta todavía la cosa nuestra bolivariana con mafiosas lealtades y matones diestros en artes coercitivas, a los que, ineludiblemente, habrá que plantar cara.

El australiano citado plantea que para enfrentar con éxito al monstruo de la corrupción y a sus operadores hay que quebrantar algunas normas y romper unos cuantos huesos. Transgredir el orden legal y amenazar la integridad física del ciudadano es, precisamente, lo que el señor Maduro y sus compinches hacen a diario, y sin consecuencias, a una oposición que parece resignada a jugar de acuerdo con las reglas que le impone el contendor, y a poner la otra mejilla cada vez que recibe un tatequieto. No abogamos por inmolaciones heroicas en defensa de derechos, por demás inalienables, pero no debemos actuar como conejos asustadizos; hay que hacerle entender a esos sujetos que la pelea es peleando, porque «es mejor que el que nos infunde miedo tenga más miedo que nosotros»2

 

  1. Marshall Browne, The wooden leg of Inspector Anders
  2. Umberto Eco, El nombre de la Rosa.