• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Lecciones para maleducar

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Con los territorios, pueblos y regiones concebidos, a través de los siglos, por un sinnúmero de juglares, cuentacuentos, novelistas, poetas y fabuladores podrían escribirse e ilustrase magníficos atlas para recrear mundos ficticios, de geografías tan alucinantes y prodigiosas como los seres que las habitan. Ítalo Calvino refiere que Marco Polo le habló a Kublai Kan de Diomira, ciudad con sesenta cúpulas de plata y calles pavimentadas de estaño; Cervantes imaginó la ínsula de Barataria para que Sancho la gobernara, lo que hizo con tan buen juicio que desconcertó a Don Quijote y le estropeó la guasa a los Duques de Villahermosa: “Todos los que conocían a Sancho Panza se admiraban, oyéndole hablar tan elegantemente, y no sabían a qué atribuirlo, sino a que los oficios y cargos graves, o adoban o entorpecen los entendimientos”. El escudero del Caballero de la Triste Figura comprendió que el mando entraña responsabilidades; ¿cuándo –nos preguntamos– lo discernirá el paje impuesto por el santón de Sabaneta?

Con su “país de las maravillas”, un diácono que padecía de ninfofilia o, como dicen ahora, complejo de Lolita, contribuyó a enriquecer una cartografía de lo ilusorio engalanada por, al menos, dos premios Nobel de Literatura: William Faulkner, con el sureño condado de Yoknapatawpha en el que ambientó sus narraciones, y Gabriel García Márquez con el mágico Macondo de los Buendía. Pero, en el mundo real las ciudades son organismos dinámicos forjados con la voluntad e inteligencia de individuos de carne y hueso y, por eso, cobran vida con rango protagónico en la ficción; La Habana, novelada por Guillermo Cabrera Infante y cinematografiada sin mucho tino por Andy García, es ejemplo de lo que afirmamos.

En Tres tristes tigres, Cabrera escribe y describe en cubano el esplendor de La Habana nocturna y prefidelista y nos cautiva con su peculiar vista del amanecer en el trópico para bosquejar una urbe despierta siempre hasta la siguiente mañana; pero, es en La ciudad perdida (The Lost City, Andy García, 2005), película que, aparte de la banda sonora y un par de guiños a Shakespeare y a Truffaut (My kingdom for a chachachá, Tirez sur le pianiste), es apenas un nostálgico pastiche de la propia obra de un Infante casi difunto –un cursilón show del recuerdo que se desarrolla entre el ocaso de Batista y la alborada de Castro– donde encontramos una escena tan, pero tan insólita que, necesariamente, debe haber ocurrido: en ella, una delegada del sindicato musical advierte al propietario del club Tropicano (sic) que la orquesta ya no puede continuar usando el saxofón, porque se trata de una invención belga… y ¿sabe usted lo que están haciendo los imperialistas belgas en el Congo? ¿No? Pues ahora sabe por qué lo prohibimos.

Tal absurdo, ejemplo de manipulación absoluta y dogmatismo extremo, que equivaldría a proscribir la corriente alterna porque Tesla, además de nativo del Imperio austrohúngaro, se hizo ciudadano estadounidense, es el que ha dado pie para ocuparnos de otro despropósito, el que se desprende de los resultados de la Consulta Nacional por la Calidad Educativa, efectuada a mediados del año pasado, cuyos resultados maquillados y adulterados fueron dados a conocer entre lunes y martes de Carnaval, como reclama la enmascarada intención de inventariar los valores, creencias, conceptualizaciones e ideas políticas de los educadores. El fin último de esa pesquisa no es otro que el de establecer mecanismos de reeducación del docente para que este, con el cerebro debidamente pasteurizado y homogeneizado por una ideología en vías de extinción, inculque al alumnado “el pensamiento de Hugo Chávez”, en un proceso de reingeniería pedagógica apegado a ese comodín conocido como Plan de la Patria, batiburrillo de imprecisiones que la iglesia chavista busca transformar en catecismo bueno para todo los usos y válido en cualquier circunstancia. Estamos, pues, ante una serísima amenaza de automatización del individuo –con miras a convertirle en pieza de una maquinaria obediente y acrítica– que debería activar las alarmas de maestros, padres y representantes para no dejar pasar ese strike con pelota ensalivada dirigido a poncharnos sin anestesia ni derecho a pataleo.

Como la delegada sindical de la ciudad perdida, los misioneros del adoctrinamiento color rubí y rojo carmesí son reacios a transmitir conceptos originados en los centros de dominación imperial –¿será, por ejemplo, la ley de gravitación universal uno de esos conceptos?–; prefieren la sabiduría popular, conocimiento endógeno, infuso y confuso, plagado de supersticiones y basado en tradiciones, creencias, leyendas y supercherías con las que, a semejanza de la comentada cartografía de lo imaginario, se podría armar una modélica historia del disparate para maleducar al hombre nuevo.

 

rfuentesx@gmail.com