• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Intervalos…por no dejar

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Me preguntaba cuál podía ser el contenido de esta columna cuando lo que el momento y las circunstancias reclaman no puede ser abordado sin violar disposiciones expresas de las autoridades electorales; perplejo, deshojaba la margarita de la incertidumbre entre tomar el atajo de la mofa, y burlarme de mí mismo por haber adquirido un opúsculo llamado Radicales libres –que pensé versaba sobre rebeldes sin causas y anarcas libertarios sin compromisos ideológicos, pero resultó ser un estudio de los efectos químicos y biológicos del estrés oxidativo–, o comentar un  recién visto cortometraje sobre danzas circulares de derviches giróvagos que “aspiran a la divina ebriedad, espejo del orden universal”, porque, me decía, a falta de pan buenas podrían ser tortas… si hubiese harina, claro. En esas andaba y, ¡aleluya!, tropecé con una curiosa nota acerca del impacto de las comunicaciones en la “industria funeraria”; recordé, entonces, que días atrás y al filo de la medianoche, en uno de esos seriales producidos por Jerry Bruckheimer –nombre asociado a éxitos colosales de sintonía y taquilla en televisión y cine– tuve la primera noticia de las tumbas multimedia. Fue, creo, en un episodio de C. S. I. New York que comenzaba con una vista aérea de la Gran Manzana hábilmente encadenada a la toma de una lápida sepulcral con una pantalla en la que atisbamos el rostro de un hombre al que hemos escuchado desgranar, en off y tono recitativo, una cita que no sabe a quién atribuir: “No hay remedio ni para el nacimiento ni para la muerte. Lo único que nos resta es poder aprovechar el intervalo”.

La frase es de George Santayana, filósofo de origen español de obra escrita en inglés, que enseñó en Harvard –tuvo entre sus discípulos nada menos que a T. S. Eliot (“Somos los hombres huecos/ Los hombres llenos de aserrín”) y a la legendaria Gertrude Stein, alma de la fiesta que era París (“Una rosa es una rosa es una rosa es una rosa”)– y pasó buena parte de su vida entre Francia, Inglaterra e Italia. Que palabras de este “pensador errante” hayan ido a parar a un epitafio audiovisual de un cementerio neoyorquino no es cosa del otro mundo ni tendría por qué asombrarnos; por aquí y por ahora, reflexiones atribuidas a un cadáver semisepulto en el cuartel de la montaña –que mucho de apócrifas tienen– ondean en sinnúmero de pendones, se repiten hasta el agotamiento en cientos de emisoras de radio y son difundidas por 14 canales de televisión bajo control del gobierno: es la voz de amo, del eterno y olímpico paracaidista y gran hermano ausente que rige nuestros destinos desde el más allá a través de sedicentes médiums cuyos petardos, la pasada semana, alcanzaron la estratósfera, dejando tras sí una estela de incredulidad ante tanta indecencia.

Aprovechando cada día de su interregno, como si fuese el último de una especie en peligro de extinción, al Pithecanthropus Cabellus se le salió el cachicamo y dio a entender, en jerigonza más o menos parecida al castellano, que Juan Manuel Santos era un conchudo carente de autoridad moral para juzgar lo que ocurre entre nosotros y puso a circular en las redes sociales esta cantinflesca perla: “El inmoral más inmoral del mundo es Santos, peor que Uribe”. Por su parte, el que funge de jefe de la manada, para ponerse al día con la prehistoria, continuó con la revolución toponímica y decretó, en Cumaná, que la avenida perimetral de la quinticentenaria ciudad dejara de ser llamada por el nombre del descubridor a fin de denominarla Maragüey. Farfulló que se trataba de una “victoria histórica” (prehistórica, le hubiese quedado mejor) y, para lucirse como intérprete del pasado, refirió que el almirante y los suyos eran una panda de sanguinarios violadores, pero obvió –¿malicia u ignorancia?– que entre las hazañas del homenajeado cacique se cuentan, según relata Arístides Rojas, la degollina al por mayor de frailes franciscanos y el incendio de sus conventos. Después de su peculiar exégesis del siglo XVI, el hombre analgatizó en tierra y para echarle más candela al caos alimentario impartió instrucciones: “Ahí está la empresa Heinz […] mañana se van a primera hora […] si los gerentes están saboteando […] me los meten presos”. Y, para variar, arremetió contra su “pelucón” favorito: “Bandido, diablo, así pagues millones para que te halaguen en Pepsi Home Run, no sirves para nada, Lorenzo Mendoza. Eres un diablo. Y a cada diablo le llega su agua bendita”. No debe haber faltado quien, al escucharle vociferar, gritase, con rojo entusiasmo, ¡así, así, así es que se gobierna! Y si el lector piensa que esto ha sido escrito por no dejar y para disfrutar del intervalo, puede que tenga razón.