• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

País disneyficado

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Hay quienes, inconformes con la geografía política, encuentran el mundo muy chiquito y buscan crear su exclusivo ámbito nacional, ya que ninguno de los 194 países repartidos en los 5 continentes satisface sus expectativas; se proponen, entonces, crear una patria a su medida –cual la República das Belezas de Benvirá a la que dedicamos unas líneas la semana pasada–, inspirándose, quizá, en inverosímiles relatos de viaje o invenciones literarias como el Neverland de Peter Pan, donde los niños nunca crecen, o el diminuto planeta de Saint-Exupéry en el que solo mora el Principito. Resultado de tal insatisfacción es el puñado de microestados fundados y gobernados por extravagantes individuos que de muchachos soñaban con ser reyes o presidentes; es el caso de Kevin Baugh y su República de Molossia (situada en una finca entre Nevada y Pensilvania) que reclama para sí parte de Venus y una fosa marina en el Pacífico; o de la República Libre de Alcatraz establecida, en Italia, por un hijo de Darío Fo “contra la degradación de la sociedad italiana en manos de Silvio Berlusconi”. Y estos son apenas dos ejemplos de una lista que crece, apoyada en Internet, con la proliferación de “Estados virtuales” que sufragan el confort de sus creadores con el turismo a distancia. Sin embargo, no todas esas caprichosas entelequias están pobladas por humanos. Las hay habitadas por seres fabulosos o invisibles y, más modestamente, por animales –reedición del Edén, sin una Eva ni un Adán que les escatimen territorio–.

Desde que Noé –órdenes superiores, según el Libro– zarpó sin rumbo en su zoológico flotante, quedó claro que la subsistencia de la fauna dependía de la voluntad humana y, desde entonces, el hombre dispone de los animales de acuerdo, tanto a su saber y entender, cuanto –la más de las veces– a sus antojos; puede darles caza para satisfacer sus requerimientos proteicos o por mera diversión; encerrarlos en jaulas, para exhibirlos, o domesticarlos para mitigar soledades que pueden derivar en zoofilia, práctica pecaminosa condenada en el Antiguo Testamento (Levítico 20:15) y no es rareza entre pastores y vaqueros de muy cristianas zonas rurales. Y es que, aunque nos hagamos los desentendidos, animales somos; por eso, tendemos a humanizarlos a través de mitos y leyendas –Zeus trasfigurado en cisne o en toro para darle lo suyo a Leda y Europa–, en fábulas, que hacen sabias a las comadrejas, industriosas a las hormigas, astutos a los zorros y manirrotas a las cigarras, o en chapuceras ficciones como la de nuestro Dr. Dolittle que habla con pajarillos y pajarracos revolucionarios. No es de extrañar que George Orwell haya creado una República de Animales (Rebelión en la granja) para satirizar la Unión Soviética y desnudar a Stalin, despojándolo de las augustas vestiduras con que le emperifollaba la Internacional Comunista.

Vino a mi mente el zoo comunista de Orwell cuando escuché, en una vieja grabación, la voz de Aquiles Nazoa recitando un poema de su creación (Los animales en Caracas) –“¡Qué ratón tan terrible el que yo tengo!/ ¡Qué pava tan feroz tiene Fulano!”– y, de paso, recordé que Juan Vicente Gómez era “el Bagre” y que alguna vez tuvimos un presidente al que llamaban “la Cochina” (Hermógenes López, 1887-88) –también una junta gubernamental de “tres cochinitos” (Pérez, Delgado, Llovera, 1948-52)–, mientras caía en cuenta de que el socialismo del siglo XXI caricaturizó el ejercicio gubernamental y disneyficó la cosa pública para hacer del nuestro réplica del País de los Juguetes de Pinocho –“¿Dónde vas a encontrar un país más saludable? […]. En ese bendito país no se estudia nunca”–, un país animalizado y de comiquitas donde el mandón y su guardia pretoriana juegan monopolio con fondos del Estado, que marcha en retroceso gracias a un paracaidista apodado Tribilín que, para celebrar carnestolendas, se quitó el antifaz un 4 de febrero, fecha infame que su legatario binacional festeja –¿a qué no me conoces?– disfrazado de cordero –a fin de enculillarnos–, y aullando como lobo para solaz de su comparsa.

Tribilín es nombre canino que no cuadraba con la vocación gorila del sempiterno, pero a la hora de los motes pueden más las similitudes físicas que las elucubraciones; aun así, no se entiende que a temibles malhechores se les conozca por alias que ocultan su ferocidad, tal si fuesen inofensivos muñecos de peluche, y sean objetos no solo de temor, como “el Picure” que aun herido mete miedo, sino de admiración, como “el Conejo”, y se les venere con parábolas, apólogos y moralejas. “El Picure” sigue avergonzando al gobierno y “el Conejo” es candidato al panteón, como Chávez a cuyo lado le pintó un retratista fiel al canon estético del realismo socialista.