• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Hola y adiós

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Os recibimos americanos con alegría

Olé mi madre, olé mi suegra y olé mi tía

Llama nuestra atención una foto difundida por periódicos de todo el mundo –quizá en Youtube haya videos de similar tenor, pero, hasta el momento de consumar este delito de lesa escritura, no hemos visto ninguno– que acaso no sea la única ni la mejor de las instantáneas que intentan atrapar imágenes a objeto ilustrar las reacciones del cubano común ante las perspectivas de normalización de relaciones diplomáticas y comerciales con quienes fueron, hasta hace nada, archienemigos del régimen castrista, al punto de mantener un embargo económico a lo largo de medio siglo, pero que se venía relajando, de modo que, más temprano que tarde, sucedería lo que ahora acontece, de lo cual dice mucho esa fotografía que muestra a una morenaza de soberbio nalgatorio y, en anatómica simetría, un tetamen de concurso, digno de ocupar lugar de honor en la galería de mascarones de proa que tenía, en Isla Negra, el poeta y premio Nobel Pablo Neruda.

La jacarandosa Venus de Barrio Adentro, que viste un conjunto basado en los inconfundibles colores, barras y estrellas de la bandera de Estados Unidos, pasea su soberbia humanidad por una calle habanera, augurando una rumbosa acogida a los emisarios del norte que pondrán en marcha, presume, un proceso de modernización que se traducirá en bienestar y prosperidad; detrás de ella, percibimos, aparcados y homogeneizados en azul, vetustos automóviles, cuyos dueños probablemente aguardan la providencial llegada de coleccionistas para negociar esas relucientes antiguallas que de milagro ruedan (¡gracias, Virgen del Cobre!), pero que pueden reportar pingües ingresos, porque del Tío Sam se espera generosidad y no pichirrería.

No sé a qué paparazzo pertenece el ojo que captó lo descrito pero, de inmediato, asocié su discurso visual con Bienvenido Mr. Marshall (1953), obra maestra de Luis García Berlanga y cinta imprescindible de la filmografía española, en la cual asistimos al hilarante registro del guirigay originado por el hipotético y pronto arribo de los americanos al pueblo de Villar del Río o del Campo (el nombre es motivo de guasa continuada) y que conduce a esperpénticos preparativos de un rebuscado acto folklórico, orquestado por el inescrupuloso manager de una tonadillera ofertada como andaluza, al igual que su evento de aclamación a los venideros representantes del European Recovery Program (conocido como Plan Marshall) que entrañó una multimillonaria inyección de dólares a las economías devastadas por la Segunda Guerra Mundial. Eufórico, el incrédulo, pero avaricioso alcalde de ese villorrio donde no moran más de 1.500 almas, otorga carta blanca al apoderado de la cantante (que además actúa en un local propiedad del burgomaestre y hacia quien este se siente lascivamente atraído) para que haga y deshaga, a su leal saber y entender, lo que haya menester a fin de dejar muy en alto el nombre de Villar del Campo (o del Río) y causar en los visitantes –que nunca llegarán porque España no fue incluida en el plan– la mejor de las impresiones.

Conjeturo que el festival de ilusiones magistralmente satirizado por Berlanga debe tener mucho en común con el inventario de anhelos de una población, la cubana, dispuesta a recibir con los brazos abiertos a los agentes del imperio, de quienes esperan, como los habitantes de Villar del Río (o del Campo) todos los bienes y parabienes imaginables y por imaginar. En la película, el improvisado gestor de maravillas, secundado por autoridades y notables del pueblo, insta a los villareños a anotar en una lista de peticiones sus objetos del deseo para que sean satisfechos por los americanos (“Los yanquis han venido, olé salero, con mil regalos”), una iniciativa que podríamos tildar de disparatada si no fuese porque, en nuestras narices, los apoderados de la bonita y bolivariana revuelta carmesí incurren en prácticas similares con sus demagógicos remates de artículos desechables Made in China, a través del plan “Mi casa bien equipada”.

Mientras en Cuba florecen los signos de un bienestar a la vuelta de la esquina, en Venezuela se multiplican las colas para el desengaño: allá hay esperanza de futuro; acá el porvenir, más que incierto, es amenazador. No debe extrañar, entonces, que la isla, a pesar de la senil suspicacia de Fidel, dé la bienvenida a Mr. Marshall o Mrs. Jacobson, da lo mismo, al tiempo que lenta, pero inexorablemente se despiden (porque ya no tienen nada en la bola ni en las alforjas) del señor Maduro y su corte. Como aquel “telegrafista que se enamoró de la larga distancia” (El zoo de cristal, Tennessee Williams, 1945), el cubano trasmite un mensaje de dos palabras: Hola, para sus nuevos mejores amigos; adiós, para sus excompañeros de ruta.