• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

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Raúl Fuentes

Metáfora del desasosiego

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Redacto estas líneas un  jueves, día que, juzgó García Márquez, “no sirve ni para morirse”, y sentenció: “Un día entre paréntesis que solo sirve para escribir sobre su inutilidad cuando no es posible desarrollar otro tema de mayor importancia” (Punto y aparte, El Universal, Cartagena, 24/06/1948); por eso, temo que no se me den bien las ideas y que lo de aquí salga no sea más que una sarta de disparates.

Al igual que  Aldous Huxley y José Luis Borges, el Nobel de Aracatá descubrió en una lata de cereal la figuración ejemplar del infinito, concepto muy caro a matemáticos, filósofos, astrónomos y teólogos y que, como  verá el lector, si es un pelo paciente, tiene que ver con la  administración roja y su ilimitada capacidad para marchar en retroceso y meter la pata sin importarle errar ad perpetuam.

Huxley, en Contrapunto (1928), a través de uno de sus personajes –Phillip Quarles, escritor esquivo y perspicaz– coquetea con la idea de introducir no a un novelista dentro de la novela, sino a varios: “¿Por qué limitarse a un solo novelista dentro de la novela? ¿Por qué no un segundo dentro de la suya? ¿Y un tercero en la novela del segundo? Y así sucesivamente como en esos anuncios de avena Quaker, donde se ve a un cuáquero sosteniendo una lata de avena, en la cual se ve un dibujo de otro cuáquero sostenido una lata de avena en la cual se ve un dibujo de otro cuáquero sosteniendo otra lata, en la cual, etc., etc.”. Borges, por su parte, en “Cuando la ficción vive en la ficción” (revista El Hogar, junio de 1932) cuenta: “Debo mi primera noción del infinito a una gran lata de bizcochos que dio misterio y vértigo a mi niñez” y, de seguida, echa el consabido cuento del envase con una escena reiterada ad nauseam en su estampado; y, por último, Septimus –como Septimus Warren Smith, el otro yo masculino de Clarissa Dalloway (Mrs. Dalloway, Virginia Wolf, 1925)– que era el seudónimo con que García Márquez rubricaba la   columna “Jirafas en El Heraldo, periódico cartaginés en el que pulió pluma y verbo con malabarismos de postín, sugiere que el logotipo o emblema de Quaker es quizá el primer motivo de angustia entre los niños que en él “descubren el etcétera” y se sienten “al borde la locura” (“El hombrecito de la avena”, 04/08/1950).

Un tanto largo, acaso, el exordio se nos antoja necesario para ilustrar la tragicomedia nacional con un par de  frases gratuitamente atribuidas (¿para revestirlas de autoridad?) a Albert Einstein y que le vienen de perlas a esta descarga dominical; la primera: “Hay dos cosas infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy realmente seguro de lo segundo”, certifica su validez al aplicarse a los  16 años que hemos vivido bajo la tutela de ese sincrético catetismo chauvinista que llaman chavismo (a efecto de constatar este aserto recomendamos revisar el Plan de la Patria o las resoluciones del último congreso del PSUV); la otra, variante si se quiere de la primera y tan apócrifa como ella –formulada a la medida del fracaso en serie de los  intentos de instaurar modos de producción ajenos al mercado y modelos igualitarios de organización social restrictivos de la libertad–, postula que “locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados” y es particularmente pertinente, aquí y ahora, cuando el Ejecutivo, que por lo visto no escarmienta, anuncia orondo, mondo, lirondo y estólidamente redondo su decisión de reeditar los gallineros verticales... ¡una pizca de cordura, por favor!

“¿Es posible razonar sobre objetos que no pueden ser definidos en un número finito de palabras?”, se preguntaba  Henri Poincaré en relación con complejos desafíos epistemológicos y no con los sistemáticos desatinos de gobiernos cuya inconmensurable majadería los hace tropezar innumerables veces con la misma piedra. La interrogante del sabio francés nos remite a un afiche en el que aparece Maduro con una fotografía del perpetuo tras suyo y en su  mano un volante en el que aparece Maduro con una fotografía del perpetuo tras suyo y en su mano un volante donde aparece Maduro con una fotografía y, así, hasta el cansancio en cuento de nunca acabar. Imaginemos que el fondo del cartel no lo ocupa el pájaro bravo que voló sino un grafito que dice: “Los presidentes y los pañales deben cambiarse frecuentemente y ambos por las misma razones”; imaginemos esta recreación visual del cuento del Gallo Pelón o, como hubiera escrito Gabo, del “abismal ejercicio del hombrecito de la avena” y tendremos una perfecta metáfora  del desasosiego que embarga a nuestra sociedad.