• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Naufragios recurrentes

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

 

Exhumé de un  preterido baúl, que con el tiempo devino en caja de Pandora, un voluminoso libro publicado en 2011 con un título El último naufragio, que pareciera advertir el irremediable fracaso de experiencias similares y ulteriores a las allí tratada por el autor, Pedro J. Ramírez (cofundador y ex director del diario El Mundo, de España, por lo que se le  tacha “de derechas”), con celo de historiador y soltura de periodista: la serie de sucesos acaecidos en Francia entre la ejecución de Luis XVI, en enero de 1793, y el golpe de estado de Danton, Robespierre y Marat contra “el primer parlamento elegido por sufragio universal”, en junio del mismo año. Gracias, pues, a ese fortuito hallazgo de lo que Arturo Pérez Reverte estima “libro de historia monumental, documentado y minucioso hasta lo obsesivo” –un comentarista izquierdoso, al que no le gustó que los girondinos fuesen los buenos y los jacobinos los malos, lo tilda de tocho y, no obstante, recomienda le echemos un vistazo, “aunque solo sea por encima” para que veamos que “en la democracia representativa todo es un eterno retorno a lo mismo”–, y a pesar de su envergadura (algo más de 1.300 páginas, unas cuantas ilustradas y 200 cargadas de anotaciones), he podido hojearlo a grandes y nada metódicos saltos, aunque no sin cierta aprensión, ya que los editores exhiben en su catálogo señuelos atrapalectores del tipo Cómo triunfar en la cama y El coño de Bernarda es declarado patrimonio de la humanidad.

En ese acrobático zigzagueo por sus páginas me entero de que, en 1789 –mañana se cumplirán 226 años–, los representantes del tercer Estado juraron solemnemente dotar al país galo de una constitución; ese compromiso, conocido como “juramento del Jeu de Paume”, es presumible antecedente de la promesa formulada por Bolívar –según los cantores de su gesta– en el Monte Sacro y remedada, en 1982, por una cofradía de oficiales golpistas y enratonados (MBR 200) ante el samán de Güere, legendario árbol que, después tan cursi ceremonia, murió de tristeza. Tales hechos corroboran la validez de una sentencia marxiana, que la reincidencia redujo a “la historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa”, al menos en nuestro singular acontecer (en realidad, lo que escribió el autor de El capital, al inicio del primer capítulo de El 18 brumario de Luis Bonaparte, fue: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”).

Otro 20 de junio, pero de 1789, se produce una tumultuosa invasión al palacio de las Tullerías y el populacho le encasqueta al rey un gorro frigio, obligándole a beber a la salud de la nación (40 días después, es derrocada la monarquía); un bochinche libertario que, si persiste la reticencia al revocatorio, nada de raro tendría que se reprodujese aquí contra las sedes de los poderes Ejecutivo, Judicial y Electoral, a fin de colocar, en las cabezas de jefezuelos y jefezuelas, los capirotes que merecen. A estas alturas importa recordar que entre quienes esquiciaron el fresco revolucionario, destacó, con el sublime aliento de los héroes, un tal Francisco de Miranda; también vale la pena preguntarse si entre los enragés que agitaban a los sans culottes no descollaría, con el siniestro vaho de los villanos, algún granuja mentado Dieudonné Chevau.

Son abrumadoramente cuantiosas las lecciones de la más influyente de las revoluciones que han sacudido al mundo, a la cual debemos, entre otros significativos aportes a la dignificación de los pueblos, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano; también es copioso el memorial de desvaríos que sirve de guía a populismos absolutistas, y a ejemplares palabras de Robespierre me remito: “Si el resorte del gobierno popular en tiempos de paz es la virtud, el resorte del gobierno durante la revolución es, al mismo tiempo, la virtud y el terror; la virtud sin la cual el terror es mortal; el terror sin el cual la virtud es impotente”. En ese contrapunteo dialéctico del “Incorruptible” siempre vence el terror. Ese mismo que el nicochavismo infunde para que sobrellevemos la infamia y nos convirtamos en dóciles siervos de una mafia pendenciera que, apoyada en el monopolio de las armas, ha hecho del país su señorío; sí, somos vasallos de un feudo basado en el hambre y el miedo del que, si seguimos tolerando abusos cual el de la Lucena, capaz de incriminar a la oposición por la violencia oficialista y suspender la validación de firmas, somos irremisiblemente cómplices, pasajeros de un navío que zozobra o actores de relleno en una, valga el oxímoron, trágica comedia.