• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

¡Ojo al Cristo que es de vidrio!

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

No recuerdo si me lo contaron o lo leí en algunas de esas revistas descuadernadas por los pacientes en las salas de espera; ni siquiera sé cuán cierto sea el cuento –mas, subrayaría un italiano, se non è vero, è ben trovato– que atribuye a un miembro de la familia real británica, acaso la reina misma, haber manifestado consternación porque la prensa solo publicaba “malas noticias”. Ante tal queja, fundada quizá en la convicción de Chesterton según la cual “el periodismo consiste esencialmente en decir que ‘Lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”, el flemático editor de un tabloide sensacionalista que escudriña la basura de la Casa Windsor buscando deslices aristocráticos para entretener a la plebe y aumentar la circulación, decidió publicar una columna diaria de “buenas noticias” y, así, alegrar las mañanas de su majestad, quien, a pesar de habitar en el mundo de fantasías expuesto con obsceno lujo de detalles por la “prensa del corazón”, tendría algo de razón: no es descabellado afirmar que medios amarillistas privilegian tragedias y catástrofes –bad new is good new– prejuzgando  que la gente es morbosa por naturaleza.

La difusión de aciagas nuevas –que por estos días alcanzó altas cotas con terribles vindicaciones (atentados yihadistas en París), perturbadoras revelaciones (vudú de narco parientes en flor) e intimidantes ultimatos (“pónganse a rezar para que haya paz”)–, eclipsó la concesión del Premio Cervantes a Fernando del Paso; y, aunque deseábamos ese galardón para Rafael Cadenas, nos regocija que el jurado se haya decantado por el escritor mexicano que, en 1982, se hizo con el Rómulo Gallegos por Palinuro de México, novela que leímos bajo el influjo de su deslumbrante José Trigo (considerada hito fundamental de la narrativa azteca); como esta, aquella es una pantagruélica francachela verbal que, para contento de los lectores, abunda en ingeniosas ocurrencias y, de entrada, les advierte con antinómica y cantinflérica lógica que: “La razón por la cual algunos de sus personajes podrían parecerse a personas de la vida real, es la misma por la cual algunas personas de la vida real parecen personajes de novela”; de modo que, con este preaviso, ya saben a qué atenerse antes de abordar sus exuberantes páginas.

De Palinuro, “eterno estudiante de medicina”, guardamos el recuerdo de desopilantes sucesos relacionados con un ojo artificial que le es obsequiado por “el general que tenía un ojo de vidrio” y poseía además una colección de ellos; un centenar de prótesis oculares (vitrei ab oculis las habría llamado Guillermo de Baskerville, el monje pesquisidor al que dio vida Umberto Eco en El nombre de la rosa) guardadas celosamente en estuche aterciopelado y abullonado: ojos para todo los usos y cualquier circunstancia. El que va a parar a manos del aspirante a Galeno le fue encomendado a un  ocularista del museo de Madame Tussaud para que lo fabricara “como habría hecho para la figura de Nelson si el almirante no hubiera sido tuerto”. Un ojo con pedigrí que Palinuro tragó por accidente y se le incrustó en el orificio anal –tercer ojo inverso al de Shiva–, de lo que cayó en cuenta cuando, agachado sobre un espejo, se rasuraba el pubis para desterrar ladillas.

Evoco ese episodio porque me hace pensar en la mirada panóptica del eterno con la que la pandilla chavomadurista alegoriza que somos constantemente observados desde carteles y murales prodigados con largueza presupuestaria; y la  verdad es que estamos siendo acechados, sí, pero por los cuerpos de seguridad que, con entrepitura óptica de última generación, registran nuestros movimientos y, además, escuchan –con oídos de sapos cooperantes y  pinchazos telefónicos– nuestras conversaciones para editar imágenes, manipular diálogos y montar ollas podridas recociendo mentiras con las que procura (ya es demasiado tarde) recuperar el tiempo perdido… pero, ¡ay!, es mejor que no sigas, Nicolás, soñando con que el inmarcesible redentor galáctico te haga una segunda desde el más allá, porque la lealtad al comandante se vino abajo como el bolívar y la popularidad de ultratumba es pavosa e intransferible.

Y mientras la pandilla oficial sigue buscando lo que no se le ha perdido, debemos, desde la trinchera contraria, abocarnos al rescate de la institucionalidad republicana que, mediante un deliberado proceso de demolición, esa gavilla de milicos y cachucheros transformó en instancia para subvertir el orden constitucional; un pernicioso proceso degenerativo cuya reversión reclama nos convirtamos en guardianes del voto, por lo que vamos a necesitar más que el ojo retrovisor de Palinuro o los mil ojos de Argos, millones de pupilas vigilantes que, el 6 de diciembre, refrenden la mayoría opositora que proyectan las encuestas. ¡Ojo al Cristo que es de vidrio!, como aconsejó el “mesmésemo”.