• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

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Palabrejas

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Lípori, sicofante y parametración son palabras extravagantes, si no inverosímiles; tienen en común que ninguna de ellas figura en el diccionario de la Real Academia Española, por lo menos no del modo como aquí aparecen escritas. Algunos filólogos, temo que diletantes, presumen que la primera es un término acuñado por Eugenio D'Ors, otros atribuyen su invención a Julián Marías y, para rematar, no parece haber unanimidad sobre su grafía; quienes abominan del esdrújulo obvian la tilde; los que gustan de las voces terminadas en “s” asumen que líporis es lo procedente; pero, en el fondo, todos concuerdan en significar con ella vergüenza ajena.

Alipori es en definitiva, no sólo la forma aceptada por el DRAE, sino lo que nos invade a los venezolanos cada vez que los voceros de la revolución bolivariana hablan en nombre nuestro para hacer el ridículo con su descocados discursos y su falta de sentido de la oportunidad, como aconteció con Chávez, durante la sexagésima Asamblea General de la ONU (2006) donde, tal avatar de Florentino en contrapunto con Mandinga y blandiendo, para que lo vieran, un ejemplar de Hegemonía o supervivencia (Noam Chomsky), comparó a Bush con Satanás; o, un año después, en la XVII Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile, cuando creyó que se la comía y llamó fascista a José María Aznar, lo que provocó, además de una airada respuesta de Rodríguez Zapatero, una poco diplomática y muy celebrada intervención de Juan Carlos de Borbón para espetarle al mandatario venezolano “por qué no te callas”. Alipori en grado extremo produjo el culipandeo de Maduro, hace un año, al alegar que su vida peligraba a fin de cancelar su comparecencia ante el plenario de Naciones Unidas. Los foros internacionales, sin embargo, no son los únicos escenarios donde los representantes del régimen escarlata hacen de las suyas – ya veremos hasta dónde mete sus extremidades inferiores la recién designada embajadora alterna ante la ONU – , también en el tablado nacional las patéticas actuaciones de Maduro y su troupe hacen enrojecer hasta al más incombustible de los ciudadanos, y así ha sucedido con el simulacro de sacudón, su consecuente reciclaje burocrático y la proliferación de vicepresidencias que resultó de mover fichas como si estuviesen sobre un tablero de estratego o de monopolio.

De la segunda locución podemos anotar que debemos su conocimiento a la quincallería verbal (Úslar dixit) de Rómulo Betancourt quien bautizó de “sicofantes del hamponato” a todos aquellos que, desde distintos frentes, intentaban serrucharle el piso y poner término a la experiencia democrática que sucedió al derrocamiento de Pérez Jiménez. En realidad, el vocablo sicofante no está incluido en el diccionario de la Real Academia; si lo está sicofanta, cuyo origen es un tanto confuso pero que, según estudiosos de las raíces griegas, podría haber designado, en la vieja Atenas, a los contrabandistas de higos y de allí derivó hasta su polisémica significación actual (calumniador, delator, impostor). Sicofantas o sicofantes vendrían, pues, a ser esos patriotas cooperantes a los que Ramírez Torres compele a espiar a sus vecinos, colegas o compañeros de trabajo para instaurar una República poblada de sapos y sospechosos.

La voz tercera, parametración, tampoco habita los diccionarios y fue la expresión utilizada por los cubanos para aplicar, entre los años 60 y 70 del pasado siglo, cartabones moralistas de pronunciados sesgos homofóbicos con el propósito de descalificar a los autores de obras no ajustadas a la dimensión del hombre nuevo y que, a partir de del Primer Congreso de Educación y Cultura (1971), supuso la ruptura con la revolución de buena parte de los intelectuales latinoamericanos. En nuestro patio no se ha llegado a ese colmo; podríamos, sí, estar caminando hacia un “exorcismo cultural” de similar inspiración: todo es posible en una sociedad biometrizada. De momento sería conveniente memorizar esas palabrejas.

rfuentesx@gmail.com